Javier Ríos Gómez
Hace unas semanas, mi esposa y yo tuvimos la honrosa oportunidad de participar como extras en el rodaje de una serie televisiva, gracias a la invitación de la academia de artes escénicas EDIBELT ACADEMY, en Pereira. Lo que parecía un gesto anecdótico se convirtió en una experiencia reveladora: un encuentro directo con la maquinaria invisible que sostiene al cine y la televisión, y una lección de humildad frente a la ligereza con que solemos juzgar las obras audiovisuales.
Aunque he sido un aficionado al cine toda mi vida y he compartido espacios con críticos y periodistas en el Encuentro de Cine de Pereira, nunca había estado en un set de rodaje real. Presenciar la interacción entre dirección, producción, camarógrafos, sonidistas, microfonistas, maquilladores, vestuaristas y utileros fue descubrir un engranaje complejo, disciplinado y profundamente humano. Dos días completos de trabajo se invirtieron en una sola escena un matrimonio en una iglesia que, en pantalla, apenas ocupará unos minutos. La repetición constante, la búsqueda de la toma perfecta y la exigencia de calidad revelaron el verdadero costo de la excelencia.
La vivencia fue, además, una lección de humildad. Comprendí que opinar sobre cine o televisión sin haber experimentado de cerca su proceso es, en muchos casos, un acto de injusticia. No es raro escuchar juicios despectivos apenas iniciada una proyección, como si el esfuerzo humano, técnico y financiero detrás de cada obra pudiera reducirse a un comentario ligero. Estar allí me permitió valorar la magnitud de ese esfuerzo y reconocer que cada producción es el resultado de una comunidad de trabajo que rara vez recibe el reconocimiento que merece.
El hecho de que producciones de este nivel lleguen a Pereira no es casualidad. Es fruto de la perseverancia de Edilsa Beltrán, quien durante más de dos décadas ha insistido en la formación actoral y en la construcción de una comunidad artística sólida. Su academia ha demostrado a productoras nacionales e internacionales que el Eje Cafetero no solo ofrece escenarios naturales privilegiados, sino también talento humano dispuesto a aportar al desarrollo de la industria audiovisual. En un país donde la centralización cultural ha relegado a las regiones, la labor de Beltrán es un acto de resistencia y de afirmación: Pereira puede ser protagonista en la memoria audiovisual de Colombia.
Este reconocimiento no es menor. La industria audiovisual es, además de entretenimiento, un espacio de construcción de identidad y de memoria colectiva. Cada rodaje que se instala en la región abre la posibilidad de narrar historias desde el territorio, de visibilizar rostros y voces que rara vez llegan a la pantalla. La academia y sus actores locales no solo aportan a la técnica, sino que también encarnan la posibilidad de que el Eje Cafetero se piense y se represente a sí mismo en el lenguaje del cine.
Por ello, esta columna quiere ser también un homenaje. Pereira y la región le deben a Edilsa Beltrán un reconocimiento a la altura de su contribución. Su labor ha abierto puertas y ha sembrado confianza en que aquí, en este territorio, el cine puede encontrar raíces fértiles. A las actrices, actores y figurantes locales, mi felicitación; a las productoras que han confiado en esta comunidad, mi gratitud. Y a los espectadores, una invitación: antes de juzgar con ligereza, pensemos en la inmensa maquinaria que hace posible que una historia llegue a la pantalla. Porque detrás de cada escena, detrás de cada imagen, hay un esfuerzo colectivo que merece respeto y memoria.


