Regresa

Anonadado, sin saber qué decir, caminó por el parque. No quiso hablar, tampoco respondió a aquellos que le preguntaron el porqué de su actuar. Ingresó a la iglesia y con respetuosa voz dijo al crucificado: “Señor, tú me la diste. ¡Llévame a su puerto!”

 

-Parecía un trabajo de aprendiz de poeta; de los que pululaban a la entrada del Conservatorio de Música y por pocos pesos, redactaban acrósticos y desteñidos poemas.
-Empezó a tachar en el almanaque de su agenda los días transcurridos y, llegado el momento, se apostó, al amanecer, en el terminal de buses.

José Daniel Trujillo Arcila
Cerró el sobre. En aquella esquela confiaba sus sentimientos a la única mujer que había amado con ternura infinita, frenesí desesperado, lujurioso encanto y enamoramiento sin límites. Su lengua, impregnada con un saborcillo a goma, poco le importó; tenía preocupaciones mayores.
Lo había abandonado y ahora él le pedía regresara. Sin ella el existir era melancólico. Todo se le antojaba oscuro. En adelante, no hubo alegría en su vida.
Las paredes que conocieron de sus besos y abrazos, silenciosas, acompañan el llanto, que, en baja voz, procura ocultar. Un atento y trasnochado vecino escucha sus sollozos. Lo intuye por la cara que pone aquél cada mañana, mientras busca el periódico. Su mirada es compasiva, quiere hablarle, pero él, rápido elude la conversación.
Sus penas son suyas y no las compartirá con nadie. Solo la pérfida sabrá de sus desvelos, sus tristes momentos, sus dolorosos recuerdos. ¡Tiene que saberlo! grita, mientras su lora, de manera repetida replica: “¡Tiene que saberlo!”.
La buscará continente por continente. Irá a cada extremo de la tierra y caminará por los pueblos donde ella haya podido aquerenciarse. ¡No la dejará! Lo juró en solitario acto celebrado ante su retrato.
Desde su encierro voluntario, nostálgico escribió largas cartas, las que luego rompió arrojando el papel a una esquina de su alcoba. Mucho tiempo tiene para rasguear mil más. Reconstruye cada misiva redactada en momentos de tristeza, de remembranzas, inclusive de euforia, cuando al salir al patio, la luz del sol acaricia su cuerpo, rodeándolo de nuevas energías.
Retornar a aquel lúgubre lugar lo llevó a la depresión total. Quería morir, pero sabía que volvería a ella, así la maldita no lo hubiera visitado nunca, ignorándolo por completo. Ni siquiera dos líneas redactadas por su angelical mano había recibido. La perdonará. Deberá enterarse de cuánto la quiere.
Volvió a juntar pedacitos. Buscó aquí y allá. El piso se llenó de recortes, que iba uniendo, operación en la que gastó largas horas. Así mitigó el tiempo; así pulió su estilo al escribir. Así habló con la ausente. Así desahogó sus penas. Así la quería más.
“Busco tu imagen y mis ojos no encuentran la bella dama de etéreos sueños. ¡Te escondes! Procuraré que Atenea, diosa de todos los saberes, sea la madrina de nuestro espiritual enlace, del dichoso momento cuando tu seráfica figura, sea el espumoso néctar que alimente mi existencia”, escribió.
Leyó. Bastante cursi le pareció la misiva. Rasgó la hoja en diminutos pedazos. No dejaría testimonio de tan infantil escrito. Parecía un trabajo de aprendiz de poeta; de los que pululaban a la entrada del Conservatorio de Música y por pocos pesos, redactaban acrósticos y desteñidos poemas.
Sus escritos debían tener donaire, elegancia, finura en la sintaxis, cuerpo y armonía.
Volvió a escribir: “Largas noches vivo desde tu partida. ¡Cuánto daño me haces, cuánto sufro! Deja tu maldito juego. Regresa a mis brazos. Te espero”.
Soy el niño que ansioso recuerda el seno de la madre. Soy el pequeño borrego balando en la montaña al sentir la presencia del lobo. Desesperado, marcho al encuentro con la muerte. Tu ausencia es látigo que golpea mis carnes y hierro que marca mi espíritu. Ven, aplaca mi ardiente sed. Contigo viviré los más bellos momentos”.
Leyó nuevamente. Se enojó. No reconocía como suyo ese texto encontrado en su nochero, después de libar por horas. ¿Habría ido al Conservatorio en búsqueda de alguno de los melenudos poetas? ¿Qué le pasaba? Estaba avergonzado por aquellas líneas.
Le pareció burdo el lenguaje empleado. La zalamería le era ajena. Estaba arrodillado ante una displicente mujer que de afectos nada sabía. No podía permitir que se burlara de su pluma.
Palabras carentes del ritmo, ajenas a sus fuertes convicciones románticas, surgían por doquier en sus escritos. La rima le era desconocida y el contenido vacío. Las metáforas empleadas no conducían a nadie, nada enseñaban o describían. El simbolismo carecía de profundidad. Quién leyera aquellos renglones rápidamente perdería interés. Su amada se escondería y jamás reconocería ser la destinataria de las decenas de cartas nunca enviadas.
Necesitaba vocabulario embriagante, frases que ruborizaran a un ángel, a la destinataria de sus letras. La redacción debía ser romántica, conmovedora. Atraer la atención de su admirada era su único propósito. Se deshizo del escrito. Esta vez, el fuego de la chimenea desapareció la hoja de cuaderno. No apartó la mirada hasta ver convertido el bochornoso escrito en cenizas. Nadie sabría de su contenido: se reirían de él. No podía permitirlo.
“Pueden decir que estoy loco, que soy vasallo del amor; lo acepto”, dijo al policía nocturno quien lo acompañó a la puerta de su casa. Adentro continúo hablándole a su lora, que, atenta esperaba una recompensa al tiempo dedicado: “No dejaré que juzguen mi amor por esa prosa ordinaria o por sonetos grotescos”. El animalejo seguía esperando su galleta.
Las desaforadas elucubraciones y ridículas frases, bien arrinconadas estaban en la esquina de su cuarto. Volvió a escribir. Guardó la hoja debajo del colchón. Minutos después la despedazó. El drama que vivía le aterraba. Nunca su suerte estuvo aferrada a una mujer. Jamás sintió tristeza por las que se fueron, por las llegadas y pronto vueltas a partir. Por aquellos amores pasajeros; por las que entre sábanas, sedas y canutillos le entregaron su cuerpo. Sabía que era un barco de permanente ruta, a toda hora cruzaba aguas mansas y turbulentas.
“Cada quien viaja en el coche que quiere y se baja en la estación que escoge. Mi tren me condujo a otro sitio, a otros brazos”, respondió alguna vez.
Visitó el médico acompañado por su ama de llaves. Le duele el alma, su corazón quiere explotar. No soporta la ausencia, extraña una mujer, nunca le había pasado. También tiene un rebote de bilis. El agua de toronjil le hace bien”, indicó la casera.
El galeno ajustó sus gafas. Miró a la criada. Abrió su pequeño maletín. Extrajo el estetoscopio; lo colocó en el pecho y espalda del compungido paciente. Ningún sonido extraño delataba aquel cuerpo. Siguió su rutinario examen. Situó la palma de la mano izquierda hacia arriba. Pidió que el antebrazo estuviese relajado. El tensiómetro le dijo que la presión estaba un tanto alta. Preguntó cuánto comía, siéndole respondido que en las últimas semanas apenas bocado recibía y se le escuchaba recitar incoherentes versos El médico determinó que lo visitaría todos los días.
Siguió escribiendo. Indagaba por su paradero. Suspiraba al amanecer, durante el día y entrada la noche. Encontraría a su amada.
Un llegado al pueblo, en ocasional encuentro, le contó haber conocido a una mujer que recordaba con añoranza su terruño natal. Aquella le narró que huyó de un enfermizo amor; que tuvo miedo del romántico amante, del loco dispuesto a morir por ella; del hombre que muchas veces enfrentó el dolor, el frio, la indiferencia o las burlas callejeras. “No lo soporté más”, fue su veredicto.
Su corazón saltó, golpeó duro su pecho. La arritmia llegó, creyó morirse. Se tranquilizó, no iba a permitir que tan importante información lo despachara para el lugar donde yacían sus mayores. Aun así, debió ser hospitalizado con prontitud.
Recuperado, volvió a buscar a aquel hombre; no lo halló. En la miscelánea le dijeron que era agente viajero, iba por todos los pueblos promoviendo productos elaborados por una casa comercial de comestibles. Debía esperar dos meses. Volvería para aquel entonces.
Empezó a tachar en el almanaque de su agenda los días transcurridos y, llegado el momento, se apostó, al amanecer, en el terminal de buses.
Afinó el oído, el sonido del motor del vehículo cuya hora de llegada era las nueve de la mañana, no se escuchaba. Se preocupó. Un campesino montado en una mula cañera, enjalmada para sus quehaceres en el trapiche, anunció que el transporte estaba varado y los pasajeros, caminaban rumbo al poblado. La noticia lo desesperó.
“¿Y si se devuelve? ¿Si entra por otra calle? ¿Si no lo encuentro?”, pensó.
Se angustió en extremo. Corrió a la miscelánea, apoyándose en el mostrador como vecino que espera ser atendido. Vio llegar al forastero cargado de promociones. Fue reconocido por el promotor de ventas. El vendedor se sintió abrumado por las preguntas que afloraban unas detrás de otra. Debió decirle que lo dejara trabajar. Dos horas después, ambos despachaban una garrafa de aguardiente en la cantina contigua.
El portador de noticias atrasadas recurrió a su memoria. ¿Cuántos pueblos visitados? No recordaba. ¿Dónde encontró a la mujer que huía del amor? Tampoco. Sintió pena por aquella alma adolorida, por aquel cuerpo enjuto y cuya cara daba muestras de padecer continuos insomnios.
Está enamorado, su sentimiento lo tiene bordeando los límites de la locura, tal vez ya estuviera padeciéndola, dijo luego el viajero al propietario del almacén, sitio donde el embelesado hombre compraba esquelas de todos los colores. Prometió recordar aquel detalle tan importante. Le aseguró que antes de viajar al día siguiente, sabría el nombre de la población habitada por la distante e indiferente mujer.
El despechado agradeció el gesto simulando despedirse. Se hospedó en el hotel contiguo al despachadero de carros. Así expiaría a su informante. No lo dejaría partir; su insistente pesquisa estaba a punto de concluir. Estoy a punto de caramelo, dijo a quien encontró en la calle.
Llegada la mañana, recibió una nota: “Debí partir anoche de urgencia”, decía. Le dolió cual puñalada clavada en su corazón. No podían pasarle tantas cosas, se dijo. Él solo amaba. No hacía daño a nadie. No quería perderla.
Volvió a leer el escrito. Una nota en la parte baja rezaba: “Hable con el tendero. Él es de mi confianza; le dirá lo que quiere saber”.
Sonrió, buscó al tendero. Fue informado de su partida para la capital media hora antes. Volvería dentro de tres días. Volvió a compungirse. Hubo de ser hospitalizado nuevamente.
Pidió cuaderno y lápiz. La monja, ayudante de enfermería, lo proveyó del pedido, anunciándole que estaría cerca de él; había sido advertida de un posible ataque de locura. Podrá hacerse daño, le dijeron.
Aquella noche escribió:
“A mi infanta, señora de mis sueños y desvelos. A mi dulce princesa.
Mis padecimientos los producen díscolos diablillos habitantes del alma. Me aflijo lejos de ti. Espero cortar las más bellas flores del jardín. Las he cultivado durante meses esperando tu llegada. Las rosas y cartuchos estarán felices de contar con tan bella y exquisita compañía. Ausente dama. Reina del Edén. Mi corazón te pertenece; tómalo, no lo hagas sufrir. Regresa. Estaré esperando el dichoso momento.
P.D. Un mago llegado con el circo, acompañado de cinco arlequines, cristalizará las montañas. Así te encontraré en la espesura del bosque, en el apartado poblado o en la gran ciudad. No te escondas. El prodigio de la transparencia sólo se produce una vez cada mil años, ha llegado tal momento.”
Volvió a leer la posdata. Definitivamente escribía como loco. Tachó hasta más no poder. Aquel final parecía escrito por un embriagado o enervado hombre. Él estaba en la tierra y con los zapatos bien puestos; amarrarse los cordones todos los días era prueba de cordura y sensatez.
Al segundo día, dijo estar de buen ánimo, sin dolencias. Pidió al médico de turno que tomara sus signos vitales. Había mejorado. Media hora después estaba en la calle, preguntando por el regreso del tendero. Le confirmaron su llegada para el día siguiente.
Volvió a su casa, comió como nunca; canturreo una vieja canción, abrió la ventana; sintió el viento en su cara. Llamó a su criada, diciéndole: “Mañana puede ocurrir, llegó el momento.” La fámula quedó preocupada por tal manifestación. No supo qué responder.
Fue temprano al almacén. Se impacientó. No contaba con el día de descanso. Era miércoles. Ningún establecimiento abría como compensación por las labores del domingo.
Retornó a su hogar no sin antes entrar al templo. Buscó la imagen de la Virgen del Carmen y, en melancólico tono, le dijo: Señora del Escapulario. Dulce Dama. Patrona de los marineros. También soy náufrago de fracasada nave. Imploro tu ayuda. Impide que belcebú siga torpedeando mi encuentro con la mujer que quiero. Aleja de ella las tormentas, tranquiliza los vientos y tráela a mi puerto. Invoco tu manto protector. ¡Ayúdame!
Volvió. Revisó cuentas, despachó asuntos arrumados durante semanas. Se sintió mejor. Decidió no buscar la añorada información. El tendero le mandó a decir que lo necesitaba. Empezó a llover con fuerza. Iría cuando cesara la lluvia.
Se acercó a la ventana. La llovizna lo llevaba a su niñez, solía escaparse y jugar en los charcos. Fijó su mirada en la larga cadena de hierro colocada en uno de los extremos de la casa. El agua bajaba juguetona; los eslabones le restaban velocidad. Gotas, borbotones, sinuosas figuras nacían y al instante ya no estaban. Mágico juego le pareció aquello. Así era su vida, cada vez que nacía una esperanza, se esfumaba, se perdía, se alejaba.
Pensó en renunciar. Ser fraile estuvo en su agenda. Tenía teléfonos, direcciones y el nombre de algunas órdenes religiosas, prestas a recibirlo. “Estar enclaustrado es la medicina del alma”, le dijo un Prior. Se asustó.
Seguía lloviznando. Empezó a componer. Intentaba describir su amor. Un poema sería su mayor realización, jamás había escrito una tonadilla. Creyó estar en la cima de la inspiración.
“Mientras miro caer la lluvia sentado en la ventana, siento el susurro del pájaro escondido en el alero, avecilla recién llegada a la vida, sueños de nuestra primera primavera.
Mientras la lluvia golpea mi puerta, aquellos pajarillos esperan tu llegada; también sus picos en besos repetidos, entre cantos y aleteos, esperan un nuevo amanecer”.
Presuntuosa, tonta e insípida, le pareció su composición. Quiso mejorarla, pero no encontró ayuda en la musa de los poetas. Ahora entendía a estos. Seguía rumiando sus penas. “Apenas escampe iré a la tienda”, volvió a decirse.
Recibió un espumoso café. Repitió la dosis. Relajado, dirigió sus pasos a la tienda. Un empleado indicó tenerle un sobre. Lo recibió, fue hasta la iglesia, se sentó adelante, al frente del altar. Con cuidado, fue retirando las grapas, las había por todas partes. Los ganchos fueron desapareciendo y cuando ya no hubo uno solo, afloró un nombre, una sola palabra.
Aquello fue suficiente. Empezó a preparar su viaje. Dijo a los suyos que iría en plan de negocios. Nadie le creyó. Reservó tiquete en primera clase; llevaba meses enclaustrado y los nuevos aires le harían bien.
Ocho días después, estaba montado en el tren. Le esperaban tres largas jornadas. Estaba a un tris del encuentro. Se sentía radiante, feliz. Su rostro había recobrado lozanía.
Acomodó la mesa, disponiéndose a escribir. El tiempo sería menor si dejaba que la prosa invadiera sus poros. Inspirado se sintió aquel día. Había llevado consigo decenas de cartas. Las leería a su amada bajo la luz de oscuros y bronceados candelabros. El distanciamiento estaba por terminar. Su larga y oscura noche se volvería cosa del pasado.
Escuchó el silbato de la locomotora. Sintió como se prolongaba aquel ruido. Luego, todo fue confusión, desorden, gritos, golpes, silencio.
Despertó. Estaba recluido en una sala de traumas. Tenía compañía. Un elegante caballero estaba atento a las noticias sobre el descarrilamiento del tren, hecho no ocurrido en las tres últimas décadas.
Preguntó cuánto llevaba hospitalizado, le urgía llegar a su destino.
“Deberá guardar reposo durante varias semanas. Además, no puede viajar. El tren descarrilado sigue atravesado sobre los rieles. El equipo humano apenas empieza a reconstruir la vía y se espera maquinaria especial para levantar los vagones y colocarlos en su sitio”, dijo el acompañante, quien resultó ser un Inspector de Ferrocarriles, designado como investigador del siniestro.
Calló, guardó silencio por horas, se negó a responder preguntas. Algunos temieron por su vida. Durante su estadía en el hospital conversó con su amada. Su imagen estaba en las cuatro paredes de la habitación. Le dedicó poemas. “¡Son míos!” solía decir.
“Es un orate. Habla solo. Concreta citas, dice que pronto llegará”, fue el parte médico dado a su casera que, enterada de los sucesos, viajó para llevarlo a casa.
De nuevo estaba en su habitación. Volvía a observar la lluvia; el agua, saltarina bajaba por la cadena. Miraba los muchachos, sentía envidia verlos hacer cabriolas montados en bicicleta. Había retrocedido en el tiempo, regresado muchos kilómetros.
¡Cuánto le dolía aquel suceso!
Se le vio llamar a la Dirección Central de Despachos, insistía en el pronto arreglo de la carrilera. Una mañana, le comunicaron la reanudación del servicio.
Había escrito decenas de veces. Una servilleta, un periódico o la cartulina que protegía algún producto adquirido en la miscelánea, sirvieron para dar rienda suelta su precaria inspiración.
“Ningún golpe frenará mi amor. No habrá descarrilamiento, naufragio, terremoto o mal que impida llegar a tus pies. ¿Te parece poco mi duro peregrinar? No respondas. Desde el primer momento, supe que el creador me había entregado el más bello de sus ángeles. Instante supremo fue el primer roce de nuestros cuerpos. Soy y seré tu esclavo, encadenado por siempre estaré”.
“¿Recuerdas aquel beso? Fue nuestro acuerdo de luz, de vida. Tanto amor nos dimos y ahora nada recibo. Regresa, prometo no empalagarte con mis abrazos y requiebres. Tenerte cerca es el antídoto a mis dolencias. Apúrate.”
Volvió a leer. Nada le gustaron aquellas letras. ¡Cuán extravagantes le resultaron las melosas frases¡ Buscó a la lora entregándole el papel. El ave destrozó su poética confesión, su suplicante llamado. Quiso recuperar el documento, no fue posible. Rebanado en tiras quedó.
La amada, enterada por el vendedor, de las dolencias y sufrimientos que ella prodigaba a tan leal amor, decidió ir en su búsqueda. Regresó al poblado. Quería que su enamorado la perdonara. Se arrepintió al saber de su estado mental. Retorno en el siguiente tren.
No superaba sus dolencias. Volvió a encontrarse con el agente viajero. Éste le confió un terrible acontecimiento. Su adorada, viajaba en el tren descarrilado. Había fallecido.
Anonadado, sin saber qué decir, caminó por el parque. No quiso hablar, tampoco respondió a aquellos que le preguntaron el porqué de su actuar. Ingresó a la iglesia y con respetuosa voz dijo al crucificado: “Señor, tú me la diste. ¡Llévame a su puerto!”
Los que le visitaron, leyeron en una placa de mármol colocada en su jardín:
“Dolor inmenso, goce infinito. Faro que alumbra mis momentos difíciles. Estás en mis largas horas, en mis mejores momentos”. Oh, piel color canela; oh, olor a aromas embriagantes; oh, fruta del escondido paraíso. Oh, señora de momentos difíciles. Roca dura de fino labrado, no olvides mis escondidos sueños.
Alguno de sus visitantes comentó: “El amor lo confundió”.

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -