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martes, agosto 16, 2022

Una novela para indigestar al león

Jáiber Ladino Guapacha

El 2021 ha sido un año fecundo para la novela en Risaralda. Para propiciar el conocimiento a quienes están dedicados tanto a la lectura como la escritura de este género, comparto esta reseña sobre la novedad impresa en diciembre y que circula desde este enero: Fronteras invisibles, obra ganadora del Premio Departamental de Novela Bernardo Arias Trujillo, promovido por la Secretaría de Deporte, Recreación y Cultura de la Gobernación de Risaralda.

No nos habíamos repuesto de los embates de Silicona, la novela con que Jaime Andrés Ballesteros resultó ganador en el concurso Los Fundadores (Klepsidra editores, 2019), cuando fue anunciado como el finalista escogido por los jurados Gloria Susana Esquivel, Rigoberto Gil Montoya y Gonzalo Mallarino.

Este segundo reconocimiento del discreto profesor, es motivo de celebración para los que hemos ponderado su narrativa. Dos dispositivos tan distintos, como Silicona y Fronteras invisibles, habla de un mundo creativo en ebullición permanente.

Territorialidades

El título, primer índice que se lee, evoca el término acuñado para designar las territorialidades que se asignan las pandillas en reemplazo de las autoridades legales. En Ballesteros, el problema no se presenta entre sectores de un mismo barrio o barrios de una misma comuna, sino que se traslada a las márgenes entre lo rural y lo urbano, una ciudad que crece y devora la ruralidad que la circunda. José Luis Romero en Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1999), advertía que aquello que consideramos modernidad no es necesariamente la ruptura con lo anterior, lo viejo, lo pasado, “la formación de nuestras comunidades urbanas se ha producido no tanto por la industrialización del campo como por ruralización de la ciudad”.

La frontera en Ballesteros puede verse en tres niveles: como la construcción literaria de un territorio, los límites al interior del género narrativo y la determinación de los propios personajes. Es decir, esta novela no sólo cuenta la tensión entre el barrio El Sereno y la vereda Mundo Nuevo, sino que también los capítulos de la novela resultan un collage en el que distintos tipos de texto se fusionan para dar cohesión a la intriga que nos mantiene atentos. Por ejemplo, los textos periodísticos.

En el Sereno

La trama comienza con el macabro hallazgo del cuerpo sin vida del joven estudiante John Edwar Contreras, en las canchas del Sereno. A partir de ese momento crece la tensión entre un periodismo acartonado y sensacionalista versus un periodismo independiente, comunitario. La prosa se convierte en celebración de la historieta, el as bajo la manga, la trampa contundente cuando las palabras han sido desgastadas. Diálogos, informes, crónicas, noticias, cómic difuminan sus propias fronteras como ingredientes de la novela.

Una tercera frontera que se pone en jaque es la del género humano. Para explicar mejor esta última, trazaré una breve línea de sucesos en la que apretujaré Fronteras invisibles sin pretensiones de totalidad.

Desde la primera línea nos queda claro el problema de alcoholismo del profesor Leandro Rocca: “El enamoramiento entre la etiqueta de whisky y los ojos color pardo del nuevo e improvisado rector del pequeño colegio del barrio El Sereno, se rompió ante el abrupto sonido generado por el cierre sin cuidado del cajón metálico del archivador”. Este profesor universitario complementa sus ingresos con clases en un colegio público del que se convierte en rector ante el hallazgo del cuerpo mutilado del estudiante Contreras. A lo largo de dos meses, según el orden de los capítulos propuesto por el autor, Rocca no sólo tendrá que superar los equívocos sobre el desempeño que como rector suscita, sino también la amistad, o esa forma de proteger la vida del alemán Micha o de la joven universitaria Alejandra.

@JaiberLadino

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