La última vez que Nilvia Montoya vio a Cruz Arcángel Villada Muñoz, su hijo apenas tenía 15 días de nacido.
Era agosto de 1998. Ese jueves salieron juntos para registrar al pequeño. Días después, un lunes, a las 2 de la tarde, hombres armados llegaron hasta la finca y se llevaron a Cruz. Desde entonces, comenzó una espera que se prolongó durante 28 años.
«La última vez que lo vi fue cuando nuestro hijo tenía 15 días de nacido. Ese jueves fuimos a registrarlo. El lunes siguiente, a las dos de la tarde, se lo llevaron de la finca. Nunca más supimos de él», recuerda Nilvia, quien durante todos estos años no dejó de buscarlo.

Cruz desapareció en 1998 y se presume que murió en el año 2000. Para su familia, sin embargo, la historia nunca terminó. Su ausencia permaneció presente en cada recuerdo, en cada búsqueda y también en el miedo que los obligó a abandonar su territorio y comenzar una vida marcada por la incertidumbre.
Nilvia y su hijo tuvieron que desplazarse entre Pereira, Manizales, Riosucio y Anserma para protegerse de posibles represalias de los grupos armados que hacían presencia en la zona.
Pero el paso del tiempo no consiguió borrar el rostro de Cruz.
Sandra García Calvo, hermana de crianza de Nilvia, recuerda que la búsqueda llegó incluso a convertirse en una lucha contra la memoria y el deseo de encontrarlo en cualquier rostro.
«No queríamos encontrarlo en esas circunstancias, porque nosotros inclusive lo veíamos en los reflejos. Perseguíamos, inclusive, a personas en la calle pensando que era él y no era así».
Un rastro
La búsqueda tomó un nuevo rumbo cuando la familia acudió a la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).
En mayo de 2024 comenzaron diferentes espacios colectivos con familiares, habitantes de la zona y excombatientes, con el acompañamiento de la Corporación Humanitaria Reencuentros. Allí se cruzaron testimonios, recuerdos y relatos que permitieron reconstruir lo ocurrido y acercarse cada vez más al lugar donde podía estar Cruz. Seis meses después fue ubicado el sitio de interés forense.
Para Juliana Damelines, investigadora transversal del equipo de la UBPD en Risaralda, el caso representó un hito para la entidad en la región. Se trató de uno de los primeros hallazgos realizados a campo abierto en condiciones geográficas extremas.
«Fue un trabajo de hormiga, en el que cada aportante de información fue una pieza clave para armar el rompecabezas», explicó.
En diciembre de 2024, después de años de incertidumbre, el cuerpo de Cruz Arcángel fue encontrado en medio de una tupida selva, en el límite entre Risaralda y Chocó.
Llegar hasta allí no fue sencillo. Los equipos tuvieron que recorrer largos trayectos a pie, enfrentando altas temperaturas, humedad y las difíciles condiciones propias del territorio.
Pero esta vez, la búsqueda tenía un destino. Cruz había sido encontrado.
Alegría y tristeza
Después de la recuperación y de los procesos necesarios para su identificación, llegó uno de los momentos que la familia había esperado durante casi tres décadas: recibirlo nuevamente. Esta vez no como una fotografía, ni como un recuerdo, ni como la imagen que aparecía una y otra vez en la memoria. Sino como Cruz. Su cuerpo regresó a Quinchía y fue entregado dignamente a sus familiares para descansar en el cementerio de este municipio risaraldense.
Para Nilvia, el momento tiene sentimientos difíciles de explicar.
«Sí, fue una espera, pero para nosotros en este momento es como una alegría con tristeza, al menos ya lo tenemos acá con nosotros».


