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jueves, abril 25, 2024

Los Girasoles, de Albalucía Ángel

“Los girasoles en invierno es un estallido minucioso que se posa en la base del
sistema literario propuesto por Albalucía Ángel y que es fundacional para la
reciente literatura colombiana”. Ivonne Alonso Mondragón.

Diego Firmiano
En 1999 Albalucía Ángel conversando con Isabel Vergara, a propósito de una
entrevista para la revista de Estudios Colombianos en Bogotá, hace una confesión
peculiar: “en mi primera novela Los girasoles en invierno, la estructura es
totalmente desbarajustada. Eso no se ha notado todavía, porque no la ha leído
casi nadie, y los que la leyeron no estaban todavía al tanto de la deconstrucción,
porque la teoría no había aparecido en los manuales críticos. Esa novela la escribí
en los años 1965-1966”.
Una declaración desnuda, sincera, que descansaba sobre tres razones
fundamentadas: primero, que ni ella ni su obra había sido atendida con juicio sino
por cierto prejuicio o desdén, cuyo antecedente está ligado al patriarcado literario,
asuntos familiares, y un tema de conciencia personal; segundo, que la licenciatura
en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira aún no se
inauguraba y por ende la asignatura Literatura colombiana, donde hoy se estudia a
Albalucía Ángel como una autora imprescindible, no existía; y tercero, la crítica
literaria no tenía lugar en Risaralda, por lo cual, la estructura de esta novela no

pudo estudiarse adecuadamente para determinar su importancia dentro de la
narrativa colombiana, aunque otros críticos literarios como Eduardo Caballero
Calderón, Fabio Lozano y Juan Gustavo Cobo Borda ya habían comentado este
título en específico emitiendo juicios de valor importantes.

Un propio estilo
Pero ocupémonos de una razón capital, la obra Los girasoles en invierno, el primer
libro de Albalucía Ángel que la inicia como escritora, y con el que parece, logra un
estilo propio a pesar de ser un texto experimental. Una novela concluida a
mediados de 1966 que postula al premio Esso de literatura quedando entre las
finalistas, aunque el galardón lo recibiera Héctor Rojas Erazo gracias a su título En
noviembre llega el arzobispo. Evento que llevaría a la autora a reescribir esta obra
en su versión final de 1967, hasta que en mayo de 1970 decidiera publicarla en la
linotipia Bolívar de Bogotá (la misma que imprimía el periódico en Pereira) con un
tiraje de 1000 ejemplares. Volumen que, una parte fue regalado, y el otro, el 80%,
fue quemado, según la familia, por orden expresa de la autora.
Los girasoles en invierno es una novela sin orden cronológico, de estructura
flexible, cuya única línea estructural es la memoria dialogante de Alejandra, la
protagonista, o mejor, la conciencia femenina de Albalucía Ángel que observa y
lee la realidad, para traducirla en la historia de una cantante colombiana en
Europa que viaja a Megara, conoce al pintor mexicano José Luis, se enamora, y
se desplaza con él hasta Arhákova buscando la felicidad. Sin embargo, el
cronotopo central de la narración es un café en La Baleine Bleue de París, donde
Alejandra lee un libro de Ray Bradbury, escribe pensamientos, y espera a José
Luis que nunca llega porque se ha ido a Bélgica a exponer sus obras. Finalmente,

la autora abona la cuenta, enfrenta la lluvia, toma el metro y detalla en la estación
los invasivos anuncios comerciales.

 

Vida interior
Sobre esta obra, ya el crítico literario Raymond Williams había notado que, en la
estructura de los cinco capítulos, los impares reflejan la vida interior de la autora,
mientras que los capítulos pares son contados desde el punto de vista de la
narradora omnisciente.  Un análisis que permite leer a Albalucía Ángel en esos
tres cronotopos principales o escenarios donde se desarrolla la novela: París,
Roma y Grecia. Los ambientes europeos que Alejandra recorre buscándose a sí
misma en un amor idílico por José Luis, mientras esculca en su memoria los
instantes de felicidad, y mientras añora que él entre al bar en esa noche lluviosa;
sin embargo, en un giro imaginario, la protagonista pronto se entera que el objeto
esperado de su delirio es irreal, no existe. «Era como si el tiempo de atrás se
hubiera chocado con el tiempo de adelante en un choque inesperado y sin razón
aparente, trastocando órdenes y dimensiones» Una fantasmagoría, que seguro
Albalucía Ángel sustrajo del intertexto de Ray Bradbury titulado Una noche o una
mañana cualquiera (1951).
Aunque con esto no se pretende afirmar que  Los girasoles en invierno sea una
novela de ciencia ficción, tanto como una navegación al interior de las
experiencias de la autora, y con razón, ya que en entrevista con Abdalá-Mesa, no
hace 10 años, la Andariega dice a modo de confesión: «Mi obra literaria no ha sido
otra cosa que mi propia vida» Una fisura visible en el título del libro que alude a los
girasoles, esas plantas que crecen mirando hacia el este, y luego que producen
hojas y se desarrollan giran su «cabeza» en dirección oeste, huyendo de la luz del

sol, porque tienen pánico y por lo cual se inclinan una vez superado el ciclo
vegetativo.
«Si me quedo en Pereira, hubiera terminado en el río con una piedra en el cuello
como Virginia Woolf», diría también Albalucía Ángel como una catarsis
complementaria. Desahogo que da cuenta de casi 25 años de silencio literario, o
el autoexilio en Europa por un «propósito de conciencia», y razón por la cual
Risaralda reclama con anhelo la hija pródiga ausente. De ahí entonces que
la Andariega se sumerja en la literatura como un modo de vida, imbuida por la
interpretación del arte que daba Marta Traba Taín en los círculos literarios del
país, y la libertad creativa, casi abstracta, del mundo artístico que eligió.

Narradora
Albalucía Ángel es una narradora trashumante que se busca a sí misma, y para
encontrarse, se enfoca en la «autonomía del lenguaje». Esa estructura lingüística
y de estilo que le permitirá innovar en materia literaria, además de ser una vía para
alejarse del modelo de escritor asociado a la élite socio-económica de Colombia,
tal como los protagonistas de Los girasoles en invierno, Alejandra y José Luis, se
esfuerzan en construir una imagen propia mientras rechazan las impuestas.
Dinámica o giro literario original que también prefirieron los escritores Andrés
Caicedo, Luis Fayad, Rafael Humberto Moreno-Durán, entre otros compañeros
generacionales de la Andariega.
Finalmente, Los girasoles en invierno, en palabras del crítico e intelectual británico
Raymond Williams, es un «experimento literario que progresivamente va tomando
madurez». Definición acertada, ya que es factible pensar que esta novela fue un
ensayo para depurar ese estilo que la llevaría hasta lograr su obra
maestra: Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), y su reciente

libro Tierra de nadie (2002). Dos títulos, que junto a Los girasoles en invierno, son
una trilogía aún esperada por los estudiosos y el público en general.
Así las cosas, esta novela de juventud firmada por Albalucía Ángel alcanzaría tres
ediciones: la primera, impresa en Bogotá en la Linotipia Bolívar en 1970, con una
portada magistral de Luis Caballero; la segunda, en el año 2017, emitida por
cuatro instituciones: la Universidad de los Andes, la Universidad Nacional de
Colombia, la Universidad Eafit y la editorial Panamericana; y la tercera, la
reimpresión de la Secretaría de Cultura de Pereira, en el año 2019, que en
palabras de Rosa Ángel, sobrina de la autora, y a modo de colofón: “Albalucía
Ángel nos mira desde el futuro. Allá ha llegado gracias a su empeño en la creación
y su gran resistencia a las adversidades. La suya es una obra hecha, de verdad,
contra viento y marea”. Así es.

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