Wadis Echeverri Correa: La Insurrección de la Palabra y el Guardián de la Memoria

Texto leído el 23 de abril de 2026 en el Encuentro de Escritores de Filadelfia Caldas. Apartes.

Ángel María Ocampo Cardona

Como diría Wadis, con esa mezcla de humor y lucidez que lo acompañó hasta el último día: Buen día, tarde.

Nos reunimos enhorabuena a rendirle homenaje a Wadis Echeverri Correa, el poeta, editor y caminante de la esperanza.

Hay vidas que no se cuentan: se revelan. Hay hombres que no pasan por el mundo: lo interpelan. Y hay poetas que no escriben versos: los encarnan.

Wadis Echeverri Correa pertenece a esa estirpe rara, casi mítica, de seres que no se conforman con habitar la realidad: la reimaginan. Hoy nos convoca su memoria, pero también su desafío. Porque hablar de Wadis no es un acto de nostalgia; es un acto de insurrección espiritual.

Permítanme regresar a un día que muchos llevamos tatuado en la memoria: 23 de abril de 1987, Filadelfia, Caldas. Primer Encuentro de Escritores “Danilo Cruz Vélez”.

El departamento vivía un renacer luminoso. Bajo el liderazgo del supieño Jorge Eliécer Zapata Bonilla y el filadelfeño Flobert Zapata Arias, Caldas se había convertido en un laboratorio de voces: cronistas, poetas, historiadores, soñadores. Era un hervidero de palabra viva.

Y en medio de ese coro apareció él: Wadis Echeverri Correa, como si hubiera escapado de una novela de realismo mágico o de una crónica de Indias corregida por la modernidad.

No llegó: irrumpió. No saludó: despertó. No se presentó: se manifestó. Desde ese día, muchos entendimos que la literatura no era solo un oficio: era una forma de habitar el mundo con dignidad.

Nacer en 1948: La fragua de un carácter

Wadis había nacido en esta población el 21 de marzo de 1948, el año en que Colombia se quebró por dentro. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán había abierto un ciclo de violencia que marcaría generaciones enteras. Los nacidos en ese tiempo crecieron escuchando relatos de incendios, huidas, silencios prudentes. Aprendieron que la vida podía cambiar de un día para otro y que la fortaleza interior no era un lujo, sino una necesidad.

En ese molde histórico se forjó Wadis. Pero —y aquí está su grandeza— donde su época ofrecía fractura, él eligió integridad. Donde reinaba la desconfianza, él sembró humanidad. Donde muchos crecieron con miedo, él cultivó una serenidad que no era pasividad, sino resistencia ética. Su sentido de justicia, su vocación por el diálogo, su palabra firme pero nunca hiriente, nacieron de esa generación que entendió que callar ante la injusticia también es una forma de violencia.

Wadis tenía un carácter juvenil, espontáneo, a veces impaciente. Era dueño de una personalidad directa, franca y valiente, con tendencia a iniciar proyectos, abrir caminos y actuar sin miedo. Poseía un espíritu competitivo, fuerte impulso vital, gusto por los retos, independencia marcada. Necesitaba sentir que decidía su propio rumbo. Por eso se definió a sí mismo como "obrero del arte". Su figura es icónica en el Eje Cafetero por su estilo bohemio y su activismo cultural. Ha sido inmortalizado con los títulos de "Comandante de los Alzados en Almas", "Poeta Jardinero" y "Comandante Wadiseo".

El Comandante Carrapas: La estética de la libertad

Wadis no caminaba: habitaba el espacio. Con sus botas de combatiente de la paz, su sombrero de caminante, su cayado o báculo de pastoriles liderazgos y esa flor que brotaba de su bolsillo como un desafío a la rigidez del mundo, nos enseñó que la identidad es una elección ética. Siempre se le veía con sombrero aguadeño, un clavel o heliconias en la mano y los bolsillos llenos de frutas y corozos para regalar.

Autonombrarse “Comandante de los Alzados en Almas” no era una excentricidad: era un manifiesto. En un país que se desangraba entre guerrillas y ejércitos, él propuso una tercera vía: la insurgencia de la sensibilidad. Su cuartel general era el Jardín de los Carrapas, un territorio donde los instrumentos musicales reposaban como animales domésticos y las flores colgaban de las vigas coloniales como si quisieran escuchar los versos que allí se gestaban. Allí, Wadis convirtió la poesía en un acto de resistencia cotidiana.

El Nombre del Padre y la Ley: "El Comandante de Alzados en Almas”. Wadis realiza una operación psíquica de reapropiación de la autoridad. Al autonombrarse "Comandante", Wadis no busca ejercer el poder coercitivo (la Ley del Padre autoritaria y violenta que marcaba a Colombia), sino que crea una "Ley de la 3 Sensibilidad". Su báculo y su sombrero son objetos fetiches (en el sentido positivo), insignias que le otorgan una identidad sólida frente al caos exterior. Él no es una víctima de la historia; es un actor que dicta su propia norma ética: la insurgencia del alma.

Su vocación de Gestor Cultural, consagrada con su obra fundadora de la Casa de la Cultura "Danilo Cruz Vélez" en Filadelfia y de la Corporación Hijos de la Tierra en Manizales, era una aptitud que llevaba a la práctica con estrategias de animación espontáneas pero insoslayables. La Cabalgata de Caballitos de Palo que Wadis lideraba en Filadelfia con desfiles en los que niños y adultos montaban caballos de madera o escobas, era una forma muy particular de invitar a la gente a "recuperar la infancia" y la lúdica frente a la violencia del mundo.

El programa «Poesía en la Calle&quot

Wadis fue uno de los principales promotores en Caldas de las iniciativas nacionales de la Casa de Poesía Silva. Bajo el liderazgo de María Mercedes Carranza (directora histórica de la Casa), Wadis replicó en Manizales y Filadelfia eventos de lectura masiva. Su estilo "callejero" y popular encajaba perfectamente con la misión de la Casa de sacar los versos de las bibliotecas y llevarlos a las plazas públicas.

Wadis participó activamente en una de las campañas más icónicas de la Casa de Poesía Silva: la jornada nacional Descanse en paz la guerra, realizada en 2003.

En Caldas, Wadis lideró la lectura de poemas en espacios públicos como un acto de resistencia civil. Su poema épico Antigénesis fue distribuido y leído en estos contextos, alineándose con el mensaje de paz que la Casa Silva promovía a nivel país.

Wadis sentía una profunda admiración por Silva. En sus tertulias y desfiles de "Alzados en Almas", solía declamar el Nocturno III, pero con su toque personal: a veces lo hacía rodeado de niños con caballitos de palo o en medio de la naturaleza, rompiendo la rigidez académica que a veces rodeaba la figura de Silva.

El milagro del “Correo de los Carrapas”

Durante 35 años, Wadis realizó una hazaña editorial que hoy parece imposible: 111 ediciones escritas a mano, con la caligrafía del afecto. El Correo de los Carrapas no era una revista: era un objeto de culto, un gesto de rebeldía cultural, un manifiesto artesanal contra la prisa del mundo. En sus páginas convivían Maruja Vieira, Meira Delmar y Juan Manuel Roca con los poetas anónimos de pueblos, caseríos y veredas.

Wadis demostró que para ser universal basta con ser profundamente local. Su obra editorial fue un acto de amor por la palabra y por la comunidad.

La revista de Wadis, Correo de los Carrapas, servía como vehículo de difusión para los boletines y concursos de la Casa Silva. A su vez, la Casa de Poesía Silva enviaba material bibliográfico y pedagógico a la Casa de la Cultura de Filadelfia, gracias a la gestión directa de Wadis. Él se veía a sí mismo como un "corresponsal del espíritu" de la Casa Silva en el Viejo Caldas.

La Caligrafía fue para él, un Lazo con el Otro. El hecho de escribir 111 ediciones del Correo de los Carrapas a mano es un rasgo analítico profundo. En primera instancia, el registro de lo escrito: Para Wadis, el acto físico de escribir no es solo comunicación; es un gesto de amor. La caligrafía es la huella del cuerpo en el papel. En un mundo que se despersonaliza, él insiste en la "presencia" del sujeto a través del trazo.

En segundo lugar, el "Jardín de los Carrapas" como Útero Simbólico. Es un espacio que funciona como refugio psíquico, un lugar de retorno a lo primordial, donde la música y las flores protegen contra la pulsión de muerte que reina afuera.

La herida que no cierra: El Palacio de Justicia

Pero detrás del poeta festivo, del caminante de utopías, habitaba una herida que Colombia no ha sabido cerrar.

La desaparición de su hermano, el magistrado Jorge Alberto Echeverri Correa, en el holocausto del Palacio de Justicia en 1985, marcó un antes y un después en su vida.

Cuando los restos entregados resultaron no ser los de su hermano, Wadis no se hundió en el odio: se alzó en memoria.

Su pregunta —“¿Dónde está mi hermano?”— no era solo suya. Era la pregunta de un país entero buscando a sus hijos entre los escombros de la historia.

Su risa, desde entonces, se volvió una herramienta de justicia. Su poesía, un acto de reparación simbólica. Su vida, un testimonio de dignidad frente al horror.

El vuelo del alzado

Wadis no fue un hombre doméstico. Fue un jardinero de utopías, un sembrador de asombros. El Humor en Wadis fue un mecanismo de Defensa. el humor es el mecanismo de defensa más elevado. Es una forma de negación creativa. Al jugar con el tiempo y el lenguaje, Wadis le quitaba poder a la rigidez de la realidad. El humor le permitía «despertar» a los demás, rompiendo la inercia del dolor.

Publicó Antigénesis, Poemas con gatillo y Helicoidal, dejando en el papel rastros de su alma trashumante.

Se fue un diciembre, cuando el año estaba cansado. Pero no se apagó: se mudó al aire.

Hoy, cuando el sol cae sobre las montañas de Filadelfia, podemos escucharlo de nuevo, con su cayado golpeando suavemente el suelo de la historia, diciéndonos:

“Buen día, tarde. Sigan escribiendo. La poesía es lo único que nos salvará del olvido.”

Honrar a Wadis no es recordar lo que fue, sino continuar lo que inició: la insurrección de la palabra, la defensa de la memoria, la celebración de la vida como un acto de resistencia ética.

Wadis no murió: se convirtió en territorio. Y mientras sigamos nombrándolo, seguirá caminando con nosotros.

Perfil literario y rasgos distintivos

La obra de Wadis Echeverri se caracteriza por una escritura híbrida, donde conviven la crónica, el poema épico y la sátira. Su voz transita entre la denuncia, la introspección y la experimentación formal, construyendo un corpus que dialoga con la historia, la violencia, la identidad y la memoria cultural.

Antigénesis fue su poema épico-satírico más relevante. Escrito como una protesta frontal contra la guerra, combina ironía, tono profético y una estructura que subvierte los relatos fundacionales. Es la obra donde su voz crítica alcanza mayor contundencia.

Poemas con Gatillo es otra obra suya, libro de fuerte carga social y contestataria. Aquí la poesía se convierte en un arma simbólica: directa, punzante, comprometida con la denuncia de las injusticias y la visibilización de las violencias cotidianas.

Amar y Yo es su faceta más íntima y lírica. Explora el amor, la subjetividad y la vulnerabilidad desde un lenguaje más depurado y emocional. Es el contrapeso humano y sensible frente a su obra más política.

Helicoidal es una apuesta experimental donde juega con la forma, la estructura y la ruptura del discurso tradicional. Es una obra que evidencia su interés por expandir los límites del poema y la crónica.

En conjunto, la producción literaria de Wadis Echeverri lo revela como un autor que no se conforma con un solo género, sino que los mezcla para crear una voz 6 propia: crítica, lúcida, irreverente y profundamente humana. Su obra es, al mismo tiempo, testimonio, protesta, juego y memoria.

En 2017 recibió el premio "Vida y Obra" del Programa Departamental de Estímulos a la Cultura de la Gobernación de Caldas. También fue nominado al Premio Nacional de Paz.

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