Recuerdos literarios de hace 50 años en Pereira

Jorge Emilio Sierra Montoya *

(En memoria de los poetas Héctor Escobar
y Carlos Hernán Ochoa)

En los albores de la década del setenta -¡hace medio siglo!-, mientras yo cursaba quinto de bachillerato en el colegio Rafael Uribe Uribe de Pereira y escribía simultáneamente en “La Patria” de Manizales, “El Diario” y “Satélite” (periódico escolar del que era director), me dediqué a las cuestiones culturales, empezando a trascender el mundo de la literatura.

Fue cuando me vinculé a la Sociedad de Amigos del Arte, donde fui recibido con gusto por las citadas publicaciones periodísticas y el interés que mostraba en los cursos de pintura y música clásica, dictados por expertos, y en conferencias o recitales, como cuando intervino León de Greiff, considerado el mejor poeta vivo de Colombia, a cuyo acto asistió apenas un reducido número de personas -algo absurdo, inexplicable y triste, a mi modo de ver-.

Jóvenes intelectuales
Ese tipo de actividades me permitió entrar en contacto con intelectuales representativos de la ciudad, como los poetas Héctor Escobar -El diablo-, Carlos Hernán Ochoa, Nelly Arias de Ossa, Alfonso Marín y Francisco Lotero -Pachito-; el escritor Silvio Girón (que asumió la dirección de la Biblioteca Pública Municipal, cuya sede aún estaba en el segundo piso de la gobernación, en la Plaza de Bolívar), el pintor Martín Alonso Abad y el dibujante Fernando Valencia, con quienes realizábamos animadas tertulias literarias.

A pesar de ser un adolescente, no me abstuve de participar en tales encuentros, descubriendo allí incluso los “paraísos artificiales”, en palabras de Baudelaire, que estimulaban la sensibilidad y la imaginación, facultades indispensables -decíamos, todos a una- en la creación artística.

A varios de mis nuevos amigos los promoví en “La Patria”, especialmente en el suplemento literario de los domingos, donde aparecieron tres crónicas consecutivas sobre El esqueleto del diablo (¡como si “el maligno” hubiera muerto!) al abordar la extraña y simpática demonología de Héctor; poemas de Carlos Hernán, flamante secretario de cultura del departamento; un informe sobre los hermanos Bustamante, escultores de primer orden, y un reportaje con Martín Abad, fiel seguidor del maestro del hippismo, Henry David Thoreau, y, como él, refugiado en las afueras de la ciudad, por el río Consota, en una hermosa casita de La Florida, donde creaba sus cuadros primitivistas, viviendo con la simplicidad de un campesino.

Éramos felices, unidos como hermanos; compartíamos nuestras incipientes producciones literarias y artísticas, convencidos de haber logrado obras maestras que nos garantizaban la perpetuidad o, mejor, la inmortalidad.

Lecturas clandestinas
“El hombre es un Dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa”, repetíamos, citando a Hölderlin.
En verdad, Hölderlin era recordado, igual que Voltaire y Rimbaud, Whitman y Mallarmé, Miguel Hernández y García Lorca, sobre quienes me lancé a escribir ensayos, publicados por “La Patria” en su Revista Dominical dirigida por el pintor, escritor y periodista Mario Escobar, quien en ocasiones bajaba de Manizales para integrarse a las tertulias pereiranas.

Mi ensayo sobre Rimbaud fue elogiado por Edgardo Salazar Santacoloma (uno de los intelectuales de mayor prestigio en la empinada capital caldense), quien se reunió en La Perla del Otún con nuestro grupo de jóvenes literatos, dictándonos cátedra sobre los extraordinarios dibujos de Salvador Dalí y los poemas de Valery, que recitaba de memoria, ¡en francés!

“Usted ya parece miembro de la Real Academia Española”, me comentó, en forma jocosa, Luis Yagarí (el famoso cronista que entonces dirigía la sección de Pereira en “La Patria”) cuando recibió otro escrito mío sobre don Andrés Bello, como si yo fuera especialista en gramática y filología. “Pero -agregó-, no se desanime. ¡Va por buen camino!”.

Eso del buen camino era un decir. Porque ni Yagarí, ni su esposa Elena, ni mi abuelo Felipe, ni mi madre, estaban enterados de que por las noches me encerraba en el cuarto a leer “El Anticristo” de Nietzsche y “La decadencia de Occidente” de Spengler (que tanto incidieron en el nazismo de Hitler), autores existencialistas como Sartre y Camus, nadaístas como Gonzalo Arango y Elmo Valencia -El monje loco-, además de Dostoievski y Voltaire, Kafka y Vargas Vila, en su mayoría ateos y enemigos de la iglesia, contra cuyas creencias y dogmas lanzaban fuertes diatribas que no podían menos de ser calificadas como blasfemias.

Nuevos cambios
Me alejaba pues, a pasos agigantados, de la fe cristiana, con la soberbia típica de los intelectuales. “¡Dios ha muerto!”, pontificaba -como si fuera Zaratustra- a mis amigos del colegio, entre quienes se empezaba a rumorar que estaba perdiendo el rumbo por mi estrecha amistad con El diablo, un especialista en la materia. Yo sonreía ante dichos comentarios, de los cuales se hacía vocero mi mejor compañero de clase, Evelio Ríos, cuya casa dejé de visitar con la asiduidad de antes.

No obstante, tampoco paraba de leer en el colegio, en la Biblioteca Pública Municipal y en los pocos libros que podía comprar en la Librería Quimbaya de Carlos Drews, ni mucho menos dejaba de escribir, publicando en “La Patria” entrevistas a Eduardo Escobar, benjamín del movimiento nadaísta; a Gloria Gaitán, hija del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, en la residencia del magistrado Benjamín Montoya Trujillo, ilustre marsellés (incursionando así en el periodismo político -“Política con colorete”, titulé la entrevista-), y a Fabio Vásquez Botero, oriundo igualmente de Marsella, ex gobernador de Risaralda y cuya columna La Voz era publicada por el diario manizaleño, en primera página, por orden de su propietario y director, José Restrepo Restrepo, en franca solidaridad con su respetable copartidario godo, prosista de alto vuelo y extraordinario orador.

Como si fuera poco, salté en “La Patria” de la sección de Pereira a las páginas editoriales o de opinión, cuando envié un artículo sobre “El mundo feliz” de Aldous Huxley, y a partir de ahí me convertí en columnista al lado de Jorge Santander Arias, Adel López Gómez, Rodrigo Ramírez Cardona -Gaspar- y Alberto Londoño Álvarez, entre otros que eran las mejores plumas del momento en Caldas.

La mano tendida
“El Diario” de Pereira, por su parte, destacaba mis artículos como editoriales, ya con el respaldo irrestricto de César Augusto López Arias, el subdirector.

César Augusto, a propósito, fue uno de los grandes periodistas que me tendieron la mano desde el primer momento, igual que el director de “El Diario”, Alfonso Jaramillo Urrego, y Yagarí, a quienes siguieron otros tantos: Luciano García, toda una institución de las letras y el civismo en la región; el propio Silvio Girón, que combinaba el oficio periodístico con la literatura, y Antonio del Valle, que editaba El Compás, un informativo de carácter cultural, al cual se sumaban escritores novatos como José Carvás, quien de un momento a otro desapareció del mapa.

Asimismo, el corresponsal de turno de “El Espectador”, fallecido prematuramente; uno que otro colaborador de “El Imparcial” (la mayor competencia para “El Diario”), y el director de algún tabloide de circulación cerrada, donde publiqué la entrevista con el ciclista Albeiro Mejía, quien tuvo destacada participación en la Vuelta a México, gloria deportiva que celebramos, a su regreso al país, con un multitudinario desfile público por las vías principales de la ciudad.

De unos y otros conservaría gratos e inolvidables recuerdos, con la gratitud debida.
(*) Fragmento de mi libro de Memorias -“Una vida en olor de imprenta”-, recién publicado en Amazon.

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