La muerte ya no es la muerte

Padre Pacho

Todos tenemos miedo y, en el fondo, todos los miedos son un único miedo: el miedo de la muerte. No tenemos paz ni cordura. Intentamos anular «el único acontecimiento absolutamente cierto» esforzándonos por no hablar de él. Nuestra civilización destierra la muerte de nuestros pensamientos diarios polarizados sistemáticamente hacia el bienestar temporal.

Todos lo sabemos, y los escritores contemporáneos los directores de cine, los psicólogos y los filósofos no se recatan en proclamar que esta vida es «un correr hacia la muerte», una pura «espera de la muerte». «La muerte nos acosa». Aparece a veces como fruto maduro del árbol de la vida personal; otras, como ladrón que a cada instante puede sorprendernos y abatirnos; otras, en fin, como «traición de la naturaleza».

«De todos los males humanos, el peor es la muerte.» Ella constituye «el dolor más extremo de todos los que el hombre puede padecer, porque nos despoja del más amado de todos los bienes: la vida.» Estas expresiones implacables no proceden del materialismo ni del sensualismo, sino de Santo Tomás de Aquino.

Contra todas las sentencias más o menos estoicas, según las cuales deberíamos aceptar la muerte como algo natural, pues todo lo que nace está destinado obviamente a morir, la muerte continúa siendo para todos, si somos sinceros, «no sólo algo espantoso, sino algo incomprensible…, una violación, una afrenta, un escándalo» (J. Maritain), un hecho que nada tiene de «natural».

Caminamos por la vida, entre fatigas y amores, entre amigos y contrincantes, siguiendo la marcha colectiva hacia la conquista del éxito, de la seguridad, de la independencia y de la satisfacción…; pero, de pronto, rasgan el aire las notas sutiles de las flautas de la muerte y lo imposible se convierte en realidad: una persona amada se desploma junto a nosotros, y nuestro amor, nuestros cuidados y nuestra ciencia se demuestran impotentes y ridículos. Procuramos darnos ánimo y emprendemos de nuevo la carrera, nos aturdimos con nuevas empresas, ideales e ilusiones, pero una angustia secreta nos muerde el alma y temblamos ante la eventualidad de que cualquier día se levante otra vez el son de las flautas plañideras, sin saber por quién será en esa ocasión. Sólo el amor descubre la crueldad de la muerte.

Los santos que han ido al encuentro de la muerte propia como quien va a una fiesta no supieron disimular su escalofrío y su congoja ante el fallecimiento y los despojos de los seres amados. Este nuevo modo de hablar nada tiene que ver con la sonrisa feliz de algunos creyentes inundados de gracia que saludan a la muerte como al encuentro mil veces deseado del Rostro de Dios, no más vislumbrado «como en un espejo» en sus imágenes y huellas temporales y terrestres, sino sin velos, cara a cara.

Después de que el Hijo de Dios pasó por la muerte más muerte de la Historia, los cristianos creemos «contra toda esperanza» y contra toda desoladora experiencia, que la muerte ya no es muerte, sino nacimiento a la Vida. De este triunfo, sin embargo, saben tan sólo los que la han experimentado desde dentro.