“Talentos”

Érase un árbol muy viejo que parecía haber sido tocado por el dedo de Dios porque siempre estaba lleno de frutos. Sus ramas, a pesar de sus muchos años, nunca se cansaban de dar frutos y era la delicia de todos los viajeros que por allí pasaban y se alimentaban de sus frutos.

Un día, un comerciante compró el terreno en que estaba el árbol y edificó una valla a su alrededor. Los viajeros le dijeron al nuevo dueño les dejara alimentarse de los frutos del árbol como siempre lo habían hecho. “Es mi árbol, es mi fruta. Yo lo compré con mi dinero”, les contestó. A los pocos días sucedió algo sorprendente. El árbol murió. ¿Qué causó esa muerte repentina? Cuando se deja de dar, se deja también de producir frutos y la muerte aparece inevitablemente. El árbol empezó a morir el día en que la valla empezó a subir. La valla fue la tierra que enterró el árbol.

El cuento de Jesús, llamado de los talentos, suena a juicio, a premio y castigo, a escándalo, a regreso del dueño. De los dos primeros empleados nos dice el evangelio que fueron “fieles en las cosas pequeñas” y el dueño les confió responsabilidades mayores y los asoció a su gozo. Fieles en la ausencia de su señor. “Fieles en las cosas pequeñas.”

 

 

 

 

 

 

¿Cuáles son esas cosas pequeñas? Sus posesiones, su hacienda, su dinero, las cosas materiales. Fueron fieles, arriesgados y multiplicaron el capital del dueño y fueron felicitados y recompensados. ¿Somos así nosotros? ¿Nos puede felicitar el señor por ser fieles en las cosas pequeñas? Ustedes saben que la sociedad premia sólo a los mejores, a los triunfadores: Nadie nos pide que seamos héroes, se nos pide sólo que seamos fieles en las cosas pequeñas.

¿Tienes inteligencia? Úsala. ¿Tienes fuerza? Úsala. ¿Tienes una familia? Quiérela. ¿Tienes un trabajo? Cumple bien. ¿Tienes hijos? Edúcalos. ¿Tienes fe? Celébrala. ¿Tienes una iglesia? Visítala.
Dios nos ha dejado la tierra, su hacienda, para que la recreemos, la hagamos más habitable, más humana, para que cuando él venga la encuentre más rica, más en orden, más en paz.

El que corre un gran riesgo es Dios que se fía de nosotros y nos confía el mundo. Dios nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con los talentos que nos ha dado. Y premiará a los que los han usado bien.
Atreverse y Actuar. En el cuento de Jesús hay un tercer empleado: el que cavó un hoyo y escondió el talento. ¿Se han fijado en la lluvia de críticas que recibe? El mayor reproche de todo el evangelio es para él.

Dios nos da a cada uno nuestro talento, nuestra vida, como don, como regalo, no para recuperarlo cuando El venga sino para entregarlo y ponerlo al servicio de los hermanos. Nosotros somos los de un solo talento.
“El que pierda su vida la ganará; el que ahorra su vida la perderá”. No enterrar. Sí atreverse. Sí actuar. Sí celebrar. ¿Cuándo vendrá el Señor a pedirnos cuentas? Siempre tengo que estar preparado para dar cuenta de mi administración.

La obra que Dios quiere que hagamos depende de nuestro único talento. Tiren las palas y dejen que crezca y sea útil su pequeño talento. No nos contentemos con ser buenos. Hay mucha gente buena por ahí, a nosotros se nos pide ser más buenos, ser mejores, ser santos.