Hoy comienza un nuevo capítulo. Que prevalezcan la prudencia sobre la confrontación, los resultados sobre los discursos y el interés general sobre cualquier cálculo político.
Con la posesión hoy de Abelardo de la Espriella como Presidente de la República se abre una nueva etapa en la vida nacional. Más allá de las posiciones políticas o de las preferencias electorales, el país necesita recuperar la confianza, la estabilidad, la institucionalidad y la esperanza que durante los últimos años se fueron debilitando.
El nuevo mandatario recibe una Colombia profundamente dividida, con grandes desafíos en materia de seguridad, salud, crecimiento económico, generación de empleo, sostenibilidad fiscal y fortalecimiento institucional. También encuentra un país golpeado por el avance de los grupos armados ilegales y por el deterioro de la confianza de los inversionistas.
A ello se suma el enorme reto de reconstruir las relaciones entre las ramas del poder público, devolverles serenidad al debate democrático y recuperar la credibilidad de las instituciones. Gobernar será mucho más que administrar; será unir a una nación que reclama reconciliación sin renunciar a la legalidad.
En sus intervenciones previas a la posesión, el Presidente ha anunciado un gobierno orientado a restablecer el orden, garantizar la seguridad, combatir la corrupción, recuperar la salud, estimular la inversión privada, promover la generación de empleo y estabilizar el crecimiento económico. También reiteró su compromiso con el respeto a la Constitución, la independencia de los poderes públicos y la defensa de las libertades.
Son propósitos que despiertan expectativas y que ahora deberán traducirse en hechos concretos. Los colombianos esperan resultados medibles, decisiones oportunas y un liderazgo capaz de enfrentar los problemas con firmeza, pero también con sensatez y capacidad de diálogo.
El país no necesita nuevos escenarios de confrontación permanente. Requiere acuerdos alrededor de los grandes intereses nacionales, políticas públicas que trasciendan las diferencias ideológicas y una administración que entienda que gobernar significa servir a todos los ciudadanos, incluso a quienes no respaldaron su elección.
La tarea no será sencilla. Las dificultades acumuladas durante los últimos años no desaparecerán de un día para otro. Será indispensable adoptar decisiones complejas y exigir sacrificios compartidos. Pero precisamente en los momentos difíciles es cuando se pone a prueba la capacidad de liderazgo de un gobernante.
Ojalá, al presidente Abelardo de la Espriella le vaya bien. No por simpatías personales ni por afinidades políticas, sino porque el éxito de su administración significará mayores oportunidades para los colombianos, más tranquilidad para las familias y mejores perspectivas para el futuro del país.
Hoy comienza un nuevo capítulo. Que prevalezcan la prudencia sobre la confrontación, los resultados sobre los discursos y el interés general sobre cualquier cálculo político. Colombia merece recuperar el rumbo y volver a mirar el porvenir con optimismo.