El Deportivo Pereira no solo perdió otro partido. Perdió el respeto por su camiseta, por su historia y por una hinchada que ya no encuentra argumentos para seguir creyendo. La caída ante Alianza Fútbol Club, actuando como local en Yopal, expone un nivel de desconexión que resulta insostenible.
Ni siquiera la condición de “local” sirve como atenuante. Lo que se ve en cancha es un equipo sin alma, sin rebeldía y sin la mínima intención de competir. Jugadores apáticos, imprecisos y completamente ajenos a lo que representa vestir esta camiseta. No hay reacción, no hay liderazgo, no hay vergüenza deportiva.
El cuerpo técnico, lejos de ofrecer soluciones, parece haberse resignado. Jornada tras jornada se repite el mismo libreto: un equipo desordenado, sin idea clara de juego y sin capacidad de respuesta. La permanencia del entrenador ya no se entiende desde lo deportivo, sino desde la inercia de una dirigencia que tampoco da explicaciones.
Y es ahí donde la crisis encuentra su raíz más profunda. La gestión de Álvaro López tiene hoy al club sumido en una deriva preocupante. No hay proyecto, no hay planificación, no hay señales de autocrítica. Lo que sí hay es una institución que parece haberse acostumbrado a perder, a fallarle a su gente y a diluir su identidad.
El golpe es aún más fuerte por el contexto. El Pereira no está jugando en su casa, en el Estadio Hernán Ramírez Villegas, sino en Yopal, lejos de su gente, de su entorno y de su esencia. Pero ni siquiera eso explica lo que ocurre: lo que hay es un equipo que no compite, que no responde y que transmite una preocupante falta de compromiso.
Lo más alarmante es lo que viene. El clásico está a la vuelta de la esquina y el Pereira llega sin fútbol, sin carácter y sin identidad. Afrontará el partido más importante para la ciudad con un grupo que no ha entendido qué significa defender estos colores.
La sensación es clara: el club ha sido vaciado de su esencia. El “recio empuje” quedó reducido a una frase del himno, mientras en la cancha se impone la indiferencia. La hinchada, una vez más, queda sola, viendo cómo su equipo se desmorona sin que nadie asuma responsabilidades.
El Deportivo Pereira no está en crisis: está en decadencia. Y lo más grave no es perder, es la naturalidad con la que se está aceptando la derrota.


