Rodrigo Ocampo Ossa
En la sociedad colombiana hay un colectivo muy numeroso que carece de personería jurídica, junta directiva o cualquiera otro mecanismo parecido al de una ONG. Lo que identifica a sus miembros, independientemente de su raza, sexo, edad o residencia, es su condición de clase media económica. Eso significa que comparten cada día las mismas dificultades en el transporte público, la inseguridad de las calles, los trámites burocráticos y la limitación permanente de sus ingresos frente a unos gastos siempre crecientes. Es también por eso que su comportamiento en lo cotidiano, la respuesta a las dificultades o a los eventuales éxitos sea muy similar; suelen pertenecer a un grupo religioso, celebran los cumpleaños, usan la camiseta amarilla y votan sin esperar una retribución directa. Esa clase media fue la que salvó al país en las pasadas elecciones que estaban cooptadas con el producto de la corrupción gubernamental y la amenaza de los violentos. Y es la que ha respondido de manera increíble con su solidaridad en las ciudades afectadas por el terremoto del pasado diez de agosto. Casi dos meses después la euforia mediática para atender las víctimas ha cedido el espacio para la reconstrucción moral y física del tejido social. Ahí es donde aparecen esos héroes discretos que han acogido vecinos, muchas veces apenas conocidos de vista, comparten su magra comida, los limitados medios de transporte y la información que recaudan para reconstruir sus emprendimientos. Son muchas historias de solidaridad silenciosa, tantas y variadas que no es posible identificarlas individualmente, pero su impacto en la conservación de nuestros valores colectivos las hace evidentes. Muchas gracias a esos miles de compatriotas que con su generosidad nos hacen sentir orgullosos de ser colombianos.
