Volver al núcleo

Pero luego de dos meses de confinamiento, embargados por el miedo, descubrimos que aquello que era esencial no lo es tanto porque, en realidad, dichas actividades son estériles, amargas, fugaces; son una amenaza que atenta contra la felicidad.

Wilmar Ospina Mondragón. Pereira. Estudió Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestría en lingüística. Actualmente es docente en el colegio Ciudad Boquía y en la Universidad UTP y UCP. Su primera novela es “Carne para caníbales”.

“La buena vida es la que está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento”. Bertrand Russell.

Antes de la pandemia del Covid-19 todo transcurría con “normalidad”. Lo esencial consistía en hacer lo que teníamos ya instaurado: laborar, visitar el centro comercial, ir a cine, comprar una camiseta o un par de tenis (quizás innecesarios), ver los programas anestesiados de la televisión, escuchar (involuntariamente) música, esperar la quincena, pagar deudas, dar un beso descolorido a nuestra pareja, bendecir por inercia a nuestros hijos; en sí, llevar a cabo las tareas rutinarias de la existencia, ese rumor sordo de la vida y de los verdugos que decapitan sin consciencia nuestro ser.

Pero luego de dos meses de confinamiento, embargados por el miedo, descubrimos que aquello que era esencial no lo es tanto porque, en realidad, dichas actividades son estériles, amargas, fugaces; son una amenaza que atenta contra la felicidad, contra el origen de las cosas, contra ese núcleo al cual debe volver el hombre que un día fue embrión.

Escribo estas ideas porque hoy no damos el mismo sentido a esas actividades que hacíamos con tanto ahínco. Es más: dejaron de ser esenciales y revelaron que todo lo importante para nosotros, los “hombres del futuro”, no iba más allá de lo accidental, pues, en el fondo, eso que ejecutábamos a diario, como autómatas, mutilaba nuestros corazones y nuestra razón, forjando en nosotros seres ampulosos, irritantes, enfrascados en la cólera existencial y demencial del mundo, lo que nos alejaba de lo verdaderamente esencial.

La cuarentena ha evidenciado la contradicción que hay entre lo esencial y lo accidental; asimismo, ha revelado nuestra servidumbre mental, ese sometimiento que hoy no nos posee el cuerpo sino el espíritu, el alma. Y ello me sofoca porque, incluso, Dios ya no es esa potencia de la libertad y del agradecimiento, y no lo es porque lo hemos subyugado a nuestra esclavitud, a ese descorazonamiento invasivo en el que nada importa y todo es necesario, obligatorio.

Sin embargo, vislumbro una luz de esperanza, puesto que el temor a la muerte por el Covid-19 ha restaurado poco a poco el valor de lo esencial, de ese núcleo al que todos tenemos la obligación moral de volver porque, desde lo profundo, no subyace la burbuja que se revienta, sino esa fuerza anímica que nos reinventa. Por ello, en estos días de encierro nos hemos repensado como sujetos y, seguramente, muchos de nosotros hallamos que lo esencial no es laborar, salir, comprar, vagabundear; es todo lo contrario, la pandemia nos exigió mirar con otros ojos aquello que antes era transitorio, llevándonos a reconstruir nuestro mundo particular y a entender que en realidad lo accidental hoy es esencial, porque la familia, el hogar, los espacios, los objetos, el arte, eso que veíamos como accidental, antes de este embrollo vírico, ha resurgido para salvarnos, para evitar el tedio, para resistir ante el hecho dramático de lo aparentemente perdido.

Y es aparente porque hoy hemos ganado mucho más de lo que hemos perdido. Ahora es posible escuchar el piar de las aves, sentir la necesidad del sol, observar la inmensidad del cielo, complacerse con una caminata al aire libre; apreciar el atardecer con la familia, tomarse un café al calor del diálogo, de las palabras cotidianas; disfrutar de un juego de mesa, de una copa de vino, de ese olor clandestino que llega con la noche. De hecho, hoy, más que nunca, hemos descubierto el valor de la música, de la literatura, del buen cine, de esos lugares de la casa que nos habitan y de esos relatos de la memoria que sobrepasan el recuerdo; así, estas cosas vitales a las que en realidad pertenecemos se vuelven símbolos profundos que nos identifican, que nos trascienden.

Con esta nueva mirada a lo esencial discriminalizamos el corazón, porque, de una u otra manera, la atrocidad de aquello que nos parecía “normal” ha dejado de deshumanizarnos, de despersonalizarnos. Por ello, recuperar lo ausente, lo que casi estaba perdido es primordial, y lo es porque debemos desenjaularnos para forjarnos otra vez, evitando el encierro de la soledad, del egoísmo, de ese dolor anterior que había echado raíces en lo accidental y que nosotros no habíamos observado con detenimiento, reflexivamente.

Desde hace dos meses dejamos las tinieblas, el afán, ese reguero espeso de nuestro cuerpo desmembrado por aquello que era poco fundamental y retornamos a la sensatez, a la certeza de que lo esencial no está en el horizonte lejano y abstracto que avistamos con ansiedad, sino que, por el contrario, lo vital está en nosotros y es ese núcleo al debemos volver una y otra vez, una y otra vez, porque solo ahí, en lo que somos, en el hogar (hoguera), los hombres rotos por la existencia de lo accidental podemos reinventarnos como seres humanos que apreciamos lo esencial. Así, dos propósitos fundamentales nos convocan: por un lado, desenmascarar lo accidental para amansar el tener, lo material: todo aquello que nos ancla en lo efímero; por el otro, es determinante mirar más allá de la apariencia física de las cosas para pensar en otra forma de libertad; quizás, más humana, más vital: en definitiva, más esencial.