Publicación de El Diario el 22 de junio de 1946, A través de mi infancia

Ricardo Sánchez Arenas. Pereira. (1888) Periodista. Cronista. Agente viajero. Representante de casas comerciales. Comisionista. Escribió para medios como El Tiempo, de Bogotá y La Patria, de Manizales.

Hojeando mi álbum de recuerdos: buscando por todos los vericuetos de la imaginación; deshaciendo los pasos de mi infancia, muchos episodios de mi vida, como perros sumisos, salieron a mi encuentro. He visto, con extraordinaria nitidez, desfilar por mi memoria, girones de vida pereirana, de esa vida apacible y tranquila, bulliciosa y alegre, que vivimos los que nacimos en los últimos años del siglo pasado.

Aquella época en que Don Simón López y el señor Sanín, don Jesusito Ormaza y don Juan Castrillón, don Benjamín Giraldo y don Luis Mondragón, se veían a gatas para tomar las rebeldías de los muchachos de entonces. Cuando Roberto Marulanda y Pablo Arias, Rubén Restrepo y Joaquín Gómez, Rubén Cadavid y Restituto Correa, Martín Sánchez y Germán Robledo, los Angeles y los Rodríguez, los “Chapetas” y los Robledos hijos de Pepe, eran unas verdaderas fieras.
Esos muchachos de entonces que todavía recuerdan el fusilamiento de David López, la ceiba que había en el centro de la Plaza de Bolívar, la primera elevada de Guerrero, la echada del agua a la Planta, la inauguración de la “pila de los viejos”, el tigre de Mogollón y las funciones de “Los Fantoches”, no pueden negar que le “están ruñendo los jarretes” a los cincuenta años…

Yo soy de otra camada, mi memoria solo alcanza a “cosas más nuevas” y eso “pujando chucho”… Por allá, entre “gallos y medianoche” recuerdo de unas funciones con “animalitos sabios” que dio en la casa de Mogollón un italiano de apellido Salvini; del suicidio de Gordillo en el Hotel Pereira y de las Semanas Santas del Padre Ismael, con judíos y sayones.

Tengo muy presente la Calle Real en un Viernes Santo, convertida en una trocha muy miedosa con los sauces, las matas de plátano, los árboles de café y las matas de higuerillo que colocaban frente a las casas. Ese mismo día Sixto Ospina y Quiquito Ormaza se “tiraban la plata” con Nuestro Señor Jesucristo en la “Plazuela de Arriba” cerca a la esquina donde había un canafístulo…

Recuerdo que Don Moisés Vargas, Chaverrón, don Simeón Restrepo, el general Deaza y don Juan de Dios Jaramillo, vestidos de fariseos o algo por el estilo, nos “cujiaban” a “Manuelón”, “Cacarusa” o a “Patetela” para que nos quitaran y nos desastillaran en las canillas las varas de sauce que pelábamos con las uñas… Yo era entonces un “niguatero” de la “Escuela Rancia” que a duras penas, haciendo “vaca” con “Cocoviejo”, “Perrita”, Elías Restrepo y “Meye” el hijo de 124 Sixto, alcanza a rendir un “rial” que comprábamos en bananos donde Misiá Teresita Benjumea y nos íbamos a comérnoslos y a “ruñirnos” las cáscaras al “Charco de la Peña”… Mucha envidia nos daba de Roberto Marulanda y de Domingo Gutiérrez que eran los dos más cachacos del pueblo y de Lisímaco Ángel que tenía una “perica”…

En los tiempos de “uso de cometas”, se volvía la boca agua cuando veía salir a Enrique Posada a elevar un hermoso “barrilete” de género en la propia Plaza de Bolívar, con permiso de Federico Rivera que era el alcalde, mientras que yo me mataba corriendo en la “falda del guz” empeñado en elevar con “hilo de cartón” una miserable hoja de písamo…

Cuando llegaba el “uso de trompos”, me quedaba hecho un pendejo viendo jugar a los muchachos y grandes “calles redondas” con hermosos trompos manizaleños, en tanto que yo a duras penas lograba armarme en un “chete”, todo lleno de “jorobas”, y si muy bien me iba, a una de esas “pailitas” que “rumbaban” más que un abejorro y que fabricaba de naranjo el cojo carnicero de “El Clarinete”…

En tiempos de “baleros” era un martirio para mí ver que los muchachos se apresuraban a comprar donde Panesso unos hermosos valeros amarillos de rayas coloradas y con pitica extranjera, mientras que yo me tenía que contentar con un “congolo” todo torcido, al cual después de “sacarle la carne” con mucho trabajo con cinco “guequitos” que le hacía con un clavo, sujetaba luego con una guasca a cualquier pite de palo que me encontraba en la calle…

Sufría también indeciblemente en el uso de “corozos y bolas de cristal”, viendo a Pablo Arias y a Jesús Cano, jugando a las “casas” con “Patepinche” y “Boquecebo”, en tanto que yo con más pocos amigos, me tenía que zambullir hasta la cintura en la laguna de la manga de Don Agapito, para poderme armar en un bolsillaito de “lágrimas de San Pedro” que luego íbamos a jugar a los pares y nones en los inmundos corredores de la “Escuela Rancia”…

Se fueron para no volver esos queridos tiempos en que todos vivíamos con la “barriga al aire” sin preocupaciones y sin temores, sin automóviles y sin tranvías, andando con toda confianza por el centro de la calle, buscando las piedras más anchas para no irnos a lastimas las “jarreteras”. Felices tiempos esos de la chicha subidora de Moisés, cuando en las tardes de los días de mercado, debido a las “malas ventas” gritaba: “chicha libre” y acudíamos presurosos a chupar de los barriles hasta que nos la tocábamos “con el dedo”…

Tiempos del pandequeso… y las “cucas” de don Erasmo, que le hurtábamos hábilmente mientras él estaba ocupado con algún cliente. Tiempos de los zapotes y las naranjas de “La Arboleda”, las “guamas” y “las churimas” de La Julia; las “guayabitas de leche” de donde los Pérez y los vasos de sirope y los “casaos” en la tienda de “Teleche”…

Feliz edad aquella en que solo teníamos quince años y ya empezábamos a “gueler a cagajón”, levantándonos a las cuatro de la mañana para ir a traer las vacas a la Brigada o al Sacatín y después cargar agua de la esquina del chorrito en tarros de cinco cañutos que tapábamos con pedacitos de trapo, antes de irnos para la “Escuela Rancia”, si era que no resolvíamos 125 mamarnos e irnos para Egoyá a pescar “lángaras” o sardinetas con humildes anzuelos que fabricábamos con alfileres.
Dichoso tiempo aquel en que no había cine y ningún pereirano conocía a Cali: cuando “los paseos de día entero eran a las mangas donde hoy está el ferrocarril y cuando para ir hasta Nacederos, donde “Ña Anselma” teníamos que llevar fiambre y pedir la bendición en la casa…Maravillosa edad cuando tuvimos nuestros primeros “ayacuchos” en las lides amorosas por los lados de “Recoveco” con negras “macuencas” que no sabía de botines ni de coloretes…

Risueña edad, sana y fecunda cuando en el billar del maestro Jaramillo, un enorme billar con banda de baqueta y bolas de pasto –hicimos la primera carambola de la vida… Y a pesar de todo ese manojo de delicias, cómo me provocaba ser grande para tener bigote, para que me dejaran entrar en la gallera y para poder votar por los liberales…

El Pereira de este tiempo “valía mucha plata”. Todos vivíamos como en familia y apenas una media docena de “fulleros” se ponían botines de “soche” casi siempre sin medias… las calles eran “enyerbadas” y el agua corría por un caño que iba por el centro…

En los días de lluvia era una delicia “chapucear” en los grandes charcos que se formaban y arrancar piedras bien grandes con “pegapegas” que hacíamos de “medio-cocido” y recorrer toda la población con ellas colgadas de una cabuya que sujetábamos fuertemente a la muñeca…

Eramos tan ignorantes que recuerdo cuando Victor Manuel Gaviria trajo la primera bicicleta, nos íbamos corriendo tras él desde la Plaza de Bolívar hasta el cementerio… Muy bueno nos pasábamos la vida los muchachos de ese entonces cuando no había luz eléctrica y alumbrábamos nuestra rusticidad, con enormes faroles de lata que colgaban en las esquinas.

Jugando el “caracumbé” o el “repollito” en la plaza, con muchachas y sin más enemigos que dos o tres comisarios que desempeñaban el oficio de policías y que en vez de boina y bolillo, llevaban un sombrero suaza a “la pedrada” y un simple “verraquillo”. Vivíamos en franca camaradería y todos odiábamos a Esteban Hurtado porque se ponía sombrero “coco” y corbata.

No se conocían los nombres técnicos y a ciertas enfermedades venéreas le decíamos “tigre”… No se conocían las comidas finas y todos nos “vandiábamos” muy bien con el sancocho y los “frisoles” y el único en Pereira que tomaba “café tinto” era don Julio Castro. Todo cambió al correr de los años.
Pereira se puede ufanar de ser una de las ciudades más bellas y más prósperas del país, pero los muchachos pereiranos de hoy, los que tienen que ir a estudiar a Bogotá o a Popayán, los que para bañarse no tienen más que darle la vuelta a una llave, los que tienen que ir a cine o a retreta todas las noches, los que no conocieron la “banda de los Marulos”, no saben lo bueno que fue el pueblito.

Envío un homenaje como un recuerdo de la ciudad amada, desde aquí, donde la suerte me tiene cargado de años y de desengaños.
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