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martes, abril 16, 2024

La poesía del potrero

Para el pequeño Mateo González y para todos los frecuentadores de potreros.

Gustavo Colorado Grisales
Le decíamos “Julio Muelas” y en mi memoria nunca tuvo otro nombre. Pasó por mi
adolescencia y  por mi temprana juventud como un superdotado pleno de
gambetas, túneles, sombreritos, taquitos, bicicletas, rabonas y otras tantas
maravillas encargadas de alimentar un diccionario que sólo los fieles devotos del
fútbol como juego desinteresado  podemos comprender. En resumen, “ Julio
Muelas” era lo que  en la jerga del deporte suelen llamar un súper crack; sólo  que
él lo ignoraba y  ni falta que le hacía saberlo.
La primera vez que vi a Ronaldinho en la televisión el recuerdo de “Julio  Muelas”
se reavivó en mi interior: idéntica figura esmirriada con ese rostro en el que
asomaban unos dientes superlativos  hechos para mordisquearse el mundo de a
poquitos. Igual que el célebre brasileño, nuestro héroe de los potreros daba la
sensación de burlarse de los rivales cada vez que los sometía a uno de sus lujos y
eso desencadenaba en algunos una sensación de resentimiento próxima al odio.
Cualquiera que haya jugado al fútbol alguna vez sabe lo que es ser víctima de un
túnel o de un sombrerito, para no hablar de la jugada del bobo.
Pero qué le hacemos si los genios son así.
Con todo y para fortuna del juego, todavía eran los tiempos en que este era un
puro goce, un dejarse llevar por la tentación de una pelota y once rivales
empeñados en demostrar que eran  mejores… aunque no tuvieran un
“Julio  Muelas” en sus filas.
En su compañía, junto a una panda de la que formaban parte César Patiño, Pedro
Vicente Ramírez, Santiago Valencia, Nelson Marín y José Ferney Escobar- muerto
hace un par de años-, recorrimos los potreros de Pereira y Dosquebradas en
busca de rivales. A veces nos dábamos el lujo de jugar en canchas consagradas
como “Las Canarias, “El Acero”, “La Rosa” o “Bavaria”. Pero esa era la excepción,
porque la mayoría de las veces teníamos que competir con vacas, caballos y otros
semovientes para ocupar una franja de potrero donde instalar las porterías
armadas con guaduas o a menudo con la propia ropa amontonada.

Toda posible dicha terrenal se resumía en esa liturgia de jóvenes sudorosos
envueltos en polvaredas o chapoteando entre el barrizal, dependiendo de la
temporada. De vez en cuando el milagro se interrumpía cuando un balón estallaba
de puro viejo, para reanudarse unos segundos después ante la aparición de un
repuesto surgido de no sabía dónde. Los dioses del fútbol siempre fueron pródigos
con sus criaturas.
Alguna vez, allá por los días del Mundial 78, durante unas vacaciones de mitad de
año a “Julio Muelas” lo llevaron a entrenar con el Deportivo Pereira. Creíamos
haberlo perdido para siempre pero, para fortuna de todos, a los cuatro días el tipo
se aburrió. Eso de cuadricular la cancha, de moverse en diagonales y de no
transitar por zonas vedadas no iba con su sentido anarquista del juego.  Después
de todo, en su manera de vivir las cosas la magia del fútbol consistía en hacer
lo  que a uno le daba la gana o lo que la necesidad del momento le dictaba. En su
mente, el concepto de profesión aplicado al fútbol carecía de sentido. Mucho
menos tenían cabida en su entraña asuntos como la fama o la idea de hacerse
millonario, o billonario, que ya los hay. Lo suyo era gozar y ya.
Por esas razones estoy convencido, como algunos de quienes compartimos los
potreros con él, que en su momento “Julio Muelas” fue el mejor jugador de mi
mundo, de nuestro mundo. Porque eso de “El mejor jugador del mundo” es una
creación mediática y de mercadeo surgida cuando el fútbol empezó a revelarse
como un negocio colosal codiciado por toda suerte de  carteles de los que forman
parte dirigentes, empresarios, periodistas deportivos, apostadores, padres de
familia, entrenadores, agencias de publicidad, empresas  de comunicación y,
claro, la materia prima, es decir, los niños y jóvenes que aspiran al reconocimiento
y a la redención económica de los suyos a través de esa disciplina.
Una vez, en la cancha del colegio “Deogracias Cardona”, este Julio de dientes
colosales se fajó un gol- lo juro-, mil veces más bello que los célebres de
Maradona y Messi. Sólo que no había cámaras de televisión ni mucho menos
teléfonos digitales para registrar el   prodigio. El hombre partió de nuestro propio
terreno eludiendo rivales y al final dejó al arquero sentado en medio de la nada
antes de empujar la pelota al otro lado de la invisible línea de gol que, como tantas
otras cosas, constituía un asunto de fe.
La estampa impagable de ese gol me volvió a la memoria cuando Julio González
me contó que su hijo Mateo había abandonado la escuela de fútbol donde lo
preparaban para la fama y la riqueza. En su lugar decidió dedicarse a recorrer
potreros con una pelota bajo el brazo en busca de compinches para la diversión.
Razón suficiente para no perder del todo la esperanza.
*miblog-acido.blogspot.com

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