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domingo, junio 26, 2022

Ya no doblan las campanas

Es tendencia

El eje roto del alma

Todas las lágrimas

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José Fernando Ruiz Piedrahíta

Me quedé mirando la torre de la iglesia y recordé que cuando era un pequeño monaguillo tocaba las campanas anunciando la santa misa. Normalmente lo hacía en la misa de 7:00 a.m. o de 6:00 p.m. y llegaba una hora antes, porque la actividad de tocar las campanas era un verdadero rito. Si la misa era a las 6:00 p.m., el primer toque se hacía a las 5:15 p.m., el segundo a las 5:30 p.m. y el tercero a las 5:45 p.m. En el campanario había dos campanas, una de mayor tamaño con un sonido más grave, y la segunda, más pequeña, con una nota más alta. Se tocaba primero la campana menor ocho veces y luego la mayor, otras ocho; después, con el mismo número de “jalones”, se tocaban las dos campanas emitiendo un hermoso sonido que convocaba a la misa. La feligresía sabía cuál era el significado de cada toque de campana.  Por aquellos años nunca supe que algún vecino se molestara por el sonido y jamás en la parroquia donde servía de monaguillo, llegó alguna queja por el campanario. Hace ya algunos años me he dado cuenta que las campanas de las iglesias se han silenciado en la mayoría de los templos católicos de mi ciudad. Descubrí que una señora en Ibagué demandó a la parroquia de San Francisco de la capital musical de Colombia porque el toque de las campanas la molestaba, ya que vivía a dos cuadras de la iglesia. La demanda no prosperó debido a que descubrieron que la señora se iba a trabajar a la seis de la mañana, quince minutos antes del primer toque y regresaba en la tarde después del último toque de la misa vespertina; pero la verdadera razón de la demanda, era que la señora deseaba construir uno osario tipo panteón en el jardín de la casa cural para depositar allí los restos de sus familiares ya fallecidos, cosa que el párroco no apoyó, por lo que la dama la emprendió contra el párroco y por ende, contra las hermosas campanas del templo y ese, fue el inicio lento del acallamiento de los tañidos en las iglesias.

Han pasado los años y veo con nostalgia que muchas de las cosas sencillas que nos hacían felices y marcaban la vida de la comunidad, ya no están. Las nuevas generaciones en muchos casos, no reconocen las costumbres, además, cualquier actividad religiosa es sensible de ser sancionada, incluso, el simple hecho de que en un barrio exista una capilla, al parecer, por ofender a quienes no practican una u otra religión. Me tildarán de anticuado, pero siento que ahora todas las cosas ofenden. Así como las campanas se fueron callando por la intolerancia de quienes se ha sentido molestos por su sonido, la escuela también fue sacando la historia, la urbanidad ya no existe y si por ejemplo, se le llama la atención a alguien por decir una grosería en público o no saludar, se nos acusa de intervenir en el libre desarrollo de la personalidad. Lo que contaré a continuación parece un chiste, pero es real. 

Una tarde, en la que dictaba una charla de escritura creativa, dije que la historia de los espías se iniciaba con obras como Miguel Stroggof de Julio Verne, pasando por la creación del agente secreto James Bond, personaje creado por Ian Flemming y que este personaje había surgido en plena guerra fría. Entonces pregunté casualmente, si alguien sabía lo que había sido la guerra fría y un joven estudiante contestó que se llamaba así, porque en la segunda guerra mundial, los soldados de Hitler habían muerto a causa del frío invernal. Me quedé asombrado y esperé a que por lo menos alguien se riera, pues como dije, parecía un chiste… pero nadie se rio, todos se quedaron tan impávidos, que sospeché que ninguno sabía la respuesta. Luego, en otro grupo, pregunté si alguien sabía por qué en Colombia existían dos departamentos con el mismo nombre: Santander del sur y Santander del norte, y descubrí que nadie sabía nada acerca del tema, ni del General Santander, ni que de su apellido provenían los nombres de los departamentos. 

Por supuesto, que hoy también se desconoce el nombre de quien podría decirse, fue uno de los abanderados más grandes de las normas de urbanidad; se trata de don Manuel Antonio Carreño, el hombre que se atrevió a escribir un manual de comportamiento moral, social y espiritual para que los seres humanos viviéramos en armonía y con respeto; para convivir en la casa, en la calle, la oficina, el templo y en las diferentes situaciones de la vida. Digamos que sí, que la vida moderna nos ha llevado a ser diferentes, que los cánones morales y de comportamiento han cambiado, que hoy casi todo se vale y que muchas de las reglas de cortesía han desaparecido; pero insisto en que ser corteses no cuesta nada y un “buenos días” se constituye en el mínimo acto de civilización. A veces, cuando iniciaba mis talleres de escritura o lectura, entraban jovencitos que iban directo a la silla sin mirar siquiera quien era el profesor. Entonces yo decía: “Hola, buenas tardes” “Y algunos balbuceaban indiferentes un “buenas tardes” casi inaudible. 

¿No suenan las campanas…o será que ya no tienen por quién? 

Con nostalgia confieso, que quisiera escuchar nuevamente las campanas de la iglesia, que fuéramos más amables y que nos respetáramos tolerando la diferencia de pensamientos, creencias e ideologías políticas. 

“Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va”, es una frase que hace parte de la letra de la canción de Oswaldo Oropeza y que canta Néstor Zavarce; la escuchamos una vez al año cuando faltan cinco minutos para las doce y tal vez, es el único tañido de campanario que ahora podemos escuchar, y eso, que es por la radio. 

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Comunicador Social y Periodista Cultural.

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