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domingo, abril 21, 2024

LA ABUELOTA (Librote)

Germán A. Ossa E.
Voy a tratar de escribir sobre este libro, sin tener que pensar en que lo tengo que
hacer bien, porque su autor es amigo mío desde hace años. Luis Jairo Henao
Betancur me dijo una vez, cuando yo tenía un puñado de cuentos cortos, que los
organizara de la mejor manera que yo pudiera hacerlo, para que concursara en el
Campeonato de Escritores de Risaralda de 1994, que era muy probable que por lo
que él veía, mi libro podía ser el ganador. Yo hice la tarea. Y Eutiquio Leal,
Gustavo Álvarez Gardeazábal y don Fernando Cruz Kronfly, sin ponerse de
acuerdo, se pusieron de acuerdo y desde lejos, en la vida real y en sueños,
decidieron que CUENTOS SIN “Erase una vez…”, mi libro, debería ser el
ganador. Y gané.
Ahí empecé a creerle más a Luis Jairo.
Y lo digo, aunque untado por la vanidad de la anécdota, sencillamente porque a
partir de ese entonces (entonces que es un mundo de tiempo) me propuse a
mirarlo con detenimiento, a seguirle los pasos, a escucharle sus chistes malos y a
verlo reír por todo los que lo acompañan en sus hazañas y jugarretas, reuniones y
tertulias, talleres y conferencias, etc., etc., me han ayudado a entenderlo más, a
comprenderlo más, a descifrarlo más y hasta enjuiciarlo más, y con sevicia, me he
puesto a hurgar en su literatura (que es lo que motiva su vida), para tratar de
encontrarle retruécanos, dequeísmos, pleonasmos, infantilismos -a pesar de saber
que lo matan los niños y los jóvenes, a los que apunta su permanente inspiración-,
incoherencias, finales abruptos, dislocaciones y mala redacción, para garrotearlo y
me ha ido mal, porque me ha demostrado con muchísimos de sus textos, que es
fiel y serio y respetuoso con su profesión y su disciplina. La que es muy buena y
que le permite encontrar siempre, muy buenos resultados.
Un puñado de libros ha hecho y publicado hasta ahora y a todos les he pisado la
pista y he resbalado sobre ella con la suavidad que caminan los campeones del
patinaje sin encontrarme un solo tropiezo para joderlo. Del libro que ahora nos
ocupamos, que leí en el momento de la bulla de su primera aparición por allá por
el año 1996, tengo muy gratos recuerdos y ahora que lo releo, rápido porque su
frescura hace que no se olviden muchos detalles, me obligan a recomendarlo, en
primera instancia a los muchachos de colegio que “tienen” que leerlo para cumplir
con una tarea y a los demás, que ni idea tienen de qué es lo que esconden sus
páginas, porque les aseguro, se animarán a devorarlo con la emoción que obliga
la sed del agua del desierto, es decir, esa ansiedad que nadie sabe quién la
inventó, pero que nos pone a querer más de lo mucho que nos da la vida y que
nunca queremos que se acabe.
Juega con uno, el lector, y es el lector que quisiera jugar con él, con el autor. Pero
uno lo hace después de mirar la primera página que azara al poseedor del libro

(que no es un libro, pues es un montón de hojas que lleno de letras acomodadas
orgánicamente, cuentan historias que giran en torno a una familia y a una señora
de años que posee el remoquete de abuelota, sin desprecio y si con agrado y
admiración algunas veces extrañas), porque uno quiere que jueguen con uno,
porque uno desea siempre que lo respeten. Pero si juega, es lo bueno, nada se
pierde y uno lee el libro con tranquilidad, como le da la gana.
Cortázar, sí, don Julio, con su famosa RAYUELA nos hizo una trampa parecida
hace muchos años. No vale la pena hablar de eso ahora, pues la abuelota y una
nueva colección de mitos y leyendas, retocados y retocadas, le dan la vuelta en
este muy agradable libro de LUIS JAIRO, que, en otra dimensión, en otros
espacios, en otros mundos, en otras realidades y con otras fantasías, nos enseña
que la imaginación además de no tener límites, siempre ayuda a comprender que
lo indescifrable es comestible.
Durante todo el tiempo ahora releí el libro imaginando que la abuelota es esa
señora de edad no tan larga que está en la portada del libro y siempre pensé en
que sería bueno saber de quién es ella la abuelota. Aunque para usted amigo
lector (haya o no leído este libro), no le importe.
Hasta con eso jugó Luis Jairo Henao durante mucho tiempo.
Hermosas las ilustraciones. James Llanos era el artista preciso para hacerlas,
independiente de que hubiera o no leído el libro antes de hacerlas, pues con solo
conversar con el autor antes de firmar ese contrato, con media hora de charla,
James es muy probable que las hubiera armado con sus neuronas en el cerebro,
pues su habilidad es tan extraordinaria, que luego de llegar a casa con esas
imágenes y símbolos allí guardadas, armado de micropuntas, tintas y cartulinas de
cualquier color, ellas viajarían con esas luces y sombras y fantásticas formas,
desde su cerebro complejo, pasando por sus manos hasta el papel, haciendo esas
bellezas que allí vemos y que defienden con precisión su relato

 

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