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jueves, agosto 18, 2022

‘Uno y veinte’, cuentos para mitigar el horror y la desazón

Ricardo Rondón Chamorro

En Uno y Veinte, el libro de cuentos del periodista, docente y escritor Eduardo Yáñez Canal, el mágico ovillo de cuero, como en El Hilo de Ariadna del teatrero mayor Enrique Vargas -fundador y director del Teatro de los Sentidos-, se vuelve ave de luz, rasga el firmamento con su vuelo trepidante en un viaje por las veredas de la memoria y los sentidos, y ubica al lector frente al fascinante universo de ese relato que lleva impresa la terna narrativa que cita Manguel: verdad poética, estilo, y brevedad: lo bueno, si es breve, dos veces bueno, como reza el aforismo.

Hace remotas lunas que Eduardo Yáñez venía urdiendo este libro de cuentos. De mucho antes de aprender mecanografía en un manual de la Remington que rescató de un arrumaco de anaqueles de la Librería El Dinosaurio. De mucho antes que se hiciera reportero de policía en el periódico El Espacio, el mismo en el que se inició como articulista de humor, y donde hizo sus pinos de literato escribiendo novelas por entregas (a lo Corín Tellado en la revista Vanidades), en medio del afanoso tableteo de las máquinas de escribir, de las asfixiantes nubes de nicotina de redactores neuróticos, y de la mirada inquisitiva de un jefe de redacción con tics de enfermero de hospicio psiquiátrico.  

Pero más distante, cuando vendía puerta a puerta enciclopedias del Círculo de Lectores, y suscripciones de las revistas Nueva Frontera y Alternativa, y los fines de semana redondeaba su salario como silbato de torneos universitarios de fútbol y baloncesto, y de regreso a casa devoraba hasta que despuntaba el alba los libros de Enrique Jardiel Poncela, Pablo Tusset, Ramón Gómez de la Serna, Alfredo Iriarte, Lucas Caballero Klim, y su alter ego Daniel Samper Pizano.

Tanguedia

Uno y Veinte es una suerte de tanguedia con el compás rioplatense del dos por cuatro, de las historias crudas y curdas eternizadas en la antología de la melodía de arrabal, de las tragedias imborrables de perdedores, olvidados, descarriados; los amorosos y memoriosos irresponsables de la infancia y la adolescencia, con el humor y el hervor hormonal de aquellos que de la noche a la mañana sueñan la gloria sobre el galápago de una bicicleta escalando con la lengua afuera los Pirineos, o se ensimisman en tocar el cielo de La Bombonera, del Santiago Bernabéu o del Giuseppe Meaza.

Con esa atmosfera de barriada, de esquina milonguera, de olor a panadería y a pasto recién podado de los antejardines de la Cúcuta de sus amores, los cuentos de Yáñez Canal tienen color local y partitura, alta temperatura y ciertos guiños narrativos de la obra del escritor argentino Eduardo Sacheri, el mismo de La pregunta de sus ojos.

“Cuando leí los primeros escritos de Eduardo, en gentil envío a Imágenes, nuestro semanario cultural de La Opinión de Cúcuta, los consideré apropiados para cultivar en el periódico un interés permanente por esa clase de relatos. A medida que los iba recibiendo, constataba los principios indispensables para constituir una literatura de la acción centrada en los sucesos que ocurren en espacios y tiempos, tan limitados, como la extensión de la mirada sobre una página que debe contener el alma del escritor dentro de sí misma, la pasión suficiente para construir historias que dejen huella”, confirma el filósofo, ingeniero civil y docente cucuteño Juan Pabón Hernández.

Así, por entregas, con el imprescindible aroma dominguero del chocolate y las hallacas, y la costumbre inevitable de hojear el periódico a primera mañana y en pijama, fue echando raíces Uno y Veinte, veinte cuentos y un prólogo, título que el autor sugirió como tentativo al proponer a sus lectores una convocatoria que arroje en consenso el definitivo. (apreciado Eduardo, yo lo dejaría como está: con esa impronta popular que sugieren los mercaderes de remates, o a la inversa, la veintiuna, el divertimento de la esférica que nos dejó marcados para siempre cuando éramos unos piernipelados).

 

 

 

 

Cuentos

Guerra y paz, El campeón, C’ est la vie, Volver a casa, La promesa del arquero, Diario de clase (1 y 2), Fuenzalida, el olvidadizo; Usted no sabe quién soy yo, El mejor amigo, La última jugada,  los microrrelatos de El placer de la brevedad, Mamá volvió a vivir, El final del duelo, El tiempo del hielo, La canción del pajarito, Jonás, el del aterciopelado brazo; Caperuza multicolor, El amor de su vida y Ataque en la cuerda floja, hacen parte de esta veintena (o de esta veintiuna)  de cuentos, de bellos y breves cuadros humanos, quizás espejos en los que observamos nuestras almas, escritos en un lenguaje ameno, coloquial, como el del amigo que con el pretexto de invitarnos a una cerveza, nos revela emocionado la conquista de la hembra más codiciada del barrio, o al borde del precipicio y con las pupilas encharcadas, sus frustraciones con ella.

En Uno y veinte, Yáñez Canal pone el balón en la mitad del campo de juego, y nos propone un picadito con el extraordinario registro de sus imaginerías y nostalgias, porque del autor hay mucho en este audaz inventario cuando  se calza de Quijote y de Odiseo, presto a salvar las naves en llamas de los derrotados en sus gestas imposibles, a contracorriente y con la absoluta convicción de que solo el arte, en su caso, la creación, el pulso narrativo, nos salva, nos sana y nos purifica de la debacle.

Que lo diga Eduardo, Quijote de leguas, que jamás, en los más de treinta años que tengo la fortuna de conocerlo, lo he visto descompuesto o en actitud hostil. Por el contrario: siempre con la palma en alto dispuesta al saludo efusivo, cómplice de una sonrisa mezcla de bondad y de ternura, o la carcajada de celebración de la anécdota, el chispazo y el gracejo oportunos, insumos de su buena vibra por encima de las vicisitudes y los derrotes de salud, como la diabetes mellitus con la que viene batallando hace dos décadas con armadura de templario.

Ahí lo veo otra vez al Jefe, como de costumbre, con la figura espigada, erguida, y su acompasada marcha de hidalgo, doblando la cuadra del viejo barrio con un cartapacio de novedades literarias bajo el brazo, entre ellas su libro de cuentos Uno y veinte (2020), publicado por el sello Autores Editores, La marcha de los 80 (1984), A calzón quitao (1989), las biografías La vida de Enrique Barbosa Chita y De mi puño y letra: Bertha Irma Gómez (2020), y uno inédito, La historia del baloncesto en Colombia, flameando la palma como un pitcher de los Yankees, expedita al saludo franco de la amistad, embargado por la emoción de compartir su nuevo logro literario.

Docente

Yáñez Canal, el docente de mil batallas, el agudo reportero, el trashumante, el altruista, el romántico de la palma extendida que goza a sus anchas los asuntos sencillos de la vida, el valor de la legítima amistad, y la virtud de la palabra.

Abran cancha, es una expresión argentina que en la camaradería de los compadritos de bulines y cafetines, y en tono imperativo, significa dar espacio, abrirle el paso a algo o a alguien, aplaudir su llegada. Abran cancha también es un precioso tango del célebre bandoneonista bonaerense Rodolfo Mederos, en su mejor versión con la Academia Tango Club, y valga la acotación hacer buen uso de ella para darle la bienvenida a este puñado de cuentos de Yáñez Canal, relatos que brotan rumorosos del fuelle de sus entrañas, y compartirlos como inspira participar el disfrute de los buenos libros, y el entretenido y saludable aporte que representa para nuestras vidas, justo en estas fechas infectas, temerarias y desoladoras del implacable coronabicho.

Por favor Abran cancha, que el Jefe Yáñez pide pista…

La promesa del arquero (introito)

El lunes veían la tabla de posiciones en el periódico. Luego, en el colegio, comentaban la jugada del Marciano Miloc, la viveza de Zapirain y la capacidad de driblar de Walter Gómez. O el olfato goleador de Omar Totogol Verdún, Walter Sossa y Hugo Horacio Lóndero. También la alineación del Cúcuta, único zoológico del fútbol colombiano: Palomo Ramírez, Mico Santander, Burrito González, Culebro Rojas y Chita Gómez.

El placer de la brevedad

El bus que le asignaron a Jacinto Rátiva estaba hecho un asco: latas oxidadas, espejos rayados, la caja chillando y la cabrilla temblando. Por fortuna ya terminaba ruta en un barrio al sur de la ciudad. Pero, al aplicar los frenos, el vehículo se lanzó cuesta abajo. No pudo hacer nada. El estruendo de latas, maderas y ladrillos reveló que el bus entró a la sala. Gritos e insultos de pasajeros, ocupantes y vecinos le indicaron que no había muertos ni heridos. Al otro día, un periódico tituló: “¡Toc, toc…no abra, puede ser un bus!”.

Súplica

La mujer no descansó. Puso avisos en los postes, llamó a las emisoras, comunicó en los diarios. Chapulín, su perro, se había perdido en la Avenida Cero. Era dócil, juguetón y no hacía daño a nadie. En los mensajes la mujer decía: por favor, se los suplico, solo es un perro salchicha… ¡no se lo vayan a comer!

Un triunfo pírrico

Es mi primer día. Son 38 estudiantes del 606 y ninguno me hace caso. Intento llamarles la atención golpeando el escritorio o esforzándome con gritos. Al final, cuando me levanto y los miro dejan las peleas y las carreras dentro y fuera del salón. Trago saliva e intento una lluvia de ideas para que definan el significado de la palabra ética. Uno que otro se anima a decir cualquier cosa, mientras pienso en cómo voy a salir del salón sano y salvo.

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