Retrato de mi abuela

Mateo Quintero

En una de sus Quadras mejor logradas, Fernando Pessoa canta: Cuando te arreglas el pelo/ con la mano, distraída, / se me enreda por completo /lo que pienso de la vida.

Pocas veces, por más universal que sea la gran literatura, un poema logra decir exactamente lo que yo quiero decir. Cada palabra está inscrita con una exactitud que me asombra. Quizá en lo único que difiere sea en el destinatario. Mientras Pessoa lo dirige a una amada, en mi lectura, la imagen que se forma clara y diáfana es la de mi abuela. Todos los pensadores tienen un contrincante intelectual. Sartre vs Camus. Faulkner vs Hemingway. A mí lo único que me enreda lo que pienso de la vida, lo único que contradice mi recia visión del mundo, es mi abuela. Cuando llego a mi casa con mi espíritu encendido de odio y rabia por las atrocidades que suceden a diario en mi país, en mi ciudad, en el mundo, y veo a mi abuela arreglándose el pelo ante el espejo, con sus ojos grises tan particulares, tan suyos, tan únicos, siento en mi alma resplandecer la esperanza de la vida. Siento, a despecho mío, que la vida vale la pena. Pienso, en total contraposición a mis sentencias, que la horrorosa existencia está dotada de belleza.

Conforme pasan los días me convierto cada vez más en un desencantado. Un ser huraño que todo lo que ve lo detesta, lo desprecia y lo maldice. Los anhelos juveniles han desaparecido. En cambio, la desilusión reina en mí. Ahora, cuando observo mi vida, no encuentro algo que me satisfaga, solo una larga y constante cadena de errores cometidos. Pero veo a mi abuela con su inocente felicidad, la oigo reír, hablar, rezar, bendecirme, y toda mi torre blindada de desprecio se desmorona. ¿Por qué, abuela, no me dejas amargar en paz? ¿Por qué no confirmas que la especie humana es el error más nefasto del universo? ¿Por qué dotas de alegría a un ser que no cree en ella?

Me he ido lanza en ristre con el concepto de felicidad. Para mí, es la quimera más injustificada que ha creado el hombre entre todas las quimeras injustificadas en las que ha creído. ¿Pero qué es, entonces, lo que siento cuando la veo sonreír? ¿Qué es este extraño sentimiento de plenitud y calma que me embarga al verla coronada con una aureola de pájaros a los que alimenta con arroz?

Nietzsche dijo con justa razón que el único cristiano era Cristo. Después de él, todos sus seguidores no hicieron más que ir en contra de los principios que estableció. Bueno, Nietzsche no tuvo la fortuna de conocer a mi abuela, quien supera con creces a Cristo. Mientras aquel se agrandaba maravillosamente y decía: «—Vayan y díganle a esa zorra que hoy y mañana estaré expulsando demonios y curando a los enfermos, y que el tercer día ya habré terminado», mi abuela, con su bondad, jamás ha creído la maravilla y el milagro humano que es. Mientras aquel mataba a cerdos llenándolos de demonios, haciéndose despreciar del pueblo: «Los demonios salieron de los hombres y entraron en los cerdos. Entonces todos los cerdos se echaron a correr pendiente abajo por el barranco, cayeron en las aguas y se ahogaron […]

Entonces todo el pueblo salió a ver a Jesús y le pidieron que se fuera de esa región», mi abuela les da de comer a los pájaros, que tanto la quieren, y a los perros, que tanto la esperan, y jamás ha sido despreciada por nadie porque todos la quieren. En eso sí contradijo a Cristo, porque él ordenó, mandón como era: «Amad a vuestros enemigos», y mi abuela jamás pudo porque nunca tuvo ningún enemigo. Quizá Nietzsche sí tuvo razón. Mi abuela no puede ser cristiana, porque es más buena que él.

De la iglesia descreo, de ese nido de corruptos y pederastas y violadores rehúyo, y nunca he entendido cómo alguien puede ser feliz en esa cueva. Por donde mire solo veo hipocresía, y de las personas que veo allí cada ocho días desconfío. Pero cuando veo la paz que se refleja en el rostro de mi abuela cuando reza, cuando noto su alegría y su fe verdadera, cuando veo que no necesita dirigirse a la iglesia a aparentar lo que no se debe aparentar, sino que se conforma con rezar en casa, en el anonimato, siento que con su ejemplo me refuta todo. Y siento una bella molestia y sonrío porque nada está dicho.

Detesto la designación, la separación y el maniqueísmo de considerar a las personas como buenas o malas. Pero es imposible para mí encontrar otro adjetivo que defina a mi abuela. No veo más bondad en el mundo que la de ella. No he visto ni veré nada cercano a lo que ella es. Un milagro. Lo único bueno que la raza humana ha dado al mundo. Nunca ha dejado que me sumerja de lleno en la noche oscura del odio. Y ahora, a ella que no le gusta mostrarse, la saco del anonimato con mis palabras, llevando la contraria como siempre, altercando contra su misma esencia.

Creo, con Borges, que: «Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos». No somos tan especiales como para un castigo o una recompensa tan ardua. Sin embargo, más fácilmente merecemos el azote del fuego que un idilio.
Mi abuela es la única persona que conozco que merece la placidez. Lo importante de una utopía es que sea, aunque nosotros no la merezcamos. Esto se aplica a mí, que no merezco tener a mi abuela, y también al Cielo en el que ella cree y del que yo hace rato descreí, que, aunque exista, no lo merezco, pero ella sí. Borges lo resume de manera precisa: «Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno». Que el cielo exista, para que en él more ella eternamente. Amén.

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