Duberney galvis
Echa raíces como hierva mala la práctica de cuestionar las ideas de las personas por su avanzada edad. Las he oído de manera recurrente desde hace unos años a nivel nacional, en especial desde el famoso estallido social cuando se empezó a cuestionar a varios dirigentes y analistas por la edad y no por sus ideas. No son pocas las acusaciones de “viejos decrépitos” lanzadas a quienes no comparten las ideas de cierta juventud arriada. Y de manera más reciente, se las oigo a personajillos de todo tipo en el departamento contra dirigentes mayores en medio del contexto del qué hacer después del sismo del diez de agosto.
Pero ahondemos un poco más en el tema. Ese fenómeno impulsado por algunos ciudadanos organizados o despistados con micrófono en mano, se conoce como edadismo. Es una forma de discriminación que consiste en menospreciar o juzgar a una persona por la edad. El edadismo con el tiempo pasó de juzgar a los menores a ensañarse con los mayores.
Fue Robert Butler, médico y gerontólogo estadounidense, quien introdujo en 1969 el concepto de edadismo (ageism) para describir los prejuicios y la discriminación asociados con la edad. Su aporte permitió comprender que la exclusión social también se alimenta de estereotipos sobre la vejez, especialmente en sociedades que privilegian la juventud, la productividad y la rapidez. ¡Y eso que Butler no vivió en estos tiempos de la inmediatez!
No siempre se expresa mediante agresiones abiertas. También aparece cuando se considera que alguien debe abandonar una responsabilidad al cumplir determinada edad, sin evaluar sus capacidades. ¡Y ojo al espejo! El rechazo hacia los mayores puede reflejar, además, la incomodidad de algunos frente a su propio envejecimiento. Quizás algo de esto explique las recientes expresiones de ciertos opinadores y comunicadores de oficio en redes sociales en Pereira.
Por su parte, el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en “La juventud no es más que una palabra”, aporta otra perspectiva: juventud y vejez no son categorías exclusivamente biológicas, sino construcciones sociales atravesadas por relaciones de poder. Las diferencias generacionales pueden convertirse en mecanismos para disputar autoridad, reconocimiento y privilegios.
Así, los conflictos entre jóvenes y mayores no siempre enfrentan ideas nuevas contra antiguas. En ocasiones, encubren aspiraciones de quienes desean ocupar posiciones de poder o conservar beneficios asociados con ellas. Basta observar algunas controversias recientes en Colombia y la región para advertir cómo la edad se utiliza como argumento para deslegitimar trayectorias y liderazgos.
Bourdieu recuerda que quienes ejercen autoridad buscan preservar sus espacios, mientras otros presentan su relevo como una necesidad histórica. Sin embargo, esa mezquindad colectiva que apunta a convertir la edad en instrumento de descalificación resulta preocupante. La capacidad debe discutirse mediante argumentos y resultados, no por prejuicios generacionales. Además, bien haría algún ciudadano o profesional si nos recuerda que Colombia reconoce protecciones legales para las personas mayores, consideradas como tales desde los 60 años. Olvidarlo evidencia una preocupante degradación del debate público.
