“La hostia santa”

Cuando miramos los testimonios de vida ofrecidos por todos los santos y beatos de la Iglesia, desde los primeros siglos hasta nuestros días, vemos que no hay un solo santo que no haya sido estado forjado por la Eucaristía, por la pasión eucarística, por el amor eucarístico.

Todos, por decirlo de alguna manera, «han nacido de la Hostia». Tomo prestada esta expresión del beato Giacomo Alberione, fundador de la familia paulina, que lo decía siempre a sus amadísimos hijos espirituales: «Habéis nacido de la Hostia…». Es verdad. Y esto vale para todos los santos y beatos de la bimilenaria historia del catolicismo.

Entre todos, la figura con la que quizá más simpatizo es la de la Madre Teresa de Calcuta, a quien he dedicado un libro publicado en 2003, con motivo de su beatificación. La Madre Teresa es una santa profundamente eucarística. La Eucaristía era el corazón de su vida, de su espiritualidad.

Decía a las religiosas: «Jesús en la Eucaristía y Jesús en los pobres, bajo las especies del pan y bajo las especies del pobre, eso es lo que hace de nosotras contemplativas en el corazón del mundo». En la base de la espiritualidad de la Madre Teresa estaba el sagrario.

Y no es por casualidad que se llama «sagrarios» a las comunidades abiertas en todo el mundo por las misioneras de la Caridad, porque son las casas de Jesús, decía la Madre Teresa. Las religiosas comulgan todos los días y todos los días hacen una hora de adoración eucarística, que ocupa un lugar muy importante en la vida espiritual de las misioneras de la Caridad.

Me viene a la mente, en concreto, una espléndida figura, como la de Antonietta Meo, «Nennolina», la niña romana que se fue al cielo a sólo siete años, pronto será beata, que había recibido de sus padres, profundamente cristianos, una educación religiosa sencilla y, al mismo tiempo, fuerte, capaz de hacerle afrontar el penoso calvario de su enfermedad, y que se alimentaba del amor a la Hostia.

A Nennolina apenas le dio tiempo para hacer su primera comunión seis meses antes de morir y lo deseaba tanto. Pero hay otro episodio de su vida, en mi opinión extraordinario, que hay que conocer: cuando Nennolina iba a la guardería dirigida por las religiosas de la Santa Cruz en Jerusalén, con frecuencia vieron y luego han testimoniado que la niña, antes de salir de su capilla para ir a jugar al patio con los otros niños, se acercaba al sagrario diciendo en voz alta: «! Jesús, ven a jugar conmigo!».

Esta frase es muy expresiva del grado de intimidad que la pequeña «Nennolina», tenía con Jesús Eucaristía. Una confianza sencilla y amorosa que aprendió sin duda de sus padres.

Luigi y María Beltrame Quattrocchi han sido ya elevados por la Iglesia al honor de los altares; los padres de santa Teresita, Celia y Louis Martin, lo serán prontísimo, probablemente la próxima primavera, cuando el Papa visite Francia; y hay otros matrimonios candidatos a los altares. Todos ellos mantenían una intensa vida eucarística, desde un camino ascensional del alma que, en la propia y personal dinámica de la vida de pareja, de ella obtenía su alimento, la propia savia vital de la Eucaristía. Como las plantas viven de luz, ellos han bebido en la fuente del Amor.

La meditación sobre la Eucaristía, en efecto prepara el terreno espiritual al seguimiento de Cristo y a la experimentación del camino hecho a menudo de luces y sombras, de fe y duda, en el descubrimiento a veces desgarrador, de la propia fragilidad humana; pero en una perspectiva salvífica, en la que incluso el dolor adquiere un sentido, en el sacrificio incruento de Cristo que se repite cada día en el altar y en el que todo se cumple y se santifica en el encuentro cotidiano con la Hostia que nos genera a la vida cada día.