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sábado, julio 2, 2022

Un viaje a Egipto

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Óscar Aguirre

La historia de este viaje comenzó el 24 de diciembre del año pasado, cuando mi hija Ana María me obsequió un bello libro ilustrado sobre el antiguo Egipto, acompañado de una postal que hizo su prima, donde decía: “¡Papá, nos vamos para Egipto!”. Aún sin entender lo que veían mis ojos, lloré de la emoción.

A medida que fueron pasando los días, Ana María se ocupó de todo lo concerniente al viaje. Y el tiempo transcurrió… El día 24 de marzo de este año empezó la odisea. Llegamos a Bogotá y de allí salimos para Madrid, en un vuelo que duró 10 horas, gran parte de éstas sobre el mar. La mayoría del trayecto transcurrió en una calma sorprendente: el tiempo parecía no existir, pero cruzábamos el Atlántico casi a 900 kilómetros por hora. De Madrid seguimos a Atenas, y de allí hacia El Cairo, adonde llegamos el sábado 26, a la i.50 de la mañana. La tierra de los antiguos faraones nos esperaba, junto al esplendor de unos monumentos, cuya descripción es casi imposible por el pasado y las maravillas que encierran. Nos alojamos en el Hotel Oasis, un hotel grande y de lujo, como los demás en que nos hospedamos durante la travesía del tour.

TEATRO DE LA ÓPERA DE EL CAIRO

Hacia las 6 de la tarde, abordamos un taxi rumbo al Teatro de la ópera de El Cairo, para asistir a un concierto sinfónico. Allí nos tomamos las primeras fotografías interesantes de Egipto. Cuando entramos Anita y yo a la sala, me parecía increíble que estuviéramos ahí, como sucedió en toda la semana que duró nuestra estadía en Egipto. Ansioso por ver el programa, por fin lo tuve en mis manos. El concierto estuvo a cargo de la Orquesta Sinfónica de El Cairo, a la cual antes sólo había visto en You Tube, dirigida por Lisa Xanthopoulou, dirigiendo la Marcha Egipcia, de Strauss, cuando ni siquiera en sueños imaginaba yo que un día iría a Egipto. En esta ocasión dirigía el maestro egipcio Ahmed El Saedi. Tres obras integraban el concierto: la sinfonía Nº 27 de Mozart; Tres epitafios para alto y orquesta, compuestas por el director y Matías el pintor, de Hindemith. Debo confesar que la sinfonía de Mozart nunca la había escuchado, a pesar de tenerla en mi discoteca. Me deslumbró su segundo movimiento, pues era una música nueva para mí. Tal vez la sensación de encontrarme donde estaba, el ambiente mismo ante la certidumbre de que al día siguiente, domingo, conoceríamos las pirámides y la Esfinge, en el valle de Guiza, a solo 20 minutos de El Cairo, hicieron que la música me sonara celestial. Porque así fue. La segunda obra, Tres epitafios para alto y orquesta, compuesta, como dije antes, por el director, tres canciones muy breves, de gran factura y belleza, me impactaron. El poema sinfónico de Hindemith, que hacía mucho tiempo no escuchaba, fue otra revelación. El poder de la música es enorme y más cuando nuestro ser se halla atento a cosas nuevas.

El actual Teatro de la Ópera de El Cairo forma parte del Centro Nacional de Cultura de Egipto. Fue inaugurado el 10 de octubre de 1988. Se edificó con una donación del gobierno de Japón, como resultado de una visita que el presidente de entonces, Hosni Mubarak, hiciera a la nación nipona en 1983. La construcción comenzó en mayo de 1985 y duró tres años. El anterior Teatro Kheedividial, el más antiguo de toda África, inaugurado en 1869, se incendió en octubre de 1971. Allí se estrenó, el 24 de diciembre de 1871, la ópera Aida, de Verdi, para celebrar la apertura del Canal de Suez. Verdi no estuvo presente, pues le temía los viajes por el mar. En El libro Victrola de la ópera (1925) se lee: “Cuentan las crónicas que la magnificencia de la primera producción de la ópera Aida parece como si fuera un capítulo de Las mil y una noches. Se invirtió más de un millón de francos (de la época) en esta función, y, bajo la dirección de D’OPrmeville, se contrató un pequeño ejército de literatos, cronistas y artistas, a fin de que la función resultara una de las más brillantes desde todos los puntos de vista”. Hubo muchas más representaciones de la ópera. Hasta principios del siglo XX los turistas que iban a El Cairo, podían inspeccionar las decoraciones y el vestuario que se usaron en la primera representación de Aida. “Se cuenta que hasta las bailarinas contratadas eran las más hermosas que pudieron conseguirse en cualquier parte del mundo”. Aunque poco se sabe de la antigua música egipcia, Verdi supo crear una obra maestra monumental. Aida se representó nuevamente, al pie de las pirámides, en 1912

MÚSICA EN EL ANTIGUO EGIPTO

La música en el antiguo Egipto ocupó un lugar importante en la sociedad, a pesar de ser desconocida en su esencia. Dice la historia especializada que la música egipcia se presentó hacia el cuarto milenio antes de nuestra era. Agrega ésta que “llegó a ser un arte sumamente elaborado y complejo, muy avanzado en relación a otras civilizaciones de edad semejante”. Una de las dificultades para conocer dicha música se debe a la no existencia de textos explicativos sobre el tema. De acuerdo a Musicalia (vol. 2), La primera representación de un instrumento musical egipcio ha sido hallada en una placa de exquisito esculpido del año 3500 a. C. Allí figuran unas danzarinas tocando el seba, instrumento semejante a la flauta. Finaliza el texto relativo a la música egipcia de ha ce milenios, diciendo: “Lo que está fuera de toda discusión es la importancia de la música en la sociedad egipcia, lo avanzado de su arte musical y de sus formas y estilos, sin los cuales no se podría hablar de una buena cantidad y variedad de inbstrumentos”.

EGIPTO, TEMA PARA LA GRAN MÚSICA

Egipto, por su carácter antiquísimo y misterioso, ha atraído la atención de diversos compositores. Mozart compuso su famosa ópera La flauta mágica, de carácter iniciático, en un Egipto atemporal e imaginario. La fuente original de La flauta mágica es una obra titulada Sethos, histoire ou vie tireé des monuments, anecdotes del ancienne Egypte, traduite d’ un manuscrit grec, publicado en París, en 1731, y escrita por Jean Terrasson, profesor de filología griega y latina, que llevó el espíritu egipcio antiguo a Europa. El filósofo y notable mineralogista Ignace von Born –autor de Los misterios egipcios-, era el venerable maestro de una logia a la que pertenecía Mozart. Ambos tuvieron mucha influencia en la creación de La flauta mágica. Von Born consideraba a los sacerdotes egipcios como los continuadores de una Tradición y como sus maestros. En tal sentido, emprendió investigaciones que transmitiría a Mozart. El libreto de La flauta mágica fue obra de Manuel Schikaneder, amigo masón de Mozart (Véase mi libro Eterno Mozart).

Otra obra inspirada y creada en Egipto es el concierto Nº 5 de Saint-Säens, Egipcio, de 1896, escrito durante una estadía de su autor en Luxor, en medio de una visita a El Cairo. Su exótica música, llena de reminiscencias, es una verdadera evocación de tierras lejanas y desconocidas, no sólo en el espacio sino en el tiempo. Su autor llegó a referirse al concierto como un viaje por el mar, pero fue creado quizá bajo la inspiración de noches de luna en la tierra de las pirámides. Música reflexiva y serena, evocadora en grado sumo, que muestra el escenario de un viaje por El Nilo, el Egipcio se torna vivaz en el tercer movimiento: una danza oriental idealizada que nos lleva a un país fantástico, cual es Egipto, que ahora tengo la fortuna de visitar.

Finalmente, cito el Ballet Egipcio, de Alexandre Luigini, la composición más conocida de este músico y la única que subsiste en las salas de concierto. Originalmente resaltó cuando se incluyó en el Acto II de la ópera Aida, para una representación en Lyon, en 1886. Después de esta breve reseña del Teatro de la Ópera de El Cairo y de alguna música nacida al calor de las tierras de Egipto y su rememoración, vuelvo a mi relato. A la salida del teatro, regresamos al hotel Oasis. Quedaban en el aire frío de la noche la vivida sensación del concierto y la expectativa de conocer el día siguiente, domingo, las pirámides y la Esfinge del valle de Guiza. Por momentos, experimentaba la impresión de que yo no era yo, sino una mera representación de mi yo auténtico. ¡Tanta era la emoción de hallarme allí, en compañía de mi hija, a quien, gracias a su voluntad y persistencia, había logrado un sueño: ¡el sueño de visitar a Egipto y de estar frente a frente con las pirámides!

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