“Entre paredes”

talento joven. La historia de Robinson Ocampo Martínez, un muchacho de Dosquebradas que con fe, esperanza y una sonrisa de Niño Dios, más un poquito de gengibre y ron, se acerca a la cima del éxito como compositor y cantante popular.

Ángel Gómez Giraldo

En el año de 1993 el cantante colombiano Carlos Vives sacó en zancos alados del país al vallenato con el lanzamiento del álbum musical La Provincia.
Sin embargo la familia Ocampo Martínez de Dosquebradas tenía metido en la radio al cantante de música popular Luis Alberto Posada, dizque porque el corazón de los colombianos también se alimenta de amores y desamores.
Fue allí donde los integrantes de esta familia que acompañaban cantando a todo pecho a este intérprete de la música popular colombiana, dos años atrás (1991), habían recibido a un niño que se llamaría Robinson Ocampo Martínez, hijo de Marta Lucía y de Rubiel, matrimonio feliz.

El padre constructor de pisos altos y de ilusiones, mientras que la madre pintaba la casa con su alegría y cultivaba un jardín y así tener flores para regalar.
Mas si en 1993, cuando el niño Robinson ya había cumplido dos años de edad el país entero se regocijaba con el triunfo internacional de Vives, su familia celebraba a capela los 14 años de triunfos musicales de su cantante preferido, Luis Alberto Posada.

Decían de él que con su música toca el corazón de los enamorados que creen en el amor pero no son correspondidos.
Mientras tanto, el niño Robinson crecía robusto, con buenos colores y sonrisa de un Niño Dios mirando la barba del longevo San José al lado de la joven virgen.

Cómo no iba a ser así, si la mamá vivía pendiente de él y lo consentía.
“No era si no verlo para una darse cuenta que estaba siendo alimentado con Bienestarina”, recuerda hoy al verlo cantando, una vecina de toda la vida.

Esa sonrisa tan marcada en el rostro del niño Robinson fue buena seña pues luego sacaría una voz como la del cantante Luis Alberto Posada, ídolo de la parentela.

Lección
Como la primera lección de vida que recibió de la mamá estaba compendiada en las palabras fe y perseverancia, aprendió que aplicándolas podría obtener el éxito como cantante.
Entonces al convertirse el niño en un jovencito de 12 años, abrió su pecho como si fuera el fuelle de un acordeón, sacó voz de cantante y corazón herido para curar con su canto amores no correspondidos.

Fue cuando la melodía le salió con sentimiento pues había oído decir en la familia que su abuelo paterno Fernando Ocampo murió de pena moral poco después de su esposa María Muñoz.

Los comienzos
Con un precoz talento musical Robison Ocampo había llegado a la escuela Santa Sofía del barrio Guadalupe para posteriormente entrar en carruaje tirado por la fe y la esperanza a la Institución Educativa Nuestra Señora de Guadalupe de este mismo sector de Dosquebradas, para obtener el título de bachiller.

En el coro
Cuando la adolescencia le cayó encima como un baldado de agua fría obligándolo a un despertar real, se encontraba en el coro “celestial” de la Iglesia Ministerial de Jesucristo de la Ciudad Industrial de Risaralda, y en manos del profesor y orientador musical Javier Solano.

Con las clases de música y técnica vocal se dio cuenta que este arte no es una “nota” sino varias que hacen la escala como conjunto de notas y sonidos ordenados de grave a agudo o descendente de agudo a grave.
Teniendo el título de bachiller debajo del brazo y una composición del cantante de música urbana Andrés Orozco, titulada “Un amor desconocido”, encendió fuego en Youtube, las redes sociales y las emisoras On Line.
“Un amor desconocido”, fue su primer sencillo, de gran éxito durante el año 2018.
Este primer triunfo puso a Robinson Ocampo a sacar buen ánimo y pecho varonil.

Luego fue que se metió en las entretelas de la música popular, la preferida de la familia.
De paso aprendió también que ser auténtico es lo que le permite el éxito al artista:
“En mi caso le puse el talento y las ganas a la voluntad y algo más: una mezcla de ron y gengibre a la garganta, pero siempre llevando por delante las palabras de mamá: fe y perseverancia”, afirma con claridad de voz.
Y seguro que con todo esto mezclado con cariño logró que le saliera la tonada musical para cantar despecho.
El mismo se sentiría así cuando debutando como cantante en tarima se dio cuenta que las penas del alma son golpes duros al corazón.

Su señora madre sin aún entregar su corona de reina, se despidió de este mundo levantando y moviendo su mano como solo lo saben hacer las ‘misses’ cuando desfilan en público.
Pero como para las penas de un huérfano de madre hay que aumentar la dosis de optimismo, Robinson le metió más ganas a su carrera artística y cantó “Entre paredes”, composición suya que es para no dejarse enredar de un amor que no quiere dejarse ver con uno:

Porque ante la gente no somos nada,/ dime qué sientes cuando estamos solos y entras en mi cama./!Ay si no! !Ay si no! !Ahhh!/
Si es solo un juego lo que prefieres / Cuando estás sola ahí si me quieres /Ya me cansé de solo ser tu amor / Tu amor entre paredes.

Y suena en Qué Buena y en todas las emisoras de este género. Hasta se ve en los canales de televisión, en videos, con esa sonrisa, la mejor que se le haya puesto a la música popular en Colombia.
Cómo será la voz de este muchacho risaraldense, mezcla de reproche y lamento, que al escucharla el indígena Leonardo Siagama, alcalde electo del municipio de Pueblo Rico, durante un homenaje privado de su etnia, le grito: “Súbale mijo que estoy que lloro”.

¿Se dan cuenta? De verdad es bueno el gengibre para la garganta.
– Robinson, usted está que alcanza la cima del éxito como cantante…
-Sí, es que como dice el tenor español Plácido Domingo, la música nos hace crecer.