Padre Pacho

No se le puede considerar ni como un suicida, ni como quien buscara a cualquier precio su propia crucifixión; sin embargo, es claro que era consciente que su posición radical frente a la dignidad de los despreciados y marginados provocaría una reacción con final violento, de parte de quienes no les interesaba un cambio en las instituciones tanto políticas como religiosas de su tiempo.

Nunca aceptó el sufrimiento de los demás ni el suyo propio, pero el confrontarse con estructuras como las del imperio de Tiberio, la reacción frente al templo y el rompimiento de la ley del sábado con sus tradiciones religiosas, le llevarían a morir como un delincuente, como un criminal; un despreciable esclavo, escarnio para aquellos que se atrevieran a cuestionar un emporio religioso y político demasiado lucrativo para unos pocos.

Morir identificado con lo más despreciado de la sociedad, crea un desafío para quienes opten seguirle. Quien se comprometa con ese crucificado, no podrá convertirse en un espectador a espaldas del sufrimiento de tantos seres humanos que aumentan los cordones de miseria y de hambre en nuestras ciudades; en aquellos que viven desplazamientos forzados por una guerra desalmada; por aquellos seres humanos que nacen sin familia y en ambientes de violencia institucionalizada.

Seguir al crucificado es comprometernos con humanizar la vida; con colocar la verdad donde hay mentira, introducir la justicia donde hay crueldad con los débiles, en reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad frente a los que sufren; seguir al crucificado es identificarse con aquellos inocentes que cargan de manera injusta el peso de una humanidad egoísta, que ve al otro como un estorbo y no como un hermano.

Seguir al crucificado es compartir su destino; no como Judas que hizo una elección equivocada al traicionar a su mejor amigo, o como Pedro con una decisión calculada y razonada para negar a su Señor; ni como Poncio Pilato firmando su sentencia de muerte; o como los demás discípulos que le abandonaron en los momentos más radicales. Es una oportunidad para tomar parte en el drama de Jesús, nuestro drama, no como espectadores o turistas, promotores de un simple folclore religioso, sino como protagonistas vivos, donde nos jugamos la vida, con nuestras decisiones, solidarizándonos con todos los crucificados de la historia.

Estos días son una oportunidad para encontrarnos con el crucificado, eligiendo el rostro de aquellos que no tienen voz.

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