Rodrigo Ocampo Ossa
El abuso de derechos fundamentales tiene el efecto perverso de justificar a quienes se han opuesto sistemáticamente a su implementación. Como está pasando con la lucha por la igualdad racial, desacreditada en Suráfrica por el nuevo apartheid, esta vez contra la población blanca. O el derecho a la protesta convertido en una patente de corso para la destrucción sistemática del patrimonio común como está ocurriendo en Europa, especialmente en Francia, donde la queja aparentemente razonable de los estudiantes de colegios públicos sirvió de chispa para incendiar, literalmente, varias ciudades. Podrán darse explicaciones, como la migración desaforada y no integrada a la sociedad lo cual produce un choque cultural profundo, o la frustración de las nuevas generaciones ante la falta de oportunidades. Pero justificación, ninguna. Aquí tuvimos el “estallido social” que hoy se sabe fue una efectiva estrategia para apropiarse del Estado por parte de la izquierda, por fortuna ahogada en su propia ineptitud y corrupción. Pero la memoria de los desafueros producidos en ese momento ha abierto el camino para que el nuevo gobierno expida con un amplio apoyo de la población un reglamento severo contra la barbarie. Nadie quiere verse nuevamente sitiado en sus casas porque alguien está inconforme con el “sistema”. Ojalá en Europa haya una respuesta pronta y eficaz contra los saqueadores y se permita a los ciudadanos de bien seguir con su vida. Pero pase lo que pase en los próximos días, a consecuencia del saqueo, el wokismo, la tolerancia con los marginales y el desorden serán cosa del pasado. Y habrá un efecto colateral no deseado ni esperado por los sociópatas, el regreso al autoritarismo y a la derecha política.
