“Sal y luz”

Érase una iglesia construida en lo alto de una montaña de Suiza. La iglesia era muy hermosa y había sido edificada con mucho cuidado. Pero a la iglesia le faltaba una cosa. Por sorprendente que les parezca era una iglesia sin ningún tipo de iluminación. Los domingos, al atardecer, la gente de los alrededores contemplaba siempre el mismo milagro. Las campanas sonaban y los feligreses subían lentamente la colina para la celebración dominical. Entraban todos a la iglesia y ésta, de repente, se llenaba de luz y de un gran resplandor. Los feligreses subían con sus antorchas, las encendían y las colocaban en las paredes para que su luz llenara toda la iglesia. Si los fieles eran pocos la luz era muy tenue, pero si eran muchos la luz era mucho más intensa. Terminada la celebración, los fieles regresaban a casa con sus antorchas encendidas y los que los veían bajar la colina contemplaban un gran río de luz que salía de la iglesia e iluminaba la montaña. La iglesia de la montaña se convertía en verdadera iglesia cuando se llenaba de gente, en esos momentos era cuando todos los creyentes eran luz para los no creyentes y se hacía verdad la palabra de Jesús: “vosotros sois la luz del mundo”.

Jesús nos habla de ser Sal y luz de la tierra: “vosotros sois la sal de la tierra”. “Vosotros sois la luz del mundo”. “Vosotros”, llamados a no indoctrinar a nadie, sí llamados a dar testimonio de vuestra nueva identidad, de vuestro nuevo ser.

La metáfora de la sal
La sal conocida y usada seis mil años antes de Cristo ha acompañado siempre a la humanidad como elemento esencial y cotidiano. Dicen que hasta los soldados romanos eran, a veces, pagados con sal. ¿Tiene sentido el que Jesús nos diga que somos sal? ¿Cuál es el papel de la sal? La sal conserva los alimentos, especialmente las carnes, y evita su corrupción. La sal sazona y da sabor. La sal se disuelve y no se ve, pero su acción es eficaz. Si nosotros somos sal, ¿cuál será nuestro papel en medio de la sociedad en la que nos toca vivir? “Vosotros”, llamados a conservar el mensaje de Jesús en toda su pureza. “Vosotros”, llamados a no contaminar con vuestras teorías y preceptos meramente humanos la enseñanza del Maestro. “Vosotros”, llamados a conservar la fe en Jesús, el que la comienza y la perfecciona. “Vosotros”, llamados a sazonar las relaciones humanas y la sociedad más próxima con los valores evangélicos y trascendentes. “Vosotros”, llamados a actuar con pasión desde la fuerza del evangelio, a transformar el mundo. Ser cristiano, dicen, es una enfermedad que muchos quieren curar y declararla en proceso de extinción. A nosotros nos conserva, sazona y nos cura.