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lunes, septiembre 26, 2022

Cuento de ?scar Aguirre Gómez. La fiesta de disfraces

??Eran esos… ?sos, los rasgos de William Wilson?? Bien ve?a que eran los suyos, pero me estremec?a como v?ctima de la calentura al imaginar que no lo eran. Pero, entonces, ?qu? hab?a en ellos para confundirme de tal manera??. Edgar Allan Poe, William Wilson

Jamás podrá sacar de mi mente la extraordinaria caracterizaci?n a la cual nos impulsara, aquella noche, esa man?a de querer hacer las cosas a nuestra manera, que nos distingu?a a Antonio y a m?. ?l y yo ?ramos dos personas diferentes, pero parecidos en cuanto a satisfacer un capricho personal se refiere. En lo f?sico, poco difer?amos el uno del otro. Pero nos caracterizaba ese algo personal inconfundible: un sello que no escapaba a los entendidos, es decir, a quienes nos rodeaban de ordinario. A?n as?, un tercero nos confundir?a: unas veces mi vestimenta semejaba la suya. Otras, frecuent?bamos los mismos sitios, como de com?n acuerdo, pero sin propon?rnoslo: un at?vico instinto nos un?a y un similar gusto por la literatura y las artes nos animaba. Hab?amos coincidido, desafortunadamente, en una misma apreciaci?n: Onfalia. La femme que todos ansiaban y nadie alcanzaba. Pareciera como si ella tejiera en una rueca hechizada una interminable tela…

Entonces resolvimos efectuar una apuesta por su amor. Quien tuviera la dicha de poseer sus encantos, seráa objeto de una celebraci?n, la cual seráa costeada por su contendor. Convinimos en que el momento adecuado iba a ser la noche de carnaval, cuando el baile de disfraces de la universidad estuviera en su apogeo. Igualmente estuvimos de acuerdo en que no revelar?amos nuestras identidades al pretender seducir a la esquiva mujer, por quien so??bamos vanamente, en una identificaci?n com?n de nuestras ansias. Decid? entonces, como una idea original, buscar una máscara y un atav?o sin precedentes: me disfrazar?a de Antonio. Copiar?a su mirada. Robar?a sus gestos. Me apropiar?a de su palabra, eco de una personalidad sutil, aunque c?nica en extremo que, además, me anulaba casi siempre en nuestras reuniones sociales. Si ?l sobresal?a, ?yo no era nadie! ?Sus continuas interferencias en mis actividades me enloquec?an! Llegu? hasta? imaginar que, en otra existencia, ?l y yo estuvimos vinculados en estrecha relaci?n. ?No pod?a, por lo tanto, ser ahora superior a m?!

Por fin lleg? el d?a, la noche mejor, en que Antonio y yo nos enfrentamos, anhelantes cada uno de poseer el ansiado trofeo: el amor de Onfalia. ?Ser?a ?l o seráa yo! Un alto piso de la parte antigua de la universidad, la cual coronaba una terraza de estilo barroco, estaba destinado a la reuni?n. El humo de interminables cigarrillos cund?a en la estancia haciendo más pesada la atmásfera. Los presentes re?an en medio de la chanza y la rumba. El jolgorio invitaba a la disipaci?n, como de costumbre. La másica se mec?a en las mentes flojas, mientras? licores? suaves y fuertes flu?an generosos. De allí al delirio s?lo hab?a un corto tiempo.

Vi venir a mi oponente, precedido de la jactancia que lo distingu?a y al comp?s altanero de un tango. Lo reconoc? por su caminar y sus gestos de los cuales no pod?a huir: su arrogancia era inherente a su artificiosa personalidad.

??Qu? haces vestido as?? ?le pregunt?.

?Es la inc?gnita ?respondi? casi con indiferencia.

?A pesar de la máscara, tu rostro me es muy familiar… ?repuse.

-Claro. M?rame bien ?expres?, levant?ndose la máscara y mir?ndome, a su vez, fijamente a los ojos.

??Soy yo! ?profer? at?nito.

?S?. Yo soy t?. Y t?, ?qui?n eres?

??Ja, ja, ja! Mira bien t? también ?dije, quit?ndome el antifaz, el sombrero y la capa, que cubr?an mi apariencia normal. Entre otras cosas, ?mi atav?o semejaba el suyo!

??No lo puedo creer! ?Soy yo! ?exclam? Antonio.

?No olvides que t? existes por m? ?complement?.

Nos re?mos mucho de nuestra ocurrencia, pero luego un largo silencio nos domin?: secretamente nos odiamos. ?Hasta en eso hab?amos coincidido! ?Ten?amos las mismas ideas!

De pronto, en medio de los presentes, surgi? una diosa: era Euterpe, la musa de la másica. S?, Euterpe, personificada por la bella Onfalia. Sus negros ojos se cruzaron con los m?os y los de Antonio, de manera alterna. Aprovechando la ocasión, la tom? en mis brazos y, en un r?pido giro, la aisl? de todo. Su mirada ora de fuego, ora dulce, me hipnotiz?: la másica del vals de Weber nos arrastraba hasta la apoteosis. Ella era una ondina transportada por la melod?a y yo su gu?a en aquella danza imparable. Casi sin darme cuenta, Antonio la arrebat? de mi lado y huy?, s?, huy? con el valioso trofeo, aprision?ndolo en un abrazo que me hiri? profundamente.? La escena se repiti?: de nuevo la ten?a junto a m?. Entre baile y baile, ambos cambiamos impresiones con Onfalia, quien se ve?a feliz, ignorando la muda contienda que sosten?amos mi antagonista y yo.

M?s tarde, Antonio y yo tuvimos una segunda charla. Pero, esta vez, tomaba giros insospechados. El haber tenido ambos en nuestros brazos a Onfalia, nos enardec?a por igual. Mientras tanto ella no se decid?a por alguno de los dos. En un momento dado, busqu? estar a solas con Antonio. Le manifest? entonces mi deseo de retirarme.

??C?mo? ?exclam?, sorprendido. ?El carnaval est? en su furor!

?Eso veo ?repuse?. Es el momento de sobresalir entre Pierrots, Colombinas y Arlequines.

Nuestra conversaci?n se fue encaminando hacia un continuo enfrentamiento entre ambos. No perd?amos la oportunidad de sacar a relucir lo más rec?ndito de nosotros, para usarlo como un arma hiriente… Entonces lleg? un momento en que no soport? las insolencias de mi amigo, pues siempre sal?a victorioso en su s?tira despiadada. De repente, una idea monstruosa se me ocurri?: opt? por eliminarlo. S?, as? como suena: ?era ?l o era yo! ?Los dos no cab?amos en este mundo! Con sigilo, con extrema cautela, lo conduje a la parte más alta de la terraza y, en un descuido, sin titubeos ?el momento lo reclamaba? ?lo lanc? al vac?o!

A?n persiste en mi? insomne humanidad su mirada incr?dula y sus manos tratando de asirme en vano: un grito prolongado y de un acento desconocido que no olvidar? jamás se perdi? en el aire. Sonar? inaudito que una acci?n tan indigna de mi parte sea narrada as? no más. Pero todo sucedi? muy r?pido. No era esa mi intenci?n, mas la parte oscura de m? se sobrepuso a la parte noble. Ni qu? decir que me olvid? de Onfalia. No seráa capaz de mirarla a los ojos, o, por el contrario, una vez atrapado de nuevo en su mirada, seráa incapaz de separarme de ella. Una duda empero me oprim?a: ?estaba enamorada ella de Antonio o de m?? En la fiesta, yo, siendo yo, era ??l?; y ?l, siendo ?l, era ?yo?. La risa cristalina de Onfalia vino a mi mente y su eco fue un martirio.

Hu? del lugar como un loco, aunque sent?a cierta liberaci?n. Pero me enga?aba. Me alej? luego del entorno familiar y, más tarde, de mi ciudad y de todo. Sin embargo, ?no puedo escapar de m?, de mi conciencia! ?Por qu? lo sombr?o nos domina en momentos fatales? Ahora siento que yo no soy yo, sino ?l… ??l! Pienso y trato de actuar como ?l, por más que lo evite. ?Yo, un ser noble, suplantado por un ser vulgar! Su esp?ritu vive en m? inevitablemente, aunque una parte de m? mismo ha muerto con ?l. Me he aniquilado a m? mismo y mi futuro no existe: soy prisionero de una sombra, yo, que siempre persegu? un cielo azul.

*Miembro del Parnaso Literario Eje Cafetero

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