El infierno es uno mismo y sus recuerdos

Comentario a La Solterona, de Benhur Sánchez Suárez. Es una obra magistral, el mejor primer capítulo que me he leído en una novela.

Rudber Eduardo Gómez

Con este texto no pretendo realizar, como dicen los jóvenes de hoy, spoilers de la obra La Solterona de Benhur Sánchez. Solo pretendo mostrar mi experiencia como lector, que siempre es distinta en cada quien.

Considero que en este caso, y en esta obra en particular, todo lo que diga se quedará corto frente a la experiencia que tendrá quien asuma la aventura de leer La Solterona, Rosario Elena, hija de Edilberto y de Rosario, la hermana mayor de Clara; nunca se casó y en sus cuarenta está soltera-solterona. Vive en la casa paterna-materna, la casa que su padre, trabajador del Edificio de Comunicaciones, les dejó con mucho esfuerzo. Vivió la muerte del padre, de la madre, el noviazgo y matrimonio de su hermana.

Se inventa una violación, por parte de “Jaime”, su arquetipo de hombre: vestido de negro, alto, delgado y con mucha ambición de acompañarla durante el resto de su vida.

Para sobrevivir hace tejidos, lo único que pudo aprender de Rosario, su madre. De vez en cuando cuida a sus sobrinos, los hijos de Clara y Rigoberto. Ahora intenta arreglar la casa, cocinar, cuando sus recuerdos caóticos y tristes la dejan; ve a través de la ventana, sentada en su silla, el mundo del pueblo que transcurre, lo que viven los otros y que ella no puede, en especial lo que vive María, la prostituta.

Ahora en su casa, sola y soltera, se aferra a los recuerdos, se confunden, se alteran, con ella conviven y a veces adquieren nombre. Los objetos cobran relevancia, en especial la ventana y la silla.

La Solterona es una obra magistral, el mejor primer capítulo que me he leído en una novela. La manera como Benhur maneja el interior del personaje me cautivó, el desespero que maneja la protagonista es neuróticamente placentero. (…) La solterona es la historia gris y dolorosa de una mujer hermética en sus sueños, dándole vueltas al mundo que se le negó, encerrada en una casa donde la ventana, la silla y el teléfono constituyen hábil simbolismo de dependencia y de angustia entrelazadas. (…) “La novela tiene como escenario mi casa paterna, pero la historia transcurre en Bogotá” (Sánchez, 1999:) En A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre, el infierno son los otros. En La Solterona, de Benhur Sánchez Suárez, el infierno es uno mismo y sus recuerdos.

 

 

 

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