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domingo, abril 21, 2024

Transiciones y Transgresiones: Poemas rutinarios

En Transiciones y Transgresiones las creaturas saben de dónde vienen y para
donde van. Están aquí, tienen conciencia de un espacio finito que separa su
origen y su final.
Son sujetos en los que ocurren cambios; cambios que le dan forma y noción del
tiempo que los habita; porque el tiempo es una noción y los cambios son una
forma de manifestar su trascendencia. Esto confirma el ayer y el hoy que avanza
en su continuo cambio. Transiciones de la existencia, de la esencia, de la
conciencia y de la materialidad de la cual estamos hechos como un todo.
Este poemario del poeta caldense Carlos Arturo Arbelaez Cano, intenta explicar
ese sometimiento de la vida al paso ineluctable de los hechos que cambian lo
tangible, lo cuantitativo y también lo formal cualitativo, manteniendo la sustancia
de lo humano, sus miedos, sus tragedias y sus emociones. Es una especie de
búsqueda en el caos, donde los temores de existir, la aprehensión de un entorno
dinámico, su interpretación y comprensión a menudo no hacen parte de la crítica y
de la reflexión humana.

ELLA
Allá va ella a la deriva
por doquier derramando sus encantos
y el misterio que solo ella podía
descifrar con su danza de gacela.
Quien descifre esos pasos
accede al privilegio de sus ojos
y al destino final de sus asuntos
que son invitación a los delirios.
Así es ella urgiendo sus misterios
más diáfana que el vuelo de gaviotas
gravitando en el fragor del oleaje
entre cantos de piedras recorridas.

Es ella la que gira en arreboles
impulsando la piedra del molino
cuando el viento impone su destino
hasta alcanzar el fin de los abismos.
El ardoroso magma en su mirada
como fragua que forja mis quimeras
calcina con sus rumbos el estío
procurando tibieza en el reposo.
Los suspiros llamándome al regreso
a buscar mi refugio en su regazo;
turgencias y lisura, sus colinas,
me reclaman este paso final:
encuentro de mi propia redención.

LA CIUDAD
(Gonzalo Rojas)
La ciudad articula su rumia de protestas.
Que el silencio no deshonre su llanto.
Deja que ella disponga sus cadencias
al ritmo sideral de sus relatos.
Ella es sabia y conoce los senderos
para darle destino a su coraje.
La ciudad nuevamente, el escenario
de quienes hacen visible lo innegable,
las vidas que conviven, desahuciadas,
en callejas de enojos y desgracias.

La ciudad hecha de brillos y destellos,
corista o meretriz de las vitrinas,
caleidoscopio donde se hornea la ignominia,
lugar común de la “metamorfosis de lo mismo”.

SOLEDAD
Inquilino de mi propia soledad
el silencio me cobra sus ausencias.
Gime el torno de un alfarero
en su giro de paso de artesano.
La arcilla gesticula entre sus manos.
Una danza de formas se disputa
la ebriedad de un cáliz milenario.
Dan de beber los caldos fermentados
de una heredad disputada a la tierra
por ello maldecida en su sabiduría.
De un destierro abisal he regresado.
Huía de las ofensas y el martirio
del vuelo de los cuervos husmeando
el curso de la muerte en los meandros.
Acércame la lámpara para calmar insomnios,
abanícame el aire que circunda
mi respirar postrero en la agonía,
seca el sabor salado de mi frente
que se agota, no tanto de pensar,
si no de maldecir este arrepentimiento

de regreso al solar de mi partida.

OTRO GATO
Estos seres que inspiran la ternura
no dejan de ocultar delicadas fierezas.
Deambulan por entre los rincones y el silencio
rondando nuestro encierro y vigilando el clima;
van acechando el tránsito de los fantasmas.
En su vigilia – es un decir
pues no despegan los ojos del letargo –
vigilan implacables la levedad del ser.
Cada hallazgo en el sueño o la memoria
es motivo de alarma en el astuto.
Créanlo o no,
y por imperceptibles que parezcan,
los puede despertar el sobresalto
de una palabra porfiada en invadir
un lugar impensado en el poema.
A una pequeña brizna de inquietud:
yergue hirsutas orejas como antenas
capaces de rastrear nuestra tristeza
o una confusión fatal de la sintaxis.
No piden nada. Maúllan en mil tonalidades
o cabecean nuestros flancos a su antojo
para darnos raciones de ternura y afecto;
raciones, eso sí, escrupulosamente recontadas.
Y cuando no,

arquean su espinazo y aplastan las orejas
en recriminación por la ausencia del ritmo y de la métrica,
de un andar cadencioso que sedujo
los tedios vespertinos del reposo;
hoy vivimos la casa de los abandonados.
Ella se ha marchado, y él, más que yo,
le hace los desafíos a la desesperanza.
Retoza en paz exhibiendo su panza,
reclamándole al sol por la tardanza,
no calcula en su ingenio un abandono.
Se le acerca la noche en el crepúsculo
y es hora de intentar otro destino.

Carlos Arturo Arbeláez Cano (Colombia, 1953). Ingeniero y Geógrafo. Ha
publicado cuento, poesía y ensayos en revistas y periódicos desde 1980. Premio
Nacional de poesía, Casa poesía Silva, Colombia, 2022. Segundo puesto
Concurso caldense de cuento, 2021. Libros: Aconteceres y Nostalgias: poemas
extraviados, 2017. Resumen Total de la Melancolía: poemas en contravía, 2018.
Apuntes críticos sobre una Colombia desdibujada: ensayos callejeros, 2019.
Paisaje para funámbulos: poemas de la pandemia, 2020, Transiciones y
Transgresiones: poemas rutinarios, 2020. Hablan los muros: poema y resistencia,
2021. La Mecánica del Alma: poema en movimiento, 2022. Exilios: poemas del
desarraigo, 2023. Vive en Bogotá, Colombia, celular + 57 315649246, email:
induarcano@gmail.com

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