Por James E. Cifuentes Maldonado
Posterior a la tragedia del terremoto del 10 de agosto, que con tanta severidad afectó a la ciudad de Pereira, la producción editorial ha sido bastante prolífica, los medios de comunicación, las redes sociales y por donde sea posible decir algo, están inundados de mensajes positivos y de esperanza; por las calles de la ciudad hay vallas con mensajes muy bonitos que invitan a la recuperación, que exaltan el sentido cívico y la tenacidad del pueblo pereirano, para superar esta crisis, como se han superado muchas otras tragedias, desafíos y dificultades, con la capacidad emprendedora que se ha mostrado en esta región. Eso está muy bien, pero no es suficiente.
Las condiciones en que está el Centro de la ciudad son lamentables; es posible que hoy muchos digan que no van allí, porque les deprime y les resulte más sencillo dar la espalda a esa realidad dolorosa e inocultable. Después de las cinco de la tarde el Centro se cierra, en muchos sitios no hay energía, persisten la acumulación de escombros y, algo preocupante, la presencia de habitantes de calle y de personas consumiendo drogas.
En la discusión que se ha venido dando sobre los recursos que habrían de requerirse para superar la crisis, se dice que los mismos oscilan entre los 4 billones y los 10 billones, otros hablan de 30 billones; al fin al cabo, no sabemos cuánto vale dejar a Pereira como estaba o en mejores condiciones, luego de esta catástrofe, pero lo verdaderamente cierto es que las acciones dirigidas a esa asignación de recursos para la reconstrucción son muy lentas. Hoy el Fondo Milagro no está operativo, los gobernantes de la zona de la tragedia no tienen asiento en el mismo y no es claro de dónde saldrá la plata.
Lo crítico, lo inmediato, no es la reconstrucción, no es volver a levantar los edificios, ni las casas ni los centros comerciales, ni los edificios institucionales; eso vendrá después y tomará su tiempo. El bulevar del Egoyá no tiene que ser ya.
El problema más grave ahora son las demoliciones y la recolección de los escombros, puesto que la capacidad operativa del municipio a través de la Secretaría de Infraestructura es limitada y si nos preguntamos en cuánto tiempo haría el municipio, con recursos propios, todo lo que hay que hacer, la respuesta seguramente sería que nos tomaría un año o más.
Más allá de las intenciones muy loables de generar cuantiosos recursos para reconstruir la ciudad, lo más importante, antes de qué la ciudad se nos marchite del todo y quede sumida en el abandono, es demoler lo que haya que demoler y asear, porque, muchos turistas cuando les cuenten, probablemente con exageración, que el Centro de la ciudad está invivible, que huele mal, que es un basural, que no hay por donde andar y que es un foco de inseguridad, van a dejar de venir, y la anhelada reactivación económica no vendrá, o por lo menos tardará más de lo resistible.
Del gobierno nacional apreciamos el interés y la presencia frecuente del señor presidente, exaltamos las columnas elocuentes de nuestras más excelsas plumas y las vallas instaladas por los empresarios, que emocionan, pero no es suficiente, debemos alzar la voz al unísono, clara y contundente, en el sentido de que en Pereira hoy se necesita mucho más que discursos y mensajes bonitos.
