Por James Cifuentes Maldonado.
Producto quizás de la altisonancia y de lo pugnaz que fue la campaña política, con la cual se eligió al presidente de la República no estaba yo muy interesado en ver los actos de posesión y transmisión del mando este 7 de agosto, sin embargo defensor, de los valores democráticos y del rol que cada uno de los ciudadanos tiene en la vigencia y en el valor de sus instituciones, reconsideré y decidí ser parte como testigo directo de la historia, de los actos protocolarios que en esta ocasión no se hicieron en Bogotá, sino en la ciudad de Cali; mucha polémica tuvo esta decisión del entrante presidente de la Espriella, sin embargo, si lo pensamos bien, quizás lo que menos estaba de por medio era el tema de la tradición, y tal vez mucho más las facilidades de generar un nuevo escenario que no fuera el restringido y acartonado recinto del congreso; todos los que vimos la ceremonia, vimos cómo estaba especialmente acondicionado con todos los medios tecnológicos, con todo el telón de fondo, con toda la amplitud, para un show que no se hubiera podido hacer en el capitolio. No le botemos más corriente a eso.
Lamento que el presidente del Congreso haya dedicado los primeros 10 minutos de su intervención a hacer un balance de un país que yo francamente desconozco, describió una nación desolada, arrasada, devastada, prácticamente un país inviable, fracasado y destruido; de ahí la razón para que luego señalara que el país había que reconstruirlo y francamente eso no es consecuente con la realidad de un país que si bien tiene problemáticas, necesidades y muchas oportunidades, no es el escenario tan patético que le mostramos a la opinión pública internacional.
En relación con la generosa y amplia larguísima intervención de los representantes del denominado Comité interreligioso, pues debo decir que eso se veía venir, no sabemos si por la convicción del nuevo gobierno y sus integrantes, como una estrategia para seguir calando entre su fanaticada o si simplemente fue la forma para poder hacer el tiempo necesario para que el señor presidente se desplazara desde el teatro donde estaba hasta la guarnición militar, donde finalmente hizo la transmisión del mando de las fuerzas armadas y pronunció su primer discurso; qué pena con las delegaciones internacionales y con su majestad el Rey de España que tuvieron que verlo a través de una pantalla.
Sobre el acto de posesión del nuevo presidente, diré que lo visto en el Batallón Pichincha en Cali fue eso, solo un discurso, un discurso que pretendía ser de la unión, que no cumplió tal cometido, porque todas las frases dirigidas a decir que el nuevo presidente es el presidente de todos los colombianos, y que todos cabemos en él, no fue coherente con los gestos con las expresiones no verbales que todos vimos; se habló exageradamente del amor a la patria pero no del amor entre los colombianos.
Adenda. Del terremoto del lunes cuyo balance trágico no ha terminado, solo diré que irónica y dolorosamente ha sido el escenario que el destino le ha dado a Abelardo de la Espriella, para que demostrara que si podía gobernar para todos; tristemente, en este difícil momento, debo decir que no lo ha hecho mal y que las zonas afectadas han sentido su presencia y su respaldo.


