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lunes, febrero 6, 2023

Texto de Oscar Seidel, del libro antológico “Cuentos Capitales”

“Te he contado, alguna vez, ¿cuál es la definición de locura? La locura es hacer exactamente la misma cosa una y otra vez y esperar que algo cambie”. -Vaas Montenegro-

 

En 1931 el psiquiatra Siegfried E. Katz dio cuenta que los colores favoritos de la «locura» son el azul (dementia praecox) y el amarillo (maniaco-depresivos). Y al respecto, nos preguntamos si las ciudades producen locura. Es por eso que, en la Antología de «Cuentos Capitales» hicieron una recopilación de diferentes autores de Colombia, narrando la ciudad desde su mirada y la de sus personajes; relatos que también tienen un poco de azul y amarillo.

En la Antología «Cuentos Capitales» de Elipsis Editores de Medellín, compilados por Alfredo Madrid, +de agosto 2022, fueron seleccionados cinco cuentos del escritor tumaqueño Oscar Seidel: El submarino U-550 (Cali); El licor hace bailar (Pasto); El hombre que se hacía el dormido (Pereira); El catoblepas Almirón (Bogotá), y La mano perversa (Barranquilla).

El hombre que se hacía el dormido

El Rector de la Universidad Tecnológica de Pereira ha convocado a estudiantes y profesores a reunión urgente en el paraninfo del Alma Mater. Todos están asombrados por esta citación dado que no conocen el motivo. Algunos especulan que, debido a la crisis moral en la ciudad, tratará de obligarlos a comulgar en la iglesia María Claret los primeros viernes de cada mes; reclutará voluntarios para la legión Mariana del padre Pacho, o exigirá votar por el candidato del Opus Dei que se postuló por el departamento de Risaralda para el Congreso de la República. No están ni tibios, ya que el motivo de la reunión extraordinaria es anunciar que un estudiante apareció muerto en el bar El Tranvía de la zona del Parque El Lago.

En sus inicios, El Lago fue sede de ferias ganaderas, funcionó allí una escuela de natación, fue sede de juegos hípicos y de parques de diversiones. Está ubicado en las carreras 7 y 8, entre calles 24 y 25. Este parque es un pulmón dentro de la ciudad con senderos peatonales, fuente y chorros de colores, y establecimientos de comercio como bares y restaurantes. Los estudiantes de la Tecnológica lo convirtieron en el sitio de encuentro y diversión.

Desde que se encontraron en el primer semestre de Ingeniería, el gordo González, el flaco Sánchez, y el mudo Rodríguez, se hicieron grandes amigos. Los tres coincidieron en que eran porras para las matemáticas, malos para el deporte, y buenos para beber. De manera religiosa estudiaban fuerte durante la semana, y bebían como camellos sedientos todos los viernes por la tarde en El Lago. Al flaco Sánchez le pusieron el apodo de «perro de tienda», debido a su costumbre de dormirse en el suelo a la hora de pagar la cuenta. Fueron famosos los «conejos» que le metió al gordo y al mudo, quienes se acostumbraron a tener que compartir entre dos la cuenta de tres. Sin embargo, algunas veces que se despertaba, aportaba el lapicero para que sus amigos firmaran el vale de la bebida y comilona, y volvía a tirarse al piso.

 

 

 

 

Por aquel entonces, el flaco Sánchez los tenía maravillados con el argumento que todos en esta vida andamos dormidos, y que mal hacían sus dos compañeros de criticarlo y hacerle chanzas pesadas. Explicaba con buena lógica, que lo que se vive a diario es un sueño dentro de otro sueño; que siempre las personas se encuentran en un mundo intermedio entre el estar despiertos y dormidos. Dijo que él era un «soñador consciente» que debía pagar las cuentas, eso que los psicólogos llaman «soñador lúcido» pero que cuando despertaba adquiría conciencia de su calidad de soñante. El mudo Rodríguez que tenía un humor burlón y era aficionado a leer revistas comics, le respondió que él no era tan letrado, pero que también conocía la frase de Rico McPato que decía “soñar no cuesta nada”, y que de ahora en adelante o contribuía con el pago de la cuenta, o que se acababa la amistad. Estas palabras fueron una humillación para el flaco Sánchez, quien, para rescatar la confianza de sus dos amigos, les prometió que el próximo fin de semana él pagaría todas las cervezas y chuletas de cerdo que se comieran en el restaurante-bar.

Aquella noche, el flaco estaba dispuesto a cumplir con lo prometido, pero con la mala fortuna que en el restaurante-bar se había acabado la infaltable chuleta, y les tocó comer costillas de cerdo. Ya bastante alicorado y con una tos repentina, el flaco dijo a los amigos que iba al baño, que no se volaría del sitio, y que tranquilos que el pagaba todo. En vista que el flaco tardaba en regresar, los amigos fueron a buscarlo para que cumpliera con su palabra, y como otras veces, lo encontraron tirado en el suelo. Pero ahora, estaba dormido para siempre, porque el flaco Sánchez en su borrachera se había asfixiado con una huesuda costilla de cerdo, que le quedó atorada en la garganta.                                                                                                                                     

A la una de la mañana, el administrador del restaurante-bar, con paso solemne se dirigió a la mesa de los dos estudiantes, les sugirió que se fueran para sus casas antes que llegara la policía, y los comprometieran como testigos de aquella muerte. Dijo que le avisaría a la Universidad Tecnológica y al papá del difunto, y que les condonaba la deuda por esta dolorosa ocasión.                                                                                   

Los estudiantes aterrorizados, estaban más muertos que vivos. Al salir a la calle 26 con carrera 7, el mudo Rodríguez le recalcó al gordo González sobre el gran gesto del flaco Sánchez, que con su muerte hizo pagar la cuenta de lo que habían consumido.

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