Lo que está pasando con el Deportivo Pereira no admite más eufemismos. Esto no es una mala racha, no es falta de suerte y mucho menos un simple bajón futbolístico. Lo que se ve hoy es el resultado de una gestión que raya en la negligencia, encabezada por Álvaro López, quien parece mirar impasible cómo el equipo se desmorona sin mover un solo dedo para evitarlo.
Veinte fechas sin ganar no son una coincidencia, son una vergüenza institucional. Y lo más indignante no es la racha en sí, sino la tranquilidad con la que se asume desde la dirigencia. No hay explicaciones, no hay decisiones, no hay vergüenza. Hay, en cambio, una preocupante normalización del fracaso.
La derrota ante Boyacá Chicó fue apenas la confirmación de lo evidente: este equipo está a la deriva. Un Pereira sin alma, sin carácter y sin dirección, que refleja exactamente lo que ocurre en los escritorios. Porque cuando desde arriba no hay liderazgo, abajo solo queda el caos.
Pero aquí el problema va más allá de lo deportivo. Lo que hoy indigna al hincha es la sensación de que el club fue reducido a un negocio frío, donde perder la categoría no parece una tragedia, sino una posibilidad calculada. Y en ese escenario, el nombre de Álvaro López aparece inevitablemente en el centro de todas las críticas.
Porque no se puede destruir en tan poco tiempo lo que costó años construir sin que haya responsables. Se borraron las noches de gloria, se diluyó la identidad y se pisoteó la ilusión de una ciudad entera. Todo, ante la mirada indiferente de quien debía proteger al equipo.
Hoy el Pereira no solo pierde partidos, pierde dignidad. Y mientras su máximo dirigente siga actuando como si nada ocurriera, la pregunta deja de ser una provocación y se convierte en una pregunta directa: ¿está Álvaro López llevando al equipo a la B sin pena ni vergüenza? Porque si no lo está haciendo intencionalmente, lo está permitiendo. Y eso, para una hinchada, es igual de imperdonable.
Escrito por Sebastián García Díaz, periodista digital del Diario del Otún.


