Las malas palabras

Neverg Londoño Arias

 

El uso del lenguaje hace que a través de la palabra se expresen todas las emociones de que se es poseedor en la convivencia humana: la ofensa y la defensa, la esperanza y la desesperanza; el quejido, el llanto y la risa. Puede estimularse el apetito por la eterna felicidad, porque la fe ciega tiene sus seguidores con el merecido respeto para todo creyente. Las grandes decisiones amarran un futuro en un “si” o un “no”; y la vida del mundo puede depender de una palabra fortuita en un momento de descontrol.

 

Existió la “prohibición bíblica” de no pronunciar el nombre de Dios por considerarse una blasfemia. A alguien también se le ocurrió afirmar que el cuerpo humano era de ocultar; que la concepción y los órganos que generan vida eran sucios feos y pecaminosos y que las funciones naturales del organismo se debían esconder y no hablar de ellas en público. Se inventó el lenguaje para mayores y la prohibición de utilizar algunos términos que correspondían a esas partes vedadas de nosotros mismos. ¡Ah!, y muchos diccionarios evitaban incluir las palabras obscenas o lo hacían en forma sesgada. La censura tuvo en que apoyarse para calificar lo que no era del agrado del clérigo y el gobernante.

 

Las malas palabras posiblemente no sean tan malas, cambian de un país a otro, son usadas en muchos contextos como referentes de camaradería, y se califican de acuerdo con la carga emocional que las acompaña dependiendo del dolor causado por el golpe del martillo en el dedo. El humor se nutre de la debilidad de las inhibiciones y los errores de los seres humanos; Oscar Wilde manejó a la perfección la ironía; D,H. Lawrence expresó sus emociones escandalizando la pacata sociedad inglesa de su tiempo; y Mozart desde lo “cacaculopedopisero” compuso varios cánones para divertir a los amigos.  La literatura saca términos de los armarios para ubicarlos en lugares de aceptación. García Márquez reivindicó “el mamar gallo”, nos recordó sus “Putas tristes” y remató uno de sus mejores cuentos con la palabra “mierda”.

 

Las palabras también han sido clasificadas por estrato social y rango, pero ellas deambulan de clase en clase entre filtraciones y tendencias en lo vulgar, soez, primario, culto, decente y acartonado.

 

A pesar de todo, hay algo que no se olvida de una vez y para siempre: esa palabra, ese arrullo y ese canto simple que nos acompañó en la cuna; la “eterna búsqueda” en el alma de las personas que vamos encontrando en el camino.

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