Sin el viejo antifaz de nuestro lodo

Tuve el agrado de escribir, como coautor; un libro de literatura para niños: “Despertando flores en los corazones”, donde se lució con otra de sus facetas. Además se  proyectó con éxito al ámbito internacional: ganó siete concursos de poesía en editoriales españolas.

Francisco Javier López Naranjo

 Mi destino se cruzó con el del gran poeta apiano Juan Hely hace varios lustros cuando apenas empezaba mi recorrido en el abrupto sendero del soneto en el que Juan Hely ya llevaba una fecunda trayectoria, de la que Inés Emilia Rodríguez escribió en su compilación de poetas de Apía: “La poesía de Juan Hely Morales Bedoya, de un corte clásico, en la que predomina el soneto, merece una mención especial dentro de los poetas de Apía. Con un lenguaje rico y sencillo, lleno de belleza y fluidez, este escritor ha logrado crear una poesía de gran sensibilidad y valor artístico”.

Respecto a su libro: “Flores de otoño”, Fondo Editorial de Risaralda, el maestro Octavio Hernández Jiménez, comentó: “Luego de leer el primer soneto no se puede parar. Es apasionante su lectura. La obra equivale, ni más ni menos, a hacer un cuidadoso inventario de las emociones y sentimientos que más nos desvelan a los apianos”.

Compartí

Compartí con Juan Hely numerosos diálogos literarios y filosóficos, lecturas de poemas y hasta polémicas. Él con su identidad nihilista de poeta maldito, y yo con mi arraigado misticismo. Pero hay algo en lo que siempre estuvimos de acuerdo: la vigencia del amor, como única fuerza que puede neutralizar el absurdo, a la fatalidad de la existencia. Según lo expresa en uno de sus sonetos amatorios que más me gusta:

“Ojalá”: quieta en mi corazón, fija en mi mente, / el tenue rayo de mi amor la anima. / Viva para el mortal que se le arrima, / muerta para mis ojos solamente. // Ella es tan solo el eco de una fuente, / sin poderle fijar su procedencia. / Llega de todas partes su presencia, / y mientras más se acerca, es más ausente. // Vive en mi corazón como el perfume / de la flor que los tiempos no consume, / y ha de morir tan solo con mi muerte. // Aunque ojalá en cielos del arcano / podamos ir cogidos de la mano, / ¡vivos y unidos por la misma suerte!

Una anécdota sobre el amor relacionada con Juan Hely: en los días en que este estaba escribiendo un ensayo sobre dicho tema, dialogué con él en el Café Apía, y me cuestionó el enfoque místico que en mis escritos le doy al tema del amor, pues para él era un sentimiento muy humano. Como no quería polemizar le dije: –Juan, como el amor no se puede abarcar con palabras lo invito a escuchar el Adagio de Albinoni, que en mi opinión nos puede acercar por medio de la música a lo que es la esencia del amor. Después de que lo escuchamos, Juan me dijo profundamente conmovido: –Si Dios existe, ahí está Dios, palabras que me sorprendieron en una persona escéptica como Juan. Relacioné esto con lo que dijo el filósofo nihilista Cioran: “La única prueba de la existencia de Dios es la música de Bach”.

También con Juan tuve el agrado de escribir, como coautor; un libro de literatura para niños: “Despertando flores en los corazones”, donde se lució con otra de sus facetas. Además se  proyectó con éxito al ámbito internacional: ganó siete concursos de poesía en editoriales españolas. Uno de los poemas ganadores, que figura en un pendón en la Casa de la Cultura de Apía, es el siguiente:

“Nocturno de fuego”: Ven, niña del cabello verdecido / por el tallo de noche adolescente. / Asciende que el instante transparente / guarda el sabor del beso estremecido. // Arde la voz y es fuego suspendido / en la boca de arena  delincuente. / Ven y apaga la llama febriciente / con tu cuerpo de nardo enternecido. // Sigue la voz que nace en la vertiente // de este anhelar que arde ensombrecido / por un dolor que roe intensamente. // Desciende hasta el portal de mi latido, / y derrama tu savia dulcemente / sobre la noche astral de mi sentido.

En el ocaso de su vida vivió en Pereira, cerca a su familia, y fiel a su inspirada musa y al dios Baco.

Escribe Octavio Hernández en la introducción del libro “Flores de otoño”: “Como dice el poeta sobre las propias cenizas, esperamos que su poesía, cuando el viento de la tarde la disperse, también fecunde la tierra sobre la que logró realizar la misión del amor”.

Juan Hely, amigo, hermano, que el Dios de los ateos, a quien cantaste en uno de tus magistrales sonetos, te acoja en sus esferas eternales.

Finalizo esta semblanza con uno de los sonetos que aparece en las últimas páginas del citado libro:

“La muerte”: es un puente de sombras luminosas / que nos lleva al jardín de los olvidos, / es el pago total por los vividos / instantes de las luchas tormentosas. //¿Que es justa o injusta?… ¿Quién lo sabe? / Pero podrás cruzar su puerta sin temores / si tu vida orlaste con amores / nacidos de tu ser, esa es la llave. // Ha de venir la calma, la sonrisa / en el póstumo instante, en la partida, / florecerá en tus labios como brisa // que irá contigo más allá de todo, / pues la muerte tendrá color de vida / sin el viejo antifaz de nuestro lodo.

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