Un cuento de Navidad*

Alfredo Cardona Tobón

Festones y campanillas adornaban el aeropuerto atestado de viajeros que se disponían a pasar la Navidad al lado de sus seres queridos. Caía la tarde cuando Andrés llegó a las oficinas de la aerolínea  con el abuelo Germán  y saludó a la tripulación que lo acompañaría en la larga travesía de Miami a Londres.

Andrés se despidió del viejo y lo vio alejarse con su porte distinguido, el cabello blanco y esa sonrisa de triunfo que siempre lo acompañaba. Don Germán cruzó la puerta de entrada y en ese fugaz momento Andrés recordó la pesca de sabaletas  en los riachuelos del Tatamá, las cabalgatas por los potreros a orillas del río Cauca, el “pegao” de la natilla, el pesebre y los cuentos de Tío Conejo donde el abuelo siempre figuraba como socio y camarada de aventuras como aquella vez que con el Tío Conejo se enfrentaron  al  rey de la selva o cuando viajaron al cielo y le ganaron una partida de tute a San Pedro y a Santa Teresa de Calcuta. En este 24 de diciembre don Germán no se disfrazó de Papá Noel ni  le contó un cuento a su nieta Martina; las  obligaciones laborales habían pospuesto la reunión familiar y esta vez la pequeña  no vería al abuelo.

 

 

 

 

 

 

Don Germán  se perdió entre la multitud, el  avión  calentó motores, hizo un largo recorrido por la pista de salida, tomó impulso y raudo se elevó hasta alcanzar las  nubes. Fue un viaje tranquilo, sin sobresaltos, con el Atlántico salpicado de islas que desde la altura se veían solitarias y minúsculas en medio de la inmensidad del  océano. El sol lentamente se perdió en el horizonte y en la penumbra de la aeronave los pasajeros empezaron a celebrar la Navidad con  una copa de champaña y una cena deliciosa  que rompieron la monotonía del viaje en esa noche decembrina.

Una ráfaga de viento hizo cimbrar el avión. La luna brillaba  mientras las estrellas  fugaces estallaban y se perdían en la oscuridad. Al filo de la medianoche un halo  apareció en el horizonte; así debió ser la estrella  que orientó a los reyes magos, pensó Andrés, quien en la soledad de la cabina y frente a los innumerables controles se sentía más solo que nunca, lejos de su esposa y  de su  hijita Martina .

Andrés vio un punto rojo que crecía en tanto se acercaba  y   pensó que era otro avión, pero el  copiloto  no detectó en el radar objeto alguno. El punto luminoso venía del norte y a los pocos minutos se emparejó con la aeronave

– ¿Estas viendo lo que yo?

– Si mi capitán-dijo el copiloto que se frotó los ojos pensando que era víctima de un sueño absurdo.

– Lo estoy viendo -agregó  el copiloto- pero si me preguntan diré que no he visto nada raro.

– Yo tampoco-  agregó Andrés- porque si contamos lo que vernos  nos internan en un manicomio.

El punto luminoso se había convertido en un motocarro  con placas de Amagá  manejado por  el abuelo  Germán con barba, carriel y sombrero aguadeño y asistido por el Tio Conejo vestido  con traje de luces, poncho y una cachucha de Atlético Nacional. Nada de Santa Claus y  trineos con renos, nada de villancicos,  era un dueto guapachoso con la música de “Dame tu mujer José” a todo taco. Se veía que habían remplazado a San Silvestre  y estaban de pachanga repartiendo regalos.

Los recién llegados prendieron y apagaron luces, hicieron sonar un pito para llamar la atención pero los pasajeros del avión no los veían ni oían. Al fin el abuelo y su compadre Tío Conejo se cansaron de hacer cabriolas y enfilaron el motocarro con rumbo a Suramérica.

 

 

 

 

 

 

 

Ni Andrés ni el copiloto modularon una palabra. ¿Qué había ocurrido? Averígüelo Vargas. Es  un misterio que Andrés jamás logró entender y no se tomó el trabajo de resolver. ¿Fue un sueño? ¿Fue la falta de oxígeno?

Ya en el hotel de Londres y sin reponerse del extraño encuentro Andrés recibió una llamada de su esposa. Terrible fue la noticia: El abuelo Germán  había muerto al regresar del aeropuerto, víctima de un infarto. Dicen que lo encontraron con su sonrisa, un  sombrero aguadeño y un vaso de whisky; cuentan también  que Martina amaneció con regalos que nadie le había llevado, entre ellos un  muñeco de trapo de Tío Conejo con poncho y una cachucha de Atlético Nacional. Extraños casos. Definitivamente fue una Navidad con  muchos interrogantes.

Sobra decir que el incidente del avión dio argumentos a Andrés para contarle a Martina varios cuentos de Tio Conejo, narraciones que ella adobaba con detalles de su propia cosecha como la lista de regalos que llevaban en el motocarro y el abuelo rifó entre los pasajeros del avión y el susto de la azafata al ver que el abuelo se levantaba de su asiento abría la puerta del avión  y flotando se montaba en el vehículo que condujo  a los tres amigos a lo largo y ancho de la galaxia.

*Historiayregion.blogspot.com.

Compartir