Un pánico endemoniado

El miedo a la epidemia cuando la vimos cerca y el abrazo desde la distancia.

Ángel Gómez Giraldo

Cuando el 6 de marzo de este año se supo del primer colombiano contagiado con el coronavirus, el pueblo lo tomó tan a la ligera que empezaron aparecer videos morbosos en los celulares de los hombres con el nombre del virus sobre la imagen de una mujer lasciva. Se enviaban a los contactos a través del Whatsapp, y reían viendo a la mujer a punto de ser picada por la serpiente.

Días después cuando el Covid-19 apareció en la capital de Risaralda mostrando los dientes y los primeros infectados, nos fuimos poniendo más serios y nos dio por creer que la cosa no era solo un cuento chino.
Ya sentíamos miedo porque habíamos entrado en cuarentena como acción para evitar nuevos contagios y proteger de manera rigurosa a los niños y a los ancianos.

A los primeros porque al haber carecido de completo amamantamiento podían tener pocas defensas y a los segundos por no estar en capacidad de aguantar un matrimonio más o el calentamiento de una caza jubilados.

Lo inesperado
De la manera más inesperada los pereiranos fuimos presa del pánico que es miedo colectivo, y ah hijuepucha porque fue cuando a la pandemia la vimos negra.

Fue la que difundida en los noticieros de televisión hizo un ruido como el producido a las 10:00 de la noche del 9 de marzo del año 1687 en Santafé de Bogotá y que nadie supo qué lo produjo pero finalmente fue atribuido al diablo.

De clínica
La clínica Los Rosales, uno de los centros asistenciales más prestigiosos de Pereira ubicado en todo el centro de la ciudad, se había convertido al siguiente mes en foco de la infección al revelarse que un total de 19 profesionales de la salud eran positivos al coronavirus.

Con el paso de las horas aumentaba el contagio entre el personal de servicio interno de la clínica.
De la misma manera aumentaba el pánico de los ciudadanos en general porque “si el médico se enferma, ¿quién lo cura?
Y este interrogante se escuchó en toda la urbe como trueno de tempestad eléctrica.

El pánico aumentó a tal grado de intensidad que como si hubiera destruido los cristales de los ventanales de los apartamentos de las más altas edificaciones lo que aprovecharon las mujeres para llamar a gritos a sus enamorados y saber qué tan cerca o lejos se encontraban de ellas.

Otras hicieron lo contrario, cerraron y trancaron puertas y ventanas exclamando: “¡Dios, se alborotó el coronavirus!”

Las pocas personas que se veían obligadas a acudir al centro se cuidaban de caminar por las calles cercanas a dicho centro de salud o por sus alrededores. Hasta temían enviar la vista hasta la edificación que se levanta con buena fisonomía y pulcra en la carrera 9 con calle 25.

Un hombre joven de muchas plumas que presta sus servicios como mesero en una panadería del parque El Lago, me contaba que hasta un pájaro barranquero de cola larga que se posaba todas las tardes sobre esa torre del templo Claret que termina en punta de aguja para pensar la vida, alzó el vuelo al oír tan alarmantes noticias relacionadas con el foco de contagio, precisamente donde las personas van en busca de salud.
Hasta el mismo Dios parecía preocupado y temeroso, tanto que se encerró en su casa, el templo del Claret que embellece el paisaje urbano del parque, que da esparcimiento a los propios y es admirado por los turistas.

La solución
Mas como Gallo no está sino Maya y Sigifredo salió para que entrara Víctor Manuel, estos gobernantes recién llegados se movieron oportunamente y con las instituciones de salud en sus manos les dieron rejo a la “saltona” Covid-19 que tanto mal estaba haciendo en Los Rosales.

Para una operación de desinfección de sus instalaciones se cerró temporalmente la clínica y sus servidores afectados trasladados a cómodos hoteles para que entraran en cuarentena y fuesen tratados y curados.

Todo pasa
Todo hay que decirlo… el pánico pasó a los pocos días y el 5 de mayo la clínica hizo un anuncio alegre en sus redes sociales:
“Con inmenso regocijo informamos a nuestra comunidad que abrimos nuestras puertas nuevamente”.
Uno de sus médicos, el doctor Ballén quien se salvó de morir por el coronavirus al ser curado en su misma clínica, al salir de la UCI se echó la bendición y se la echó a la sede, y dicen que le sirvió también para restablecer de nuevo los servicios de salud a la gente de Pereira y la región del Eje Cafetero.

Quienes han seguido las noticias de la clínica en sus redes sociales, escribieron:
“Dios bendiga a todos en Los Rosales y a un gran enfermero, Sneider, que ama la profesión”. E insisten: “Que Dios lo bendiga”. Ahora ¿quién va aguantar a este enfermero de la clínica Los Rosales tan bendecido?
No miento al aseverarles que allí todo ha vuelto a ser color de rosa. Sí, se volvieron a encender las luces.
Sin embargo no todos los médicos especialistas que tienen consultorios aquí atienden a sus pacientes presencialmente. Muchos decidieron recurrir a la teleconsulta así no alcancen a palpar ninguna inflamación.

Un héroe
Eso sí, el doctor Carlos A. Durango, especializado en ginecología y obstetricia es un héroe. No se dejó derribar y continúa en el consultorio. A lo mejor piensa que la teleconsulta es buena solo para hipocondríacos que sanan sus enfermedades inexistentes con solo oír al médico.

La secretaria del doctor Luis Guillermo Rojas González, gastroenterólogo clínico y excelente médico en endoscopia digestiva que presta sus servicios igualmente en esta clínica y tiene consultorio, me reveló que sin ningún temor, va cuando es necesario y visita a sus pacientes hospitalizados. “Claro que es otro especialista ahora para la teleconsulta”, me recalca la misma.

Un héroe más. Claro, el doctor Rojas González está hecho con la madera de los samanes de Viterbo (Caldas) de donde eran oriundos sus abuelos maternos, Félix González y Laura Giraldo.

Llamo a la doctora Elizabeth Loorz, psiquiatra de la Universidad del Valle y me confirma por el celular: “No estamos atendiendo pacientes en el consultorio porque estamos con la teleconsulta”.
Otra cosa, al frente de la clínica se levanta una edificación con bonito nombre: Hotel Los Rosales. Fue de gran ayuda durante los días de la contaminación porque facilitó sus 30 habitaciones para la cuarentena y alivio del personal de la clínica que resultó infectado.

Claro que después de todo esto los empleados del hotel están en capacidad de llenar cubos con la tristeza que sintieron al cancelar sus propietarios y administradores la fiesta con que se pensaba celebrar el pasado viernes 8 de mayo los cuatro años de haber abierto sus puertas en Pereira.

Es que el coronavirus acabó con la rumba y el baile.
Y corran que según las más recientes noticias, Suramérica se acerca a las 20 mil personas contagiadas.

 

El pánico es miedo en sumo grado. Miedo produce una ciudad desolada, pues nacemos para estar los unos con los otros.

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