Por: Lorena Domínguez
Hay momentos y circunstancias en la vida que llegan de manera repentina y nos confrontan con una parte esencial de nuestra condición humana: nuestra vulnerabilidad. Sin embargo, culturalmente hemos aprendido a asociar la vulnerabilidad con la debilidad y, por eso, muchas veces intentamos mostrarnos “fuertes”, incluso cuando estamos atravesando el dolor o el conflicto.
El terremoto que vivimos en Colombia el pasado 10 de agosto, y que afectó especialmente a varias zonas del Eje Cafetero, nos recordó colectivamente que, frente a ciertos acontecimientos, todos podemos sentirnos frágiles e inseguros. No solo debemos afrontar el impacto del evento, sino también sus consecuencias en nuestra vida cotidiana, nuestras familias y nuestras comunidades. Estamos, en muchos casos, ante una situación de crisis: un momento en el que los recursos con los que contamos —emocionales, físicos, sociales o económicos— pueden no ser suficientes para enfrentar lo que está sucediendo.
En este contexto, hablar de resiliencia es importante, pero debemos hacerlo con cuidado. La resiliencia puede ayudarnos a atravesar situaciones difíciles, adaptarnos a los cambios y continuar construyendo proyectos a pesar de la adversidad. Sin embargo, ser resilientes no significa tener que ser fuertes todo el tiempo, ni implica negar el miedo, la tristeza o la incertidumbre. Al contrario, también significa reconocer nuestra humanidad y fragilidad y permitirnos recibir apoyo.
Entonces, ¿cómo podemos cultivar la resiliencia en momentos como este, más allá de intentar simplemente “seguir adelante”?
Un primer paso es reconocer que no todos vivimos las crisis de la misma manera ni contamos con los mismos recursos para afrontarlas. Comprender las circunstancias del otro nos permite desarrollar empatía y acercarnos desde el cuidado. Las expresiones de ayuda, solidaridad y acompañamiento que hemos visto después del terremoto nos recuerdan, precisamente, el valor que tiene una comunidad cuando decide cuidarse mutuamente.
La resiliencia también puede construirse desde diferentes dimensiones de nuestra vida. Cuidar nuestro cuerpo, descansar y recuperar poco a poco nuestras rutinas es importante. También lo es reconocer y expresar nuestras emociones, sin juzgarnos por sentir miedo, tristeza o incertidumbre. Necesitamos, además, hablarnos con mayor compasión y evitar la autocrítica cuando no podemos responder como quisiéramos.
Finalmente, la resiliencia también significa acercarnos a los demás: ofrecer ayuda cuando podamos, pero también permitirnos recibirla. Y puede significar encontrar, incluso en medio de la dificultad, valores que nos sostengan, como la esperanza, la autocompasión, el agradecimiento, la solidaridad y el sentido de pertenencia.
Ser resilientes no significa no quebrarnos. A veces significa reconocer que necesitamos apoyo, permitirnos sentir y, poco a poco, reconstruirnos junto a otros.
*Docente Universidad Católica de Pereira
