Fabio Castaño Molina
Columnista
Y a fe que lo logró: Hacer la política con seriedad. Fue coherente con su filosofía de vida. Al pan, pan, y al vino, vino. Nada de aguas tibias en sus posiciones. Sí decía sí a uno de sus compromisos era porque sí lo cumpliría. Y sí decía no. Era no, y listo. Ese era Carlos Enrique Soto Jaramillo, quien el pasado lunes partió de este mundo terrenal, luego de sufrir un paro cardíaco en su natal municipio de Marinilla a donde había viajado por asuntos personales el fin de semana anterior. Lo conocí hace cerca de 30 años por mis labores periodísticas. Era uno de los alfiles liberales en el Concejo de la ciudad al lado de Enrique Vásquez y Juan Manuel Arango con quienes formó el llamado equipo del 92 para luchar apasionadamente por el desarrollo de la ciudad. Siempre me impresionó su seriedad, carácter y su organización en el quehacer político.
Valores que muchos confundieron con prepotencia o soberbia de un hombre solo estiló servicio para los demás durante la toda su vida. Soto tenía muy claro de dónde venía. Se hizo a pulso y mejor que nadie recorrió por estas llanuras y montañas que nos depara la vida llena de estaciones de éxitos y fracasos, lo que es el servicio público. En sus comienzos como un simple líder barrial de su amada ciudadela Cuba al tiempo que se desempeñaba como portero y camillero del hospital San Jorge, donde tuvo sus primeros coqueteos con la función pública. El ADN por el ejercicio político no tardó en salirle a flote y su vena liberal adobada por una férrea determinación lo llevó a ocupar un escaño en el Concejo de Pereira, luego a la Asamblea de Risaralda, después a la Cámara de Representantes y finalmente al Senado. En todas esas corporaciones dejó un huella indeleble que hoy todos debemos agradecerle por se tradujeron en obras y programas que han hecho grande a Pereira y a Risaralda.
No escapó al descredito ni a las críticas que generan los políticos tradicionales del país. No obstante y a pesar de los constantes ataques que recibió, nunca se vio inmerso en comprobados escándalos de corrupción. La vida se hizo una mala jugada cuando el Concejo de Estado le declaró hace algunos meses la muerte política mediante la perdida de la investidura en el Senado por fallas de tipo administrativo de su Unidad Legislativa. Por esta situación, recibió el peor golpe de su vida, pues fue brutalmente vilipendiado y agraviado por sus enemigos políticos que lo trataron de hacer ver como el peor de los delincuentes. A lo anterior, hay que agregar que lo afectó una pandemia que en muchos casos es peor que la generada por el Covid-19 y es la pandemia de la ingratitud y deslealtad de sus muchos sus “amigos” que lo abandonaron después de haber disfrutado con él las mieles del poder. Se fue un guerrero. Un hombre serio. Un hombre que deja como legado que la política debe hacerse con seriedad y compromiso, como él siempre lo hizo. ¡Paz en su tumba y fortaleza y resignación para sus familiares!

Definitivamente no hay muerto malo.
Politicamente el destituido senador Difunto le trajo mas mal que bien a nuestra Morena Querendona y trasnochadora Pereira.
Por algo fue destituido y culpable , salio como debio salir por la puerta de atras.
Ese semillero politiquero que dejo sembrado En Pereira Israel , Enrique , Juan Carlos Valencia para no mencionar otros que solo aprendieron a vivir de la teta publica.
Aterrador funcion publica en su mandatos.
Caldas y Quindio tienen indices de calidad de vida y desarrollo economico y nos pasaron y dejaron atras en la Era Soto.
Definitivamente señor Columnista
No hay muerto malo.