Que lo hay, lo hay


Con motivo de la celebración la semana pasada del “Día Contra el Trabajo Infantil”, se conoció un dramático informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, según el cual el 13,8% de la población menor de edad del departamento, está trabajando.

Aunque el Ministerio de Trabajo ha dicho que este dato no es correcto porque el DANE suma en sus estadísticas a los niños y adolescentes que ayudan en las labores domésticas o en los negocios informales familiares; no se requiere mucho para saber que la cantidad de menores trabajando es preocupante.

Basta con pasar por sitios como la Plaza de Mercado de la Calle 41, o por el sector de la carrera novena con calle 13, o por la Terminal de Transportes, o por cualquiera de los cruces semaforizados de la ciudad, para ver que hay decenas de niños subiendo y bajando bultos de productos agrícolas, o lavando carros, o montando llantas, o repartiendo mercados, o cargando maletas, o vendiendo chicles, o entregando volantes.

Por distintas razones que van desde el desinterés o el descuido de los padres de familia, pasando por la desescolarización infantil y la ausencia del Estado para proteger los derechos de los niños, hasta la difícil situación económica de muchas familias colombianas, los jóvenes y adolescentes están dejando los salones de clase para salir a ofrecer su capacidad de realizar distintas labores que, inclusive, van más allá de las domésticas.

Todo esto, lamentablemente hay que decirlo, está sucediendo ante la mirada indiferente, cuando no complaciente, de todas las autoridades, empezando por las de Policía. No es raro ver, por ejemplo, a menores cargando mercancía a un vehículo, o vendiendo cualquier clase de productos, o entregando volantes, mientras a unos pocos metros hay algún agente de policía.

Lo más grave de esto es que muchas veces el trabajo que desempeñan los menores es atentatorio contra su salud. Un adolescente de 14 o 15 años no está en condiciones, por ejemplo, de cargar o descarga un camión cargado de productos agrícolas, o de subir y bajar neveras, o fogones, o muebles de hogar.

Permitir o tolerar el trabajo de niños y adolescentes es atentar directamente contra su vida o su integridad personal. Y dejar que un menor realice una labor que, por sus características está hecha para personas mayores, es someterlo a que se termine abusando físicamente de él, o realizando labores al margen de la ley.

Independiente, pues, de si los datos son de ese tamaño o un poco menores, la verdad es que el problema del trabajo de menores de edad existe y que es urgente idear y poner en práctica algunas estrategias para atacarlo, empezando por la que permita mantener en las aulas de clase a los menores de edad y alejados, lo que más sea posible, de las labores remuneradas.