Un juez de paz, con mucha historia

Marco Aurelio Ramírez, nacido en Estación Villegas en 1936, regresó a la vereda Esperanza-Galicia donde se reencontró con los suyos y puso su capacidad y liderazgo al servicio de la comunidad.

Alfredo Cardona Tobón

Un día de mil novecientos treinta y tantos, Luis Felipe Cardona dejó las lomas de Pácora y con su esposa Ana María Ramírez viajó a Manizales en el cable aéreo del norte de Caldas. Era una odisea que empezaba en Aranzazu y se extendía por largas horas sobre una vagoneta que danzaba al son del viento por encima de enormes precipicios.

En la capital caldense tomaron el tren y al acorde de pitos y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles el matrimonio paró en una estación entre Pereira y Cartago. Trabajo no faltaba, así que Luis Felipe se enganchó en una de las grandes haciendas de los alrededores y luego trabajó la carnicería en la “Fonda Central,” que en aquel tiempo era un centro comercial donde se conseguía todo tipo de mercancías.

Posteriormente Luis Felipe se encargó de la alimentación del personal de la Estación Villegas, donde se instaló con su familia en una casita anexa. Allí atendió a los bodegueros, los coteros, los funcionarios y policías que desempeñaban sus funciones en ese sector del Ferrocarril de Caldas. Debieron ser muy ricos los sancochos y los fríjoles con tocino preparados por Ana María, pues por varios años el matrimonio permaneció en el lugar. Allí nacieron sus hijos, entre ellas Ofelia, una niña vivaracha y juguetona que aprendió a caminar viendo pasar los trenes y oyendo el pito de las locomotoras.

La telegrafista
El tiempo pasó y Ofelia se convirtió en una agraciada mujer que ocupó el puesto de telegrafista de la estación del tren hasta que apareció un patán que tocó el corazón de la muchacha, la llevó al altar, le dio tres hijos y le encimó malos tratos.
Un día se acabó la paciencia y Ofelia dejó las ataduras del mal marido y con sus hijos buscó otros horizontes en el puerto de La Dorada donde trabajó con un hermano en una finca denominada Media Luna. Con los hijos creciditos y sin arredrarse ante nada, Ofelia se internó en los baldíos a orillas del río Magdalena y a “mano vuelta”, o sea concertando trabajo con los otros colonos de la zona, abrió 20 hectáreas al lado de la quebrada del Ermitaño y en seis años de intenso trabajo las sembró con yuca, maíz, plátano, ñame y mafafa.

En el abierto en la selva Ofelia y sus muchachos levantaron cerdos y gallinas cuya carne combinaban con las guabinas y las perrolocas que pescaban en la quebrada, con las tortugas que recogían en los arenales y las guaguas, gurres, guatines y micos que cazaban en el monte.

Llegó la chusma
En una madrugada del año 1960 el tropel de los perros turbó el sueño de los colonos. De improviso una chusma paramilitar comandada por Enrique Isaza irrumpió en la vivienda y arrojó a sus habitantes del predio que tan duramente habían ganado a la selva. No tuvieron ni tiempo de enjalmar “La Nutria”, una mulita que era parte de la familia.

Según contaron los vecinos, La Nutria no se dejó enlazar y tiró para el monte; años más tarde Marco Aurelio regresó a su tierrita invadida por el rastrojo y oyó la historia de una mula cerrera que se veía en los playones del río Ermitaño en las noches de luna.
Ofelia no tuvo tiempo de empacar ni cargar herramientas, ropa ni menaje; de pura suerte los bandidos les perdonaron la vida y la dejaron marchar por las trochas para refugiarse con sus hijos en un cuchitril en Barrancabermeja.

Hubo que empezar de nuevo, sin conocidos y sin un peso. Pero Dios es grande y un gerente del Banco Popular les tendió la mano para explotar una finca en compañía y Ofelia salió adelante con la fortaleza y la tenacidad que jamás la abandonaron. Después de cuatro años de durísimo trabajo en el predio denominado “El Silencio” la familia consiguió unos ahorritos para trasladarse a Bucaramanga donde Marco Aurelio Ramírez Cardona, el hijo menor de la camada, terminó el bachillerato e ingresó a la Policía Nacional.

Regreso a la tierra
Después de quince años de servicio en la Policía, Marco Aurelio se retiró de la institución y se vinculó a la industria privada como oficial contable y luego como contratista de Ecopetrol en el área de calibración de instrumentos. Todo parecía ir de maravilla, pero al negarse a pagar una extorsión, los antisociales asesinaron a su esposa y lo dejaron mal herido.
Ante esas circunstancias Marco Aurelio Ramírez, nacido en la Estación Villegas en 1936, regresó con su mamá Ofelia a la vereda Esperanza-Galicia donde se reencontró con los suyos, reinició la lucha por la vida y puso su capacidad y liderazgo al servicio de la comunidad contribuyendo a la electrificación del sector, la construcción del alcantarillado, la instalación de teléfonos y el suministro de agua potable.

Juez de Paz
Con varios semestres de derecho, Marco Aurelio calificaba para desempeñarse como Juez de Paz y eso está haciendo desde hace diez años en el corregimiento de Cerritos donde se ha constituido en un destacado formador de identidad y un componedor de entuertos.
Entre los graves problemas que ha tenido que resolver Marco Aurelio Ramírez en su comunidad compleja y repleta de inconvenientes fue la invasión de los nativos embera-chamí en el año de 1997. En ese entonces llegaron a la vereda centenares de indígenas procedentes de Pueblo Rico y del Chocó y sin respetar la ley ni a los vecinos trataron de ocupar los predios. Fue una situación delicada que Marco Aurelio Ramírez, como Juez de Paz debió sortear con todo el cuidado del mundo para evitar una confrontación sangrienta.
En cuanto a Ofelia, con 79 años cumplidos sueña con una casa decente donde terminar sus días; está enferma y muy sola pero en sus ojos y en sus palabras siguen vibrando esos chispazos de coraje que le permitieron levantar una familia sin arredrarse ante nada, porque ni el clima, los bandidos ni las culebras fueron capaces de doblegar su espíritu.