Frente a los golpes de la naturaleza, ninguna obra del hombre está en capacidad de resistir. Mucho menos, ante un terremoto de magnitud 7.4 grados, como el que vivió el occidente del país el pasado 10 de agosto. La fuerza desatada de la tierra arrasó con viviendas, escuelas, hospitales, negocios…
La Hacienda Castilla, en la vía a Cerritos, no fue la excepción. El sismo no solo causó daños en los techos y algunas paredes, sino también en piezas precolombinas de gran valor histórico y en obras de arte de especial importancia. Entre ellas, una figura de la cultura de San Agustín, un jaguar con cola de serpiente, que quedó partido en dos. “Esta pieza que podía tener unos 1.200 años, sobrevivió guerras civiles, sobrevivió todo y vea…”, indicó Juan Jiménez, curador del museo. En cuanto a la cubierta, un techo en teja de barro, se afectó en más de un 50%.
La Casa Castilla, cuyos orígenes se remontan 393 años atrás, por iniciativa de Amparo Jaramillo de Drews, se había convertido en un hostal y en un museo que albergaba elementos y documentos muy valiosos que dan cuenta de su condición de testigo de la historia de esta zona del país.
Las dos fundaciones
No existe en la región ninguna edificación que haya sobrevivido a las dos fundaciones que se dieron acá: la del Cartago viejo en 1540 y la de la Pereira de hoy en 1863.
La Casa Castilla acumula entre sus paredes de tapia en Cerritos casi cuatro siglos de historia. Y de historia bien documentada, por cierto, gracias a la tarea que se trazó la heredera de esta valiosa propiedad. Ella se dedicó a reconstruir la historia de esta casona y logró desempolvar planos y escrituras que datan de 1540, cuando los españoles encabezados por el adelantado Sebastián de Belalcázar y el mariscal Jorge Robledo llegaron hasta estas tierras enviados por Pizarro desde Perú. Robledo, fundador de la antigua Pereira, estuvo acampando en este lugar durante tres días.
Cuando repartieron estas tierras, se entregaron como fincas predios hasta de 12.000 hectáreas y las correspondientes a Castilla le tocaron en suerte a don Pedro Sánchez del Castillo. La investigación adelantada por Amparo Jaramillo evidenció que la casa aparece, por primera vez, en un plano correspondiente a un dibujo de 1633. Existe otro, realizado por un agrimensor de apellido Salazar, en 1713. En este segundo, aparecen varios trapiches levantados alrededor de la morada, aprovechando los cultivos de caña existentes para la fabricación de panela.
Mediante una escritura firmada en Bogotá, en 1880 don Guillermo Pereira le vendió el predio a Julio Castro Rodríguez y Benicio Ángel, dos ciudadanos de la capital, quienes cuando llegaron al lugar se encontraron que éste no era ningún baldío y que tenía otro dueño: José Francisco Martínez Bueno, quien precisamente fue el que desarrolló los trapiches. Aunque la operación entre Castro y Martínez finalmente se concretó tiempo después, con la crisis de los años 30, don Julio quebró y tuvo que vender sus propiedades, entre ellas la Casa Castilla en 1926, a empresarios caldenses.
En 1968 Alfonso Jaramillo Bernal, más conocido como “Guasca”, el padre de Amparo, le compró al manizaleño Santiago Jaramillo quien hizo el primer desarrollo urbano en Cerritos al parcelar 300 hectáreas.
Sus orígenes
La casa morada, como se decía en esa época, comenzó a construirse en 1633 por los indios que habitaban el sector de Pindaná de los Zerrillos, que fue la parte que los españoles les dejaron después de despojarlos de la meseta El Tablazo. Por aquel entonces, Pereira era la capital del territorio quimbaya donde habitaban alrededor de 200.000 indígenas, gobernados por el cacique de Pindaná de los Zerrillos.

La casa fue construida a la usanza de la arquitectura española, que más que moradas eran una especie de fortalezas para protegerse de eventuales ataques. Los españoles, a diferencia de los antioqueños que hacían casas en bahareque, siempre pensaban en seguridad y en fortalezas, por ello hacían las casas como tal, elaboraban un perímetro, levantaban tapias anchas, luego abrían el primer boquete para las ventanas, posteriormente los zaguanes que eran sitios de defensa.
Cuando don Alfonso Jaramillo compró la Casa Castilla junto con 30 hectáreas, la propiedad estaba en muy mal estado. Para conservar su estilo y su arquitectura, el nuevo propietario contrató un arquitecto español que vivía en Pereira para realizar el proyecto de restauración.
Allí vivió la familia Jaramillo Vélez, integrada por don Alfonso y su esposa Olga Vélez y sus hijas Lucía, Amparo, Consuelo, Carmiña y Clara Inés.
Un bien patrimonial
Durante el mandato del alcalde Carlos Alberto Maya, mediante resolución la Hacienda Castilla fue declarada como “Bien de interés cultural de conservación integral, por contener valor histórico, estético y simbólico”.
En el momento de la entrega de ese reconocimiento, Amparo Jaramillo de Drews, aseguró que la importancia de este bien es que es evidencia ‘viviente’ de la fundación de la ciudad cuando se conoció como Cartago Viejo, posteriormente Cartago y luego fue testigo del paso al asentamiento y crecimiento de Pereira.
Tras su restauración, se convirtió en el predio de mayor valor histórico de Pereira, en donde se pueden apreciar objetos arqueológicos de diferentes culturas precolombinas, las cuales fueron adquiridas por los propietarios de la hacienda.
El presente
Los responsables de Hacienda Castilla reconocen que, aunque los daños materiales fueron de consideración, el asunto va mucho más allá dada las afectaciones a un sitio que por casi cuatro siglos ha sitio testigo y guardián de la historia y las transformaciones de Pereira el cual tiene un gran valor histórico, estético y simbólico.
Por ello se ha puesto en marcha una convocatoria para rodear a la Hacienda Castilla y permitir que esta legendaria edificación y la riqueza histórica que hace parte de su patrimonio, se conserven y vuelvan a ser el punto de encuentro de centenares de visitantes, investigadores y estudiosos. La tarea no es fácil, pero tampoco imposible, pero por ahora no ha sido posible conseguir la cantidad suficiente de tejas de barro para reparar los techos, que es la primera labor que se está acometiendo post-sismo.


