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viernes, julio 1, 2022

Terezín, un pueblo que se aferra a la vida

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Javier Amaya *

Cuando vine a la República Checa la primera vez, admito que no podía reconocer el nombre del pueblo Terezín, ni tampoco ubicarlo en el mapa. Decidí de un día para otro ir a conocerlo e investigarlo hasta donde me fuera posible y la verdad fui sorprendido repetidas veces por su larga y tortuosa historia.

Está ubicado al norte de Praga a unos 45 minutos de la frontera con Alemania y cuando uno se acerca por la carretera, apenas se nota un pueblo europeo más en una especie de planicie a orillas del río Ohre. Tiene de particular que en su gran cementerio reposan 10 veces más fallecidos que sus habitantes vivos, calculados en unos 3.000. Terezín se forma como asentamiento permanente en el siglo XVIII cuando un noble de la dinastía Haugsburgo ordena levantar un enorme fuerte militar, que tarda unos 10 años en habilitarse y que nombra en honor de su madre María Teresa, luego simplificado a Terezín.

Durante la primera guerra mundial, la fortaleza fue la cárcel en confinamiento solitario del serbio bosnio Gavrilo Princip, asesino confeso del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que fue la chispa detonante del primer gran conflicto europeo. A Princip por razón de la edad en el momento de la sentencia, se le conmuta la pena de muerte a cambio de prisión que purga en Terezín hasta morir de tuberculosis. Su celda, la número uno, perfectamente identificada hasta hoy es pequeña, mal iluminada y debe ser espantosamente fría en el invierno.

La verdadera razón de la notoriedad de Terezín, es haber sido constituido como el primer gran campo de concentración de los nazis que ocupan la antigua Checoslovaquia desde 1940 hasta 1945, de lo que pudieron ser unos 1.200 campos de humillación y muerte a lo largo y ancho de toda Europa central y del este.

Theresienstadt (como lo denominan los alemanes) inicialmente fue diseñado como campo de paso y clasificación de víctimas del nazismo, como lo fueron alemanes opuestos a Hitler, judíos alemanes, checos y de otros países ocupados, luego llegarían prisioneros de guerra de Rusia y otras repúblicas soviéticas, homosexuales, gitanos, comunistas y otros clasificados como indeseables. En el pequeño pueblo adyacente se levanta un gueto y los nazis lo aprovechan como vitrina de propaganda para lavar su imagen con la Cruz Roja Internacional, que hizo más de una visita y donde solamente vieron personas dedicadas a la agricultura, jardinería, cerámica, zapatería, lectura, danzas, torneo de fútbol y hasta una sinfónica. De no ser por las estrellas de David cosidas a la ropa, se diría que se trataba de una enorme granja donde llegaron a transitar alrededor de 150.000 prisioneros. Lo que trataban de ocultar, es que de allí los transportaban en tren a campos de exterminio en otros lugares, donde muchas veces duraban vivos apenas unas horas antes de aplicarles gas sarín, fusilamiento, ahorcamiento y seguidamente convertidos en cenizas en sus hornos crematorios.

Hacia el final de la guerra las condiciones de hacinamiento, hambre y enfermedades del gueto de Terezín aunadas a las ejecuciones selectivas cobran la vida de unas 33.000 personas, cuyos restos descansan en un campo enorme, separados por una gigantesca estrella de David y una cruz, que sirven de recordatorio a los que murieron allí.

De los 14.000 niños que arribaron a Terezín se calcula que apenas 1.000 sobrevivieron al final de la guerra. Hoy día se pueden ver los hornos crematorios y la morgue donde los cuerpos se hurgaban para robarles el último vestigio de valor, desde el oro en sus piezas dentales hasta el pelo. También siguen allí las duchas desinfectantes para los recién llegados, luego de largos viajes en ferrocarril, tratados como ganado camino al matadero.

En los salones de los prisioneros, puedo hasta tocar los tablones de los camarotes improvisados donde los prisioneros pasaban hacinados día y noche con apenas una letrina para decenas y sin derecho al sol, al aire libre o a una ducha. Los mismos armatostes que se ven en las películas de la época en blanco y negro donde caras de personas amontonadas miran con resignación a las cámaras, sin adivinar su destino.

El Ejército Rojo liberó a Terezín en mayo de 1945 y lo devolvería al control checo, luego de pagar una alta cuota de 144.000 de sus soldados muertos en batalla por todo el país. El último comandante nazi de la fortaleza Karl Rahm, escapa cuando se quiebra la maquinaria militar alemana, para ser recapturado y seguidamente enjuiciado y fusilado por crímenes de guerra.

Por razones que no puedo explicar, hay abundante vegetación alrededor del fuerte militar pero se notan muy pocos pájaros y vida silvestre. Unas golondrinas prefieren hacer sus nidos dentro de los salones de techos altos del fuerte y entran y salen sin ser molestadas, ni encontrar competencia de otras aves.

Ahora en 2019, existen allí unos bien documentados museos del holocausto y las instalaciones del campo de concentración, donde todavía se lee en el arco principal la frase: Arbeit Macht Frei (El trabajo nos hace libres) que los artífices de las SS hicieron marcar en todos sus campos, sin advertirle a nadie que aunque hablaban de “trabajo” los prisioneros en verdad tenían condena de muerte. Hay unos pocos alojamientos y restaurantes en el pueblo de Terezín y da la impresión que no existen muchos atractivos turísticos, ni diversiones. Pero florecen unos cuantos negocios, hay manufactura, se cultiva, se va a la escuela y se ven unos pocos niños y 74 años de terminada la pesadilla la gente insiste en vivir aquí.

Viendo este escenario y comparando épocas y lugares, pienso que apenas mentes depravadas en Colombia quisieran irónicamente revivir en el mejor estilo nazi las ejecuciones de gente pobre, desclasada o sin empleo, cuando sembraron las ciudades y campos de cadáveres disfrazados de camuflado en lo que se llamaron los “falsos positivos”. Igual que los pobladores de Terezín que perseveran, los colombianos tenemos derecho a no volver atrás y apostarle a la vida.

Praga, 2019. www.javier-amaya.us

 

En los salones de los prisioneros, puedo hasta tocar los tablones de los camarotes improvisados donde los prisioneros pasaban hacinados día y noche con apenas una letrina para decenas y sin derecho al sol, al aire libre o a una ducha.

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