La gallina Fabio

“La infancia de Fabio fue al interior de la casa, cuidados más destacados y una confusión inusitada por su género. Resultó gallina, después apareció, de creerse que se había perdido, con 10 hijos, todos de ella”

John Harold Giraldo Herrera*

Pían y no cesan, los siete (fueron diez) polluelos son incesantes en su necesidad de establecer una ruta con sus onomatopeyas, un sonido tan aletargador como sinfónico: son nueve haciendo pi, pi, pi y sus variables, nada más todo el día. Sonidos que hacen levantarse más temprano, pues suenan al interior de la casa. Fuera de ella es menos perceptible, aunque llenos o algo extraviados o con deseos de comida (que es todo el tiempo), Fabio y sus hijos ya han ganado buena parte de días a la vida y seguirán piando hasta convertirse en cacaraqueos antes de poner huevos o ese singular mañanero de anuncio por un gallo. Existen muchos más sonidos por acá, el de los monos aulladores y su llamado al agua, el del viento meciendo las hojas…

Fabio como le decimos a la gallina, quien se pensaba era pollo, en su condición de género, se ha impuesto más allá de su nombre. Es Fabio, o Fabi, sus hijos ya son siete, ayer sábado perdió uno de los suyos. La infancia de Fabio fue al interior de la casa, cuidados más destacados y una confusión inusitada por su género. Resultó gallina, después apareció, de creerse que se había perdido, con 10 hijos, todos de ella, a diferencia de las demás que se le ponen de uno y otro para ir variando las especies. Luego de 26 días de nacidos, fuera del gallinero, allá debajo de un puente donde incubó la esperanza, ahora, para evitar ser presas sus hijos de: gatos al acecho, una que otra ave rapaz como aguiluchos, o el inclemente clima, en especial el invierno, pasaron al kínder. Ese es el nombre del encierro (quizás sea lo mismo ahora todos los que estamos aislados, aprendiendo lo básico), no se le puso el jardín por ser muy platónico. En ese sitio se encuentran los pollos, gallos y gallinas más pequeños, del otro lado, están las matriarcas y los más portentosos gallos, no muchos, porque más de tres es un problema de muchas espuelas.

El confinamiento me ha llevado a observar, y en el caso de la gallina Fabio ha legado a sus hijos la entereza de la sobrevivencia, de todas es la que más ha sostenido hijos al nacer, en promedio pueden perecer más de la mitad de quienes vienen a la luz, un gallinólogo expresó que en promedio pueden durar hasta 17 años, acá la de más edad puede tener unos cinco, llamada Fabiola, ya ciega por unos crespos que le cuelgan hasta el cuello. Abuela de una buena parte de los pollos y pollas que han venido creciendo. Fabiola ya se jubiló, y Fabio, apenas va por su primera camada de pollitos. Corretean, pían, y pían.

Los siete pollitos que en principio eran muy similares, ahora tienen cada uno su individualidad, los hay pegados a la mamá: resulta que a diferencia de los humanos, son muy autónomos y han logrado ser los más avezados: suben por donde va Fabi, logran alimentarse de lo mejor y sus buches se mantienen repletos. También se encuentran los independientes y quienes ni tan cerca ni tan lejos, el caso es que los une el piar sin pausa. Ahora que los veo, no quedaron muy contentos en su nuevo sitio: han amado la libertad y buscan como salir. Allí ya deberán estar por los próximos meses. Por lo menos no entran allí las aves rapaces del día y por la noche hay otra manera de protección. No pasaron muchos días, quizás dos o tres y ya salieron de nuevo al mundo abierto, el precio fue alto: dos nuevas bajas, una: producto quizás del come gallinas, y otra de un envenenamiento, al parecer por una rana que ingirieron.

Los he mirado comer desde lombrices, cucarachas: las degüellen sin mayores problemas. Lo infaltable es su piar. Cuando se perdió su primer hijo, esa era la alarma para encontrarlo, porque ante el menor hecho de lejanía de su madre, la manera de encontrarse es con el piar.

Algunos similares de pájaros pueden dar lugar a la confusión, así que buscamos y buscamos y nada. Dos sospechas nos asisten: el aguilucho se los llevó o un gato se puso a jugar con él, y chao. Fabio se encuentra un poco acorralado, la expresión implica también su disposición mental. Es bien curioso, porque es la única gallina que uno puede tocar como si fuera perro, permite que uno se quede con sus hijos sin mayores problemas; pienso entonces en Harari, en cómo jugando o necesitando manipular la vida natural todo se alteró. De ahí que Fabio, sea una gallina y que sus rutinas pasen por estar en la casa y demostrar sus habilidades naturales.

En estos días, no sólo se ha podido ver cómo de esas siete crías, la mayoría podrían ser pollas, se les ve menos cola, es decir, mientras crezca un intento de plumas atrás, se asume que son pollos (que quizás lleguen a su plenitud y se abran paso como gallos), sino, son lo contrario. El paso de los días, ha mostrado como la defensa del territorio de La Primavera, han ganado terreno las aves rapiñas, dado que uno de sus guardianes, el guacamayo Pocho, ha dejado por lo pronto de batir las alas, un hecho fatídico causó su receso, de modo que anda guarecido en su casa: la parte alta de la chimenea donde vive, razón por la cual no ha sido posible durante estos cuatro años prender el fuego dentro de la casa. Luego contaré la historia de Pocho.

Otra de las audacias de Fabio, es la de casi hablar, lo busca a uno, lo corretea y sus vocablos son dos: deme comida, acompañado de esa bandola, y necesito afecto. La tercera manera de comunicarse es la de entonar alguno de sus canticos para ser abierta la puerta y hacerse en uno de los muebles, o la de ubicar su sitio de dormida, muy a las cinco de la tarde, con horario preciso, debajo de sus alas los siete pollitos cesan el piar y se dejan dominar por Morfeo. No he contado, que los más sagaces, los que van con la mamá-papá, son quienes logran también encaramarse en el lomo de su madre, no beben leche, pero pastan, atrapan gusanos y diversos insectos, pían hasta más no poder. Sus destrezas además de saber saltar y ubicar a su mamá, son las de dominar el terreno y advertir los peligros, estar a salvo es su consigna, nada distinto, al autocuidado promovido por el Covid.

Sus pintas lucen así: uno llamado Nubio, sus plumas son algo así como habanas, luego le sigue el Fara, un nombre para poder simular su neutralidad de género, a toda vista es el (la) más apuesto(a), posee unas marcas cafecitas, unos puntos de colores entre negros y grises, que lo hacen ver como un faraón. Luego siguen los que parecían gemelos: los de color negro, muy distintos, dos sobresalen por unas coloraciones blancas, ya sea debajo de pico o por las alas o por la cola. Luego hay uno muy singular, es negro con alas un poco café. El último, además de andar atrás, asunto que lo pone en ventaja de conseguir una comida sólo para él o ser alimento para otro animal como quizás fue el caso de sus dos hermanos desaparecidos, se la ha puesto Piolín. Ha de recordarse que quien logre nombre no tendrá fin en la olla.

Aquí la mayoría ha logrado escaparse de un sancocho, como Fabio. Por ejemplo, están Gangan y Gangon, dos gansos muy emparejados, que como la canción, siempre van contentos, aunque un pato y dos patas, que han entrado en etapa de apareamiento, han dividido esa relación, pero será también otra historia por contar. Por ahora, existe un lío de plumas que resolver, porque la ganas anda triste por ahí desolada, mientras el ganso, monta pata y es acogido por una nueva familia.

Kachí es la guardiana por tierra, su figura es la de una perra con mucha fuerza, un cruce pitbull, parece con labrador, regalo de uno de los fotógrafos más excelsos del país: Rodrigo Grajales, a la que es la mamá de todos los animales de la Primavera: Maribel. Ricardo, el guardián espiritual de estos bosques, contó que la palabra implica volver a ser, nacimiento, primera vez, eso es primavera. También son los siete hijos de Fabio, un regalo de la luna llena. Kachí casi da de baja a Pocho, su fuerza es descomunal con sus mandíbulas, ella cuida las gallinas de zarigüeyas, comadrejas, zorritos y otros más, pero es tan abrumadora, que su porte es la de una mercenaria. Su nombre en wayúu quiere decir luna y ha mandado ya a una buena parte de animales a ese lugar, dándolos de baja y casi lo hace con Pocho, lo arrinconó, le arrancón un par de plumas y por ahora abandonó sus alas y sus sonidos tremendos, punzantes, tampoco están. Su estado de reposo es parecido al de Patricia, una pata que lleva ya unos treinta días caloreando sus cuatro huevos, en otros diez serán paticos, igual que Patricia, Fabio nació acá.

Fabio se ha acostado, es también perseguida por un gallo, otro híbrido entre cubano y criollo, puede ser el padre de sus hijos, en un tiempo la acompañaba y hasta ayudó a cuidar a su genética, ahora quiere un polvo, de tal suerte si Fabio es cogida, puede llegar a abandonar el cuidado de sus polluelos; como ya otros tres polluelos corren con su propia fuerza por el gallinero, y hay uno más, muy pequeño que sobrevive sin mamá. Veo a Fara que duerme no dentro de su mamá, sino un tanto salido y pía mientras escribo, aunque ya son las ocho de la noche y habrá que ver qué ocurre con una gallina con nombre de gallo y unos siente pollitos que pían sin cesar.

* Docente Universidad Tecnológica de Pereira. Periodista y documentalista independiente. haroldgh@utp.edu.co

 

Aquí la mayoría ha logrado escaparse de un sancocho, como Fabio. Por ejemplo, están Gangan y Gangon, dos gansos muy emparejados”

 

Fabio se encuentra un poco acorralado, la expresión implica también su disposición mental. Es bien curioso, porque es la única gallina que uno puede tocar como si fuera perro”

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