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domingo, mayo 26, 2024

Una mamá vendedora de prensa

Lo que una madre está dispuesta a hacer por un hijo todavía no tiene registro de límite alguno, pueden ser horas interminables de desvelo en la enfermedad o tener hasta cuatro empleos.

La historia de la señora Martha Liliana García, tal vez es la de millones de colombianas que como madres solteras han enfrentado el mundo y sus problemas sin tiempo para el miedo o la tristeza. Lo que hace especial a doña Lili, como la llaman más a menudo, es que es una chica del equipo Q’hubo y no desde ayer, sino desde el momento mismo en que empezó a circular en Pereira, 16 años, para ser precisos.

Su historia en el periódico

A esta pereirana nada le queda grande, empezó a trabajar a los 16 años, varios años antes de terminar el bachiller en el Suroriental. Por eso, un día cuando el conocido de una droguería le dijo que se sentía indispuesto para ir a la reunión de voceadores de La Tarde, no le vio ningún pero, ella iba con el encargo de traerle el regalo que se ganara “De ahí nació el trabajo, porque doña Karem dijo que necesitaba personas para el domingo, porque el periódico se entregaría gratis, más personas de mi familia vinieron a trabajar ese día, después nos quedamos mi sobrino y yo”, comenta mientras mueve las manos para explicar la situación.

Doña Lili empezó en la limpieza de apartamentos desde muy joven, el trabajo que le compite al periódico en años de estar en él es el del edificio de la carrera 4 con calle 24. Cuando entró al Q’hubo su hijito solo tenía 6 añitos y al día de hoy ya hay un hombre hecho y derecho que está próximo a graduarse de la universidad.

Si siempre ha tenido el otro trabajo ¿por qué aceptó vender la prensa? “Porque el dinero no me alcanzaba y eran demasiados gastos para llevar yo sola, porque mi mamá era la que me ayudaba a cuidar el bebé”.

“Un hijo da la fortaleza para salir adelante, pone metas. Ahora mi hijo es el que me dice que estudie”. Aquí aparece con la mamá, parte fundamental para ella poder trabajar.

No sé de dónde saqué fuerza

“Yo tenía cuatro trabajos: me levantaba y a las 7:00 ya estaba en el Centro vendiendo frutas en la carrera 5 con calle 17, a las 9:00 me iba a vender el Q’hubo y terminaba a las 12:00, mi sitio era Ciudad Victoria, sino que todo el que era nuevo, llegaba y se me instalaba ahí. Este trabajo me dio la oportunidad de conocer hasta el gerente del Centro Comercial que me dejó vender adentro, porque a mí me sacaban, pero los clientes le pidieron a don Orlando que yo se los llevara a los que me comparaban de fijo, pero no podía ofrecer”, recuerda con gusto doña Lili.

“Mi primera clienta fue doña Marina que se hace en la 18 con 9, la tengo mucho en cuenta porque fue una persona que me ayudó mucho. Bueno, al mediodía me iba para el edificio y a veces traía la coca, el resto una señora que se hacía con los yipseros de la 12 nos daba el almuerzo a mi sobrino y a mí. En el edificio limpiaba varios apartamentos y cuando el niño no tenía estudio en Frailes, mi mamá venía con él y me ayudaban. Por la noche pasaba a la panadería enseguida del edificio a lavar todas las máquinas y los hornos, eso como se pega de horrible y había que dejarlos bien limpios, llegaba a las 12:00 de la noche a la casa, no veía a mi hijo, solo trabajaba, trabajaba y trabajaba”.

Martha Liliana recuerda que una de las épocas más duras fue cuando su hijo entró a la universidad, aunque siempre ha sido un buen hijo “Él se me ayudó mucho con Jóvenes en Acción, todos los papeles los hizo solito y con eso solventaba pasajes. En el edificio me dan ‘la prima’, entonces yo le decía que era para pagar el semestre”. Con los ojos rojos evitando las lágrimas comenta: “A los 16 años y medio entró a la universidad. Él sufrió mucho, porque imagínese para estudiar Ingeniería Industrial, todo el mundo con su buen carro, su buen computador y él no más con un celularcito ¿usted se imagina?”.

El sobrino y ella, cuando la venta de periódicos apenas despegaba.

El oficio de ser mamá

“Yo me cuidaba mucho de quiénes eran los amiguitos, porque mi hijo tiene su perfil y conozco los amigos que tiene, todos son trabajadores, juiciosos. En la Normal hubo un niño que entró y mi hijo empezó a cambiar, porque el otro hacía lo que le daba la gana y me dijo: ‘mamá es que yo ya puedo rumbiar’, le contesté que me podían llamar de una Estación de Policía y para evitar esa amistad busqué meterlo en algo, porque si le prohibía la amistad más gusto le iba a coger, entonces lo metí a inglés y francés que le servía para ser profesor” y él dijo: “mamá a mi me gusta es bailar”, Martha pensó, “pues claro, si el papá es caleño”, entonces lo entró a una academia y ahorita sí es profesor peor de salsa.

Alguna vez el hijo de Martha Liliana se metió de personero y no ganó, llegó y le contó: ‘mamá no más saqué 160 votos y ella le contestó: “siéntase orgulloso de que 160 personas hayan creído en su proyecto”.

Como dice la protagonista de esta historia “No me dieron marido, pero tengo un hijo hermoso y juicioso, ya en junio se gradúa como profesional con apenas 22 años. Él sabe aquilatar mucho todo el trabajo que a uno le ha tocado. Es un orgullo muy grande, se dejó guiar, porque la intención de uno es esa y eso va en cómo usted lo levante, porque si un muchachito de 7 años se me va a quedar en la calle 11:00 o 12:00 de la noche, no va a ser nadie y porque no hay un papá eso no, uno tiene que tener las riendas y ellos tienen que obedecer”.

Ella dice que ser mamá es muy lindo, porque se deja la vida de lado para sacar a un niño adelante. No se arrepiente de haber conocido al papá de su hijo, porque de otro modo no existiera él.

Dato

El padrino del hijo de Martha Liliana fue parte fundamental para que pudiera ingresar en la UTP, porque le pagó el preicfes. “No hubo padre, pero sí padrino”. Ella quería que fuera profesor, pero él quería ser ingeniero.

Cifra

2017, año en que a punta de esfuerzo, llevó a su mamá y a su niño a conocer el mar. Martha Liliana tenía 27 años cuando se convirtió en madre.

“Ojalá se me coloque ligero, porque usted sabe que la situación del país está muy dura”.

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