Re- habitar la tierra en la crisis climática

*Por: Viviana Ramírez Loaiza

En la película No mires arriba, unos científicos advierten que un cometa destruirá la tierra. Durante una entrevista televisiva, los presentadores reciben la noticia entre bromas, sonrisas y sarcasmos. Al final, un personaje pierde la paciencia y grita ¡No estamos entendiendo que nos vamos a morir! Todos la miran, queda un gran silencio. 

Quizá muchas personas quisiéramos gritar lo mismo frente a la crisis climática. 

La psicología ha comenzado a etiquetar las emociones que emergen frente al deterioro ambiental. Términos como ecoansiedad, solastalgia o incluso los llamado síndromes psicoterráticos, han buscado dar sentido a las afectaciones de la salud mental. Buena parte de estas investigaciones se han concentrado en comunidades indígenas y rurales, pues plantean que serán las principales afectadas por su relación con el territorio, ubicando una lista de patologías y síndromes psiquiátricos que parecen no afectar a las demás poblaciones. 

¿Qué hace entonces que nos sintamos tan inmunes a lo que empieza a suceder con el clima, especialmente quienes vivimos en zonas urbanas y quienes no hacemos parte a comunidades étnicas? 

Una posible respuesta está en la manera como la modernidad nos enseñó a relacionarnos con la naturaleza. Durante siglos aprendimos a verla como un recurso al servicio del ser humano. René Descartes, planteaba que el conocimiento nos ayudaba a dominar aquellos fenómenos naturales, que, por su alto nivel de incertidumbre, nos puede hacer daño al no estar al servicio de la especie. 

Esta idea que hemos llamado moderna sigue estructurando nuestra forma de pensar. Nos cuesta imaginar que somos parte de la naturaleza, no estamos fuera de ella, y que por ello una crisis climática inestabiliza el ecosistema, nuestro hábitat. Cuando no se pueden ocultar los efectos del cambio climático, surge una conformidad social, conveniente y riesgosa. Es más fácil otorgar la responsabilidad a aquellas fuerzas impuras de la naturaleza. Aquello que nos han enseñado que es salvaje y que no tiene inteligencia. 

El problema no solo es ambiental, es cultural y psicológico. Durante demasiado tiempo hemos alimentado la ilusión que somos independientes de la naturaleza, dueños de ella. Hemos aprendido a depender de un supermercado para nuestra supervivencia sin preguntarnos sobre los suelos y las personas que cultivan los alimentos, hemos dependido de la llave del agua sin preguntarnos el origen de ella. 

Tal vez la pregunta ya no sea si la naturaleza pueda sobrevivir sin nosotros, o peor aún, si solo “los otros”, aquellos que hemos excluido en un proyecto nacional como los pueblos indígenas, serán incapaces de sobrellevar la crisis. La pregunta es qué debemos de aprender de ellos y de los ecosistemas para desaprender y re-aprender habitar la tierra, recordar que somos naturaleza. 

*Docente Universidad Católica de Pereira.

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