Tres rosas desteñidas…

Por: John Jairo Posada Castaño
Crónica Urbana especial para El Diario

Tuvimos tantas novias como serenatas. Un periodista soltero se gasta la plata en libros, cine y prospectos de esposas.
Laborando entonces en RCN Radio, y como corresponsal del Noticiero 24 Horas, se me ocurrió gastarme la quincena en una serenata para tres parejas.
Entre mis buenos amigos de aquella época estaban Carlos Alberto Cardona, quien fungía como corresponsal de la competencia —el Noticiero de las 7— y nuestro formidable y experimentado camarógrafo Miguel Castillo Sarmiento.
En el inolvidable “Páramo”, en la carrera séptima con calle 15 de Pereira, resbaló por nuestras sedientas gargantas de viernes a medianoche la botella de aguardiente, cancelada entre anécdotas y cuotas de risas entre colegas y músicos trasnochados.
Solo ese día supe, a ciencia cierta e inquebrantable verdad, que los guitarristas beben más que los periodistas; pero aunque ambos nos devoramos las horas etílicas, ellos tienen —eso sí— más plata “tarzán” en las medias que nosotros.
Dos guitarras y las maracas de una señora formaban el peculiar trío asignado para las horas de bohemia feliz del fin de semana. Los trescientos mil pesos acordados más los taxis cubrían tres rutas: dos en el barrio Centenario y la última en el barrio Ciudad Pereira, donde vivía doña Carmen con sus tres retoños.
Cuando, pasada la medianoche, lloraron las guitarras en la calle 23 bis con carrera 15 —ahí en la casita pintada de blanco que además tenía un “cuartito azul” en el que soñaba, suspiraba y leía mis servilletas llenas de poemas mi novia Luz Ángela—, tuvimos que esperar muy poco para que se encendiera la bombilla de su cuarto, señal inequívoca de que estaba disfrutando el bolero “Madrigal”.
De pronto, un sólido golpe en la puerta de la casa de al lado se escuchó con fuerza, y se nos vino encima un señor vecino muy corpulento, Emiliano Robledo, machete en mano, quien nos gritó sin piedad: “¡A mi madre nadie la despierta, carajo!” Rauda por la calle se vivió la escena de pavor: tres músicos, la misma cantidad de periodistas y dos taxistas huyeron a la mayor velocidad posible, con físico miedo durante unas dos cuadras, para evitar la tragedia musical de la noche.
La suegra
En la segunda ruta estaba la casa de Albita Giraldo, esposa de “Miguelito”. Comenzó la función acordada —seis boleros— y entonces el rolo enamorado pidió: “Cosas como tú”.
Habíamos acordado con el trío que en cada casa se interpretarían solo seis canciones. Pero con lo que no contábamos era con que a ese hogar había llegado de manera súbita, y precisamente esa noche, la suegra del enamorado de turno.
No fueron seis, sino diez, y luego cinco más, las cancioncitas que la antojada señora solicitó a los músicos, quienes, de paso, ya habían consumido la tercera botella de aguardiente. Por supuesto, nuestro presupuesto se estaba agotando.
Pero los bohemios felices no son borrachos resignados. Yo le suplicaba a mi amigo Miguelito que detuviera a los viejos músicos, porque no solo ya tenían callos en sus uñas de guitarristas consumados, sino que nuestro bolsillo estaba casi roto… y faltaba la última tanda en la tercera residencia.
“Es mi suegra, y pobrecita está antojadiza de música. En Tabio, Cundinamarca, donde ella vive, casi no hay serenateros, mi hermano”, exclamó sin piedad alguna.
Los dos taxistas también solicitaron de inmediato renegociar la tarifa del transporte: “Compañero, el amanecer aumenta la tarifa”.

Las arepas
Temprano “madrugó la madrugada” —parodiando a Joan Manuel Serrat— cuando llegamos a la última ruta bohemia de enamorados furtivos.
Fueron seis canciones precisas: abrimos con “Cosas como tú” y terminamos con “Adoración”.
Cuando los acordes de “Alma de mi alma” fueron reemplazados por el olor a carbón recién encendido y el de las arepas ardiendo en los improvisados fogones —sustento de tantas madres cabeza de hogar que se consumen en miles de hogares en las entrañables mañanas de los barrios pereiranos—, al despedir y cancelar a los músicos el aumento inesperado de la jornada, fueron seis las arepas con sobredosis de mantequilla las que se consumieron de ñapa.

Una jornada inolvidable, pero…
A esa hora, las tres rosas rojas compradas muy temprano —con amor de novios fugaces— para nuestras enamoradas de entonces, ya se habían desteñido en uno de los asientos traseros de los dos taxis.

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -