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lunes, julio 22, 2024

Hacia una ética de la indignación

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Esta expresión (“los indignados”) se ha escuchado tanto en cenáculos, merendolas y amodorradas cofradías donde era pontificada por unos o satanizada por otros, comensales maniqueístas que lanzaban juicios gratuitos a espaldas de las nutridas y ruidosas manifestaciones callejeras contra el stablishment, un mundo lleno de injusticias, oprobios y desigualdades. Lejos de juicios mezquinos y amañados que califican este movimiento de anarquista, torticero y coyunturalista, hemos querido ahondar en los fines y sentidos del término y hacerle un breve rastreo histórico.

La diosa helénica de la indignación y la venganza era Némesis. Según los griegos, una de las cuestiones que suscitaba el enfado de la diosa era la injusticia que requería de ella a través de sus ruegos una respuesta indignada y justiciera. Una furia e iracundia que genera aquello que no debió haber sido ni debe ser”. La deidad griega distribuía justicia vengándose a partir de su propia cólera. Indignada por el egocentrismo y la vanagloria de Narciso que llevó a la ninfa Eco a consumirse, Némesis urde así su trama justiciera al determinar en su veredicto que este hombre presa su egocentrismo, se sumergiera ahogara en su propia imagen.

En su célebre discurso a los muertos de la guerra del Peloponeso, en el 431 A.C., Pericles,el célebre gobernante ateniense, definió como nadie a su democracia de su patria con palabras que aún hoy a todos nos conmueven: “(…) un respetuoso temor es el que nos impone aceptar el cambio de los sucesivos gobiernos y el respeto a aquellas leyes que se han dictado, especialmente para enfrentar injusticias… Amamos la belleza con sencillez y el conocimiento sin arrogancia… Hacemos de la riqueza una oportunidad para hacer y no un motivo de vanagloria. En Atenas, la pobreza no es vergüenza, sí lo es no hacer nada por superarla”.

¿Qué tienen en común los lienzos “Los horrores de la guerra” (1637) de Pedro Pablo Rubens; “La libertad guiando al pueblo” (1830) de Eugenio Delacroix; “Los desastres de la guerra” (1814) de Francisco de Goya, uno de cuyos aguafuertes hace alusión a “Los fusilamientos del 3 de mayo” y los cuadros de Picasso (“La masacre de Corea” <1951> y “Guernica” <1937>)? De pronto, hojeamos mentalmente “La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” de 1791, de Olympia de Gouges, texto que salió un mes después de la célebre Declaración de los revolucionarios franceses; El panegírico de Emilio Zolá (“Yo acuso”, 1899) que entró al “panteón” periodístico como un ejercicio libertario de la prensa contra el abuso de poder…
El grito estentóreo de “¡No pasarán!” inmerso en el célebre discurso de Dolores Ibarruri (“La pasionaria”) transmitido por la radio madrileña en 1936 tras el golpe de estado del general Franco que dio origen a la Guerra Civil Española; los testimonios desgarradores sobre los horrores del holocausto nuclear de Hiroshima en ese agosto negro de 1945 plasmados en la obra de testigos presenciales tales como el jesuita español Pedro Arrupe (“Yo viví la bomba atómica”); El testimonio pacifista del escritor japonés Kenzaburo Oé que fungiendo de periodista”, condensó en sus “Cuadernos de Hiroshima” los célebres reportajes sobre todo lo acaecido en la Novena Conferencia Mundial contra las Armas nucleares de 1963;

Las controvertidas crónicas de la filósofa estadounidense Hanna Arendt para la revista “The New Yorker” (1961), desde Jerusalén, sobre el juicio al militar nazi Adolf Eichmann cuyo subtítulo (“La banalidad del mal”) abrió la cruenta herida sobre el holocausto judío y la discusión ética y filosófica sobre las absurdidades propias de la condición humana; “Los cuadernos emancipadores” de Jena Genet, el escritor francés maldito, uno de ellos, “Cuatro horas en Chatila”, texto en el cual denuncia las andanzas del Sionismo y la masacre de 586 palestinos en los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila perpetrada por durante la Guerra del Líbano en 1982, son ejemplos patéticos de esta ola de indignación que ha sacudido al mundo.
La indignación, leitmotiv de variadas manifestaciones insurgentes, disidentes y libertarias a lo largo de la historia y la geografía del planeta, aparece como el reconocimiento de algo que, al considerarse inaceptable, nos pone en estado de alerta y muchas veces nos lleva a la movilidad y a la acción ciudadanas. En los anales de la indignación quedó registrado en 1954 el clamor del abate Pierre (Henri Grouès), fundador de “los traperos de Emaús”. En esa cruzada contra la exclusión y la pobreza, conmovió al pueblo francés al denunciar el drama de quienes estaban a la intemperie muriendo a causa del frío invierno parisiense.

“¡Indignaos!” (2010) y “¡Comprometeos!” (2011), fueron dos panfletos del escritor francés Stéphane Hessel que se hicieron muy populares. El primero de ellos, un texto de 9 páginas fue escrito a sus 93 años, tres años antes de su muerte. Hessel fue testigo presencial de los horrores de los campos de concentración nazi de Buchewald y Dora-Mittelbau; militó en la resistencia francesa y participó en la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Hizo un llamado vehemente a la juventud a luchar contra la injusticia y la desigualdad. Sus proclamas fueron la fuente inspiradora de movimientos tales como la primavera árabe.
Comienza Hessel el llamamiento a “la indignación” reconociendo que habla a los jóvenes desde la última etapa de su vida, ya que “el fin no está muy lejos”. Se siente orgulloso al recordar la forma cómo nació su compromiso político: los años de la Resistencia y el programa que allí elaboró, ese 15 de marzo de 1944, basado justamente en la indignación que producían en los jóvenes la Ocupación nazi. Hessel encuentra en ese documento “un conjunto de principios y valores sobre los cuales debería reposar la democracia moderna”. Más que nunca, dice su autor, hoy necesitamos de ellos para sentirnos orgullosos de pertenecer a una sociedad.

Una verdadera democracia tiene necesidad de prensa independiente frente al Estado y a las influencias extranjeras. La actual dictadura internacional de los mercados financieros es la que amenaza la paz y la democracia. Jamás la distancia entre los más pobres y los más ricos ha sido tan grande. Como en 1944, el motivo de la resistencia hoy, según Hessel, eta la indignación. “Nosotros, los veteranos de esos movimientos llamamos a las jóvenes generaciones a transmitir esa herencia y sus ideales. Nosotros les decimos: tomen el relevo, ¡indígnense!”. “Yo les sugiero a todos y a cada uno de ustedes tener un motivo de indignación.

Cuando algo los indigna como estuve yo con el nazismo, entonces uno deviene militante, fuerte y comprometido. Uno se agrega a esa corriente de la historia”. La indiferencia es la peor de las actitudes. Acortar la distancia entre ricos y pobres y la salvaguardar los derechos humanos son dos desafíos que se deben asumir por la vía no violenta. A tono con las prédicas de Mandela y Martin Luther King, La violencia “vuelve la espalda a la esperanza”. Los conflictos se deben resolver a través comprensión mutua y “una paciencia vigilante”. La violación de los derechos “debe provocar nuestra indignación”. “Crear es resistir. Resistir es crear”, concluye Hessel.

También hubo un grito de indignación que sacudió el mundo de las finanzas en Manhattan. Esa misma expresión altisonante fue la utilizada por los manifestantes callejeros en Nueva York, Londres, Madrid, Atenas y Santiago de Chile. Sus marchas referenciaban y advertían sobre la inusitada fuerza adquirida por sus actos insurgentes, movimientos considerados de “rara factura”, una “extraña” mixtura de ecología, humanismo, arte, cultura y política expresada a través de colectivos ciudadanos conocidos como “Indignados”, “Primaverales” o “Desobedientes civiles” (“M-15“, Anonymous”, “Occuppy” o “Yosoy132”).

Estos grupos asimétricos estaban conformados por intelectuales insurrectos, pacifistas, activistas ambientales y gente del común. “Esto no es una cuestión de izquierda contra derecha, es de los de abajo contra los de arriba… Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo y lo queremos ya… Cuando los de abajo se mueven, los de arriba tambalean… Me gustas democracia, pero estás como ausente… No falta el dinero, sobran los ladrones… No es una crisis, es una estafa… No es una crisis, ¡es el sistema!” … son algunas consignas utilizadas en distintos momentos y lugares por esta ola globalizante, interactiva y amorfa.

Sus gritos insurgentes y sus propuestas ciudadanas quedaron expuestas en vallas, pancartas, pasacalles o grafitis. Cada 15 de mayo se conmemora un aniversario más de las protestas surgidas en España contra el bipartidismo, el oprobioso, corrupto y usurero sistema bancario y corporativo y en pro de una democracia real y representativa (M-15). Este fenómeno sociocultural atrincherado en los parques de las grandes ciudades y en las redes sociales, se extendió por toda Europa, EE. UU. y América Latina. La danza del Zirtaki en Atenas y el floreo de la cueca en Santiago y Buenos Aires, le dieron rimo y compás a la lucha de los “indignados”.

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