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lunes, abril 22, 2024

Recordando la muerte de Luis Carlos González

El jefe del Estado, para dar ejemplo, continuó su recorrido a pie, acompañando a
la multitud, hasta el camposanto que el poeta había escogido para su descanso
eterno.

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)
El 17 de agosto de 1985, hacia las once de la mañana, se inauguró la sede
cultural del Banco de la República en Pereira, la misma que hoy se conserva en
pleno centro de la ciudad, a pocos pasos del parque principal, donde se levanta,
imponente el “Bolívar Desnudo” del escultor antioqueño Rodrigo Arenas
Betancourt.
En tales circunstancias, no es de extrañar que el acto estuviera presidido por el
gerente de nuestro banco central, Hugo Palacios Mejía, ilustre quindiano que
ocupaba, durante el mandato de Belisario Betancur (1982-1986), uno de los más
altos cargos del gobierno central.
Allí estaban, además, el gobernador de Risaralda, Luis Carlos Villegas; el alcalde
municipal, Rodrigo Ocampo Ossa; el obispo de nuestra diócesis, monseñor Darío
Castrillón, y el director del periódico “La Tarde”, Gonzalo Vallejo Restrepo, entre
otras personalidades.
Ellos se iban turnando para pronunciar los discursos de rigor, los cuales
coincidieron en llenar de elogios a Luis Carlos González, cuyo nombre llevaría el
nuevo centro cultural de la capital risaraldense, pequeña urbe a la que él
bautizara, con precisión: “La querendona, trasnochadora y morena”.

Homenaje al poeta
Pero, ¿quién era -se preguntarán ustedes- Luis Carlos González? Era un poeta,
ya se sabe. Lo fue desde siempre, acaso desde su nacimiento a comienzos del
siglo pasado, en 1908, o, al menos, desde su infancia y juventud, cuando estaba
rodeado de poesía en el hogar paterno de Florentino González -Don Floro- y doña
Ana Francisca -Quica- Mejía, su “Madre labriega”, a quienes cantara en versos d

e
entrañable ternura.
Allí se rendía, pues, un sentido homenaje al poeta, El poeta mayor del Eje
Cafetero y uno de los más representativos de la literatura popular en Colombia,
cuyo bambuco “La Ruana”, con música de Enrique -El cojo- Figueroa, solía

resonar en nuestro país y el exterior, como auténtica expresión del folclor
latinoamericano.
Pero, sobre todo, en tan solemne acto se presentaba un libro en su honor: “El
poeta de La Ruana y su memoria de Pereira”, escrito por Héctor Ocampo Marín,
prestigioso ensayista nacido también acá, quien fungía como subdirector del
periódico “La República”, en Bogotá, y miembro correspondiente de la Academia
Colombiana de la Lengua.
El maestro Luis Carlos era, en fin, personaje principal de una ceremonia que
pasaría a las páginas de la historia, según lo confirmaron después las múltiples y
destacadas publicaciones periodísticas que aún pueden consultarse en los
archivos de la biblioteca del Banco de la República, donde aquello tuvo lugar hace
casi cuarenta años.

Un autodidacta
Ese día, el poeta fue condecorado por enésima vez, reuniendo así las máximas
distinciones nacionales: Gran Cruz de Boyacá, impuesta por el presidente
Betancur -¡hacía apenas dos años!- en el palacio presidencial o Casa de Nariño, y
Cruz de San Carlos, otorgada por el Congreso de la República.
Recibió, además, la de Los Fundadores, por la alcaldía, y Medalla al Mérito, por la
Sociedad de Mejoras Públicas, de Pereira; Orden al Mérito Nacional, por una
institución representativa del folclor colombiano, y Premio José Eustasio Rivera,
por la Gobernación de Risaralda, entre otras distinciones.
Algo sorprendente, sin duda. Pero, más lo era que él, con su modestia
característica de ancestro montañero, sólo había cursado estudios hasta tercero
de bachillerato, sin haber siquiera terminado el cuarto.
Era, en consecuencia, autodidacta a carta cabal, gracias a sus continuas lecturas,
las cuales le permitieron formar una vasta cultura que le sirvió, a sus anchas, para
una temprana y prolongada actividad periodística en “El Diario”, al lado de su
director y amigo, Alfonso Jaramillo Urrego.
En la vida laboral, de otra parte, se contarían, ante todo, su trabajo en las
Empresas Públicas de Pereira, donde se jubiló, y el Club Rialto, del que fue
secretario de la junta directiva, un reconocimiento honorífico.
Y era, claro está, buen padre de familia, casado con doña Cristina Villegas, quien
le dio tres hijos: Marta, Fernando y Eduardo, los cuales tampoco fueron ajenos a
su inspiración en versos llevados a varios libros, hoy en el centro cultural que nos
ocupa.

Todo esto y mucho más salió a flote en el citado festejo académico, primero en los
emotivos discursos y, después, en la reunión social donde el público asistente
rodeaba con cariño y admiración a su poeta por excelencia.
La alegría colectiva y, en particular, la suya, era infinita al concluir el acto, recién
pasado el mediodía.

Infarto fulminante
En horas de la tarde, el poeta estaba descansando en su residencia, la vieja
casona que luego sería declarada museo y transformada, a su vez, en sede del
Concejo de Pereira, hasta el sol de hoy.
Estando allí, “le sobrevino un repentino ataque al corazón”, según el posterior
registro de prensa, donde se informaba también que él fue trasladado de
inmediato a la Clínica del Seguro Social, cuyos médicos, que lo atendieron a las
carreras, confirmaron el temido diagnóstico: ¡Llegó sin signos vitales!
¡El poeta Luis Carlos González había muerto!
Era -recordemos- el 17 de agosto de 1.985, el mismo día en que el Banco de la
República de su amada ciudad ponía al servicio un amplio y moderno centro
cultural, bautizado con su nombre para perpetuar, sin imaginar siquiera, a quien
estaba a un paso de dar el salto a la vida eterna.
Nombre que, por cierto, empezó a pronunciarse en todas partes, en todos los
rincones de Pereira y Risaralda, del Viejo Caldas (como entonces aún se llamaba
al actual Eje Cafetero) y del país en su conjunto, así como en todo el mundo del
folclor latinoamericano, nada menos.
“El poeta Luis Carlos González ha muerto”, repetían los titulares de prensa, a
diestra y siniestra.

Un mal necesario
“La muerte es un mal necesario”, había dicho en una entrevista, aclarando que no
la temía: “Con el tiquete en la mano, estoy esperando la llegada del tren de
sombras que se está demorando”.
Le llegó de improviso, sin darse cuenta, mientras descansaba en su propia casa,
“donde vivió -según la crónica de rigor- durante muchos años”, como era, al
parecer, su deseo.
Y lo cogió en Pereira, donde alguna vez sentenció que habrían de permanecer,
per secula secolurum, sus restos mortales. “Si aquí dejé mi ombligo -decía con

desfachatez y ese fino humor negro que aún se pasea a su antojo por muchos de
sus poemas-, aquí dejaré mi calavera y me quedaré siempre”.
Pereira, sin embargo, quedó destrozada. Así lo advertía Ocampo Marín cuando
dijo que, cuando él muriera, a su amada ciudad “le faltaría su campana mayor”.
“Con su partida -escribió, por su lado, Ricardo Ilián Botero-, se paralizó el corazón
de Pereira” y, por ende, el corazón de todos los pereiranos que tanto le
queríamos.
Se le rindió, así, un nuevo homenaje, esta vez popular, del pueblo entero, al que
cantó en numerosos bambucos, como gran poeta popular que también era en
grado superlativo.
Se trataba, como es obvio, de un homenaje póstumo, extendido aquí y allá, en
cada hogar urbano y campesino de nuestro Eje Cafetero desde el instante mismo
de su fallecimiento.
“Colombia está de luto”, manifestó el presidente Betancur, al tiempo que el
gobernador ordenaba dos días de duelo, con las banderas de Risaralda a media
asta en plazas públicas y despachos oficiales.

El funeral
“Adiós al poeta del pueblo”, tituló “El Espectador” la noticia, muy destacada, sobre
el funeral de Luis Carlos González.
En realidad, el ataúd, con su cuerpo rígido, pálido, tras una larga noche de
velación, había sido llevado, en aquel inolvidable 18 de agosto de 1985, desde su
residencia, a través de dos o tres cuadras nada más, hasta la Plaza de Bolívar,
vestida de luto con las banderas de Colombia, Risaralda y Pereira a media asta,
frente a un contingente del Batallón San Mateo para rendirle honores.
En la Catedral de la Pobreza, cubierto el féretro con la bandera nacional, fue
recibido, a la entrada, por serenateros que interpretaban sus mejores bambucos, y
una vez más las autoridades oficiales, encabezada por el presidente Betancur, se
fueron rotando en sus discursos de despedida, llenos de dolor y nostalgia.
No obstante, el primer mandatario de los colombianos expresó en su intervención,
a modo de consuelo: “No nos debe agobiar esta tristeza desolada”, agregando, en
tal sentido, una razón de peso, salida de su hondo espíritu cristiano: “Él está y
estará entre nosotros, más presente que nunca”.
A continuación, el cortejo fúnebre marchó por la céntrica carrera séptima hasta el
cementerio San Camilo. Entretanto, desde los balcones y ventanas ondeaban
pañuelos blancos y banderas de la ciudad con cintas negras; los bambuqueros

seguían interpretando sus tristes melodías, y empezó a caer una tenue lluvia,
cuyas gotas semejaban lágrimas caídas del Cielo.
El jefe del Estado, para dar ejemplo, continuó su recorrido a pie, acompañando a
la multitud, hasta el camposanto que el poeta había escogido para su descanso
eterno.

Epílogo
El 20 de agosto se propuso convertir su casa en museo, según declaratoria del
gobierno nacional, como al final se hizo, siendo, además, la sede -repitamos- del
Concejo municipal.
Se pidió hacer, asimismo, un monumento a La Ruana, similar al de Los zapatos
viejos en honor al poeta Luis Carlos López -¡Luis Carlos, igual que él!- en
Cartagena, y se empezó a abrir paso, en Pereira, el Festival Nacional del
Bambuco que lleva su nombre, el cual se viene haciendo hasta hoy.
A pesar de esto, falta mucho por hacer en su memoria a el mejor cantor de
nuestra tierra, un poeta del pueblo y para el pueblo, el bambuquero mayor, el
poeta de los caminos de Caldas (el viejo Caldas de La Mariposa Verde, con
Quindío y Risaralda) y, en definitiva, el poeta de La Ruana.
¡Dios quiera que se haga!
(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

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