*Por: Andrea Muñoz Jaramillo
La crisis ambiental es uno de los mayores desafíos que enfrentamos como humanidad, ha dejado de ser una preocupación solo de los ambientalistas para convertirse en la prioridad de la agenda de las organizaciones a nivel mundial. Los problemas globales como la acelerada degradación de los ecosistemas, el cambio climático con sus manifestaciones extremas, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación del agua, son consecuencia de un modelo de desarrollo que ha tenido como único pilar el crecimiento económico sin contemplar los límites de la biosfera. Esta realidad cada vez se vuelve más insostenible para las actuales generaciones y compromete la integridad de las futuras.
En este contexto, la encíclica Laudato si’: sobre el cuidado de la casa común del Papa Francisco publicada en 2015, adquiere una vigencia aun mas profunda. En este escrito el Sumo Pontífice hace un llamado universal al respeto por la madre tierra “nuestra casa común” y nos exhorta a una “conversación que nos una a todos”.
En este sentido, aborda el concepto de la ecología integral como una visión que trasciende las ciencias y nos conecta con la esencia de lo humano, cuyo propósito es la búsqueda del desarrollo sostenible e integral a partir de la protección del ambiente, el bienestar social y la dignidad humana. En su análisis plantea que, ante el actual estilo de vida de consumismo y desconexión, la humanidad necesita generar nuevas convicciones que implican un “desafío cultural, espiritual y educativo”.
Esta reflexión que nos dejó el Papa pone de manifiesto la responsabilidad inaplazable que tiene la educación y en especial la superior con la sostenibilidad. Ya no basta con formar profesionales con diversas competencias técnicas, sino personas capaces de comprender la complejidad del mundo contemporáneo y de actuar con ética. Las decisiones que tomen en su quehacer tendrán implicaciones ambientales, sociales y económicas, de manera positiva o negativa dependiendo de la postura que adopten a lo largo de su vida.
Por lo tanto, la educación para la sostenibilidad implica formar profesionales que comprenden el valor del respeto por todas las formas de vida, la corresponsabilidad y la equidad. En este sentido, las instituciones de educación superior están llamadas a asumir, con determinación, la misión de formar líderes que estén en la capacidad de equilibrar las decisiones técnicas orientadas al crecimiento económico con el cuidado de la casa común y la promoción de la justicia social. Finalmente, este compromiso contribuirá con la construcción de una sociedad más justa, resiliente y ambientalmente responsable.
*Docente Universidad Católica de Pereira
